Adrián permaneció frente a la pantalla durante casi un minuto.
—¿Elena Morgan?
Marcus asintió.
—Sí.
—¿La misma Elena que lleva cuatro años viviendo conmigo?
—La misma.
Adrián dejó lentamente la tableta sobre el escritorio.
—¿Por qué nunca me dijo nada?
Marcus dudó.
—Quizá porque nunca preguntó.
Aquella frase cayó como una bofetada mucho más dura que la que Adrián me había dado la noche anterior.
Mientras tanto, yo estaba sentada en la sala del consejo de Asterion Group.
Once directivos me observaban.
Algunos esperaban encontrar a una heredera arrogante.
Otros probablemente esperaban que no supiera ni siquiera leer un balance.
El presidente interino se levantó.
—Señorita Morgan, todos conocemos la situación de su familia. Pero necesitamos saber qué piensa hacer ahora.
Miré la enorme pantalla detrás de él.
Ciento veinte mil millones de yuanes.
Quince mil millones en patrimonio personal.
Y, por primera vez, no sentí que aquellas cifras me pertenecieran a mí.
Sentí que representaban una responsabilidad.
—Lo primero será revisar todas las cuentas.
Un director sonrió.
—¿Incluso las deudas?
—Especialmente las deudas.
La reunión duró tres horas.
Cuando terminó, había aprobado una auditoría independiente, congelado varias operaciones dudosas y solicitado informes sobre cada miembro de la dirección.
Entonces mi teléfono vibró.
Era mi tío.
—Elena, Adrián ya sabe quién eres.
Cerré los ojos.
—¿Y?
—Quiere hablar contigo.
—No tengo nada que hablar con él.
—Dice que fue un error.
Solté una pequeña risa.
—No fue un error.
Miré por la ventana.
—Fue una decisión.
Esa noche regresé al apartamento solo para recoger las últimas cosas.
Adrián estaba esperándome.
Ya no llevaba aquella expresión arrogante.
Parecía perdido.
—Elena.
Seguí caminando.
—Espera.
Me detuve.
—¿Qué quieres?
—Quiero disculparme.
—Acepto tus disculpas.
Él pareció sorprendido.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—¿No vas a volver?
Negué.
—No.
Adrián respiró profundamente.
—Yo no sabía nada de tu familia.
—Ese no era el problema.
—Entonces, ¿qué fue?
Lo miré directamente.
—Que me golpeaste porque creíste que otra mujer necesitaba que la defendieras.
Su rostro se tensó.
—Me equivoqué.
—Sí.
—Puedo compensarte.
—No necesito compensación.
Señalé la puerta.
—Necesito distancia.
Adrián bajó la mirada.
—¿Y Lina?
—Es tu decisión.
—No la amo.
Lo observé unos segundos.
—Entonces no vuelvas a usarla como excusa para destruir otra relación.
Tomé mi bolso.
Antes de salir, dejé sobre la mesa una última cosa.
La tarjeta bancaria que él había prometido entregarme.
—Puedes quedártela.
Adrián la miró.
—¿Por qué?
—Porque quinientos mil yuanes no compran cuatro años de una vida.
Salí.
Dos semanas después, firmamos el divorcio.
Sin disputas.
Sin escándalos.
Sin que yo pidiera un solo yuan de su patrimonio.
No lo necesitaba.
Un mes más tarde, Asterion anunció oficialmente mi nombramiento como presidenta.
Los medios comenzaron a buscar información sobre mí.
Y entonces descubrieron algo que incluso Adrián desconocía.
Antes de casarme, yo había rechazado varias ofertas para dirigir empresas internacionales.
Había elegido una vida sencilla.
Había elegido cuidar de su madre.
Había elegido estar junto a él.
Pero ahora ya no tenía que elegir entre mi futuro y el de otra persona.
Podía elegir el mío.
Una mañana, mientras salía de la sede de Asterion, encontré a Adrián esperando junto al automóvil.

—Elena.
Me detuve.
Él sonrió con tristeza.
—Ahora entiendo por qué nunca necesitaste mi dinero.
Lo miré.
—No, Adrián.
Subí al coche.
—Ahora deberías entender algo más importante.
Él esperó.
—Nunca necesité que fueras rico.
Cerré la puerta.
—Solo necesitaba que me respetaras.
El automóvil se alejó.
Y por primera vez desde aquella noche, mi mejilla ya no ardía.
Pero Adrián tendría que vivir mucho tiempo con el recuerdo de la única vez que levantó la mano contra mí.
Porque aquella también fue la noche en que perdió para siempre a la mujer que había estado sosteniendo su mundo en silencio.