PARTE 2: EL EXPEDIENTE DE SU PROPIA CAÍDA

La puerta se abrió.

Ethan entró silbando, dejó las llaves sobre la consola y se quitó el abrigo.

—Esposa, ¿sigues despierta?

Lo miré desde el sofá.

—Sí.

Se acercó y quiso besarme en la frente.

Me aparté con suavidad.

—¿Trabajaste hasta tarde?

—Sí. Fue una reunión interminable.

Sonreí.

—Debió ser agotadora.

—Muchísimo.

Se sentó frente a mí.

No sabía que, mientras hablaba, yo ya había memorizado cada mentira.

—¿Por qué estás despierta?

—Te estaba esperando.

Durante un instante pareció satisfecho.

—Sabía que no podías dormir sin mí.

No respondí.

Solo miré el anillo que había dejado sobre la mesa.

Ethan lo vio.

Su expresión cambió ligeramente.

—¿Qué significa eso?

—Nada.

—¿Estás enfadada?

—No.

Se levantó.

—Entonces ven a dormir.

—Ve tú.

Me miró durante varios segundos.

Después se marchó al dormitorio.

Esperé hasta escuchar cómo cerraba la puerta.

Entonces tomé el teléfono.

Había llegado un mensaje de mi asistente.

«Confirmado. Los registros originales del vehículo están en una caja de seguridad alquilada por Ethan.»

Debajo había otro.

«También encontramos una solicitud de préstamo preparada con tu firma digital.»

Cerré los ojos.

Así que no solo querían quedarse con la casa.

Querían fabricar una deuda a mi nombre.

A la mañana siguiente actué como si nada hubiera ocurrido.

Preparé el desayuno.

Ethan me miró sorprendido.

—¿Ya estás mejor?

—Mucho.

—Anoche parecías distante.

—Estaba cansada.

Sonrió y me besó en la mejilla.

—Sabía que mi esposa no podía estar enfadada conmigo.

Casi me reí.

Pero no dije nada.

A las diez, recibí una llamada del banco.

Habían detectado una transferencia inusual vinculada a nuestra cuenta conjunta.

Intentaron mover 600.000 yuanes.

La operación había sido rechazada porque yo había activado una alerta de seguridad.

Llamé inmediatamente a mi abogado.

—Congela cualquier operación relacionada con mis bienes prematrimoniales.

—Ya está hecho.

—Y prepara la demanda de divorcio.

Hubo un silencio.

—¿Estás segura?

Miré la fotografía de nuestra boda sobre el escritorio.

—Completamente.

Aquella noche Ethan llegó con flores.

Rosas blancas.

Mis favoritas.

—Quiero arreglar las cosas —dijo.

Tomé el ramo.

—Gracias.

Su sonrisa se relajó.

—¿Entonces estás bien?

—Sí.

Dejé las flores sobre la mesa.

—Pero tenemos que hablar.

Su rostro se tensó.

—¿De qué?

Saqué una carpeta.

—De nuestro matrimonio.

La abrió.

Primero vio los mensajes de su madre.

Después las capturas de la aplicación de encuentros.

Finalmente, los documentos de la transferencia de 300.000.

Su rostro perdió el color.

—¿De dónde sacaste esto?

—Del teléfono que confundí aquella mañana.

—Elena…

—No.

Levanté una mano.

—Ahora hablo yo.

Se quedó callado.

—Me casé contigo porque confiaba en ti.

—Tu familia convirtió esa confianza en una estrategia financiera.

—Yo no…

—No necesitas mentir.

Deslicé otra fotografía sobre la mesa.

Era el registro de la cerradura.

—Saliste del trabajo a las 16:17.

Él tragó saliva.

—¿Y?

—Dijiste que trabajaste hasta las diez.

Silencio.

—¿Quieres saber qué fue lo peor?

Me levanté.

—No fue descubrir que mentías.

—Fue descubrir que durante todo este tiempo estabas convencido de que yo era demasiado ingenua para darme cuenta.

Ethan bajó la cabeza.

—Te amo.

Negué.

—Quizá.

Tomé mi anillo.

—Pero el amor no convierte una trampa en matrimonio.

Lo dejé junto a la carpeta.

—Mañana recibirás los documentos de divorcio.

Ethan levantó la mirada.

—¿Y la casa?

Sonreí.

—La casa está a mi nombre.

—¿El BMW?

—También.

—¿Las cuentas?

—Las que son mías siguen siendo mías.

Se quedó inmóvil.

Entonces su teléfono comenzó a sonar.

Era su madre.

Ethan contestó.

—Mamá…

Escuché su voz a través del altavoz.

—¡¿Por qué el banco bloqueó las cuentas?!

Ethan no respondió.

Su madre continuó:

—¡Dile a esa mujer que transfiera inmediatamente el dinero!

Le quité el teléfono de la mano.

—Señora Zhou.

Silencio.

—Buenos días.

Ella reconoció mi voz.

—¿Elena?

—Sí.

Miré a Ethan.

—Quería informarle personalmente de algo.

Hice una pausa.

—Su hijo ya no tiene esposa.

Y colgué.

A la mañana siguiente, cuando Ethan abrió su correo, encontró los documentos del divorcio.

Pero había un archivo adicional.

Un informe financiero de cuarenta y seis páginas.

En la primera página aparecía una frase:

«Reconstrucción completa de la operación patrimonial iniciada antes del matrimonio».

Y debajo, todos los nombres.

Incluido el de su madre.

Porque la trampa que habían preparado para mí acababa de convertirse en la prueba que podía destruirlos a todos.

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