PARTE 2: Adrian descubrió que durante seis años nadie había entendido cuánto dependía de mí

Adrian tomó la carpeta.

La abrió.

En la primera página había escrito:

Rutina diaria del director Gu.

Horarios.

Contactos prioritarios.

Clientes que nunca debían esperar.

Medicamentos para las migrañas.

Reuniones que debía evitar después de vuelos largos.

Hasta la temperatura exacta que prefería en su despacho.

Adrian pasó varias páginas.

—¿Preparaste todo esto?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde que decidí irme.

Su mirada se detuvo en mí.

—Eso fue ayer.

—No.

Cerré otra caja.

—La documentación existe desde hace años. Solo tuve que organizarla.

Mia abrió una segunda carpeta.

—¿Todo esto lo hacía usted sola?

—La mayor parte.

Adrian cerró la carpeta.

—Mia, déjanos.

Cuando la puerta se cerró, preguntó:

—¿Cuándo es tu boda?

Me quedé quieta.

Había inventado aquel compromiso porque decirle la verdad era imposible.

Me voy porque llevo cuatro años enamorada de usted.

—Todavía no tenemos fecha.

—¿Cómo se llama?

—¿Quién?

—Tu prometido.

Mi corazón dio un golpe.

—¿Eso forma parte del procedimiento de renuncia?

Su mandíbula se tensó.

—No.

—Entonces prefiero mantener mi vida privada fuera de la oficina.

Por primera vez en seis años, fui yo quien terminó la conversación.

Los siguientes tres días fueron un desastre.

Mia era competente.

El problema era que Adrian jamás había necesitado aprender cuántas decisiones pequeñas resolvía yo antes de que llegaran hasta él.

Un cliente japonés apareció una hora antes.

Nadie había recordado confirmar el intérprete.

Nathan recibió marisco.

Daniel terminó sentado bajo una luz que agravaba sus migrañas.

El chófer llevó a Adrian al aeropuerto equivocado porque dos vuelos figuraban en calendarios distintos.

Nada era catastrófico.

Todo era agotador.

El cuarto día, Adrian salió de su oficina.

—Señorita Jiang.

Todos levantaron la cabeza.

—¿Sí?

—Ven conmigo.

Entré.

Sobre su escritorio estaba mi última carpeta.

ASUNTOS PENDIENTES TRAS MI SALIDA.

—¿Por qué hay una sección sobre Isabella Shen?

Me quedé inmóvil.

—Porque su familia lleva seis meses negociando con el Grupo Gu.

—Eso lo sé.

—Entonces también sabrá que varias reuniones relacionadas con ese acuerdo fueron colocadas en su agenda personal, no empresarial.

Adrian frunció el ceño.

—¿Quién las programó?

—Su madre.

Silencio.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

Lo miré sorprendida.

—Lo hice.

Busqué un correo.

Se lo mostré.

Lo había enviado cuatro meses antes.

Señor Gu, la señora Gu solicita reservar tres cenas privadas con la familia Shen. ¿Desea mantenerlas?

Su respuesta había sido:

Ocúpate tú.

Adrian leyó aquellas tres palabras.

Parecieron molestarle más que cualquier reproche.

Durante seis años, “ocúpate tú” había sido nuestra relación entera.

Yo resolvía.

Él avanzaba.

—¿Isabella sabe del compromiso? —preguntó.

—Supongo que sí.

—No supongas.

—Señor Gu, dentro de tres días dejará de ser mi responsabilidad.

Su mirada se endureció.

Pero no discutió.

El último día llegué temprano.

Dejé mi tarjeta corporativa.

Las llaves.

El teléfono.

Mi credencial.

A las cinco, Mia me abrazó.

—Voy a morir.

Me reí.

—No. En dos semanas conocerás mejor este lugar que yo.

—Imposible.

—Nada es imposible cuando dejas de estar disponible veinticuatro horas.

Tomé mi bolso.

Entonces las puertas del ascensor se abrieron.

Isabella Shen salió.

Era preciosa.

Pero no parecía una mujer que viniera a celebrar un compromiso.

Entró directamente en la oficina de Adrian.

Diez minutos después escuchamos voces.

Luego Isabella salió furiosa.

Al verme, se detuvo.

—¿Usted es la señorita Jiang?

—Sí.

—Entonces quizá debería preguntarle a su jefe por qué todo el mundo anuncia nuestro compromiso cuando yo lo rechacé hace dos meses.

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Lo rechazó?

—Claramente.

Se marchó.

Mia me miró con los ojos enormes.

La puerta de Adrian se abrió.

Nuestros ojos se encontraron.

Pero ya era demasiado tarde.

Entré al ascensor.

—Señorita Jiang.

Puse una mano entre las puertas.

—¿Sí?

Adrian caminó hacia mí.

—No existe ningún compromiso con Isabella.

—Entiendo.

—¿Eso cambia algo?

Sabía exactamente lo que preguntaba.

Y durante un segundo, la versión antigua de mí quiso decir que sí.

Pero cuatro años amándolo en silencio me habían enseñado algo.

Que él estuviera libre no significaba que yo tuviera que seguir esperando.

—No.

Las puertas se cerraron.

Dos semanas después empecé un nuevo trabajo.

Menos horas.

Más responsabilidad.

Y por primera vez, un puesto donde mi nombre aparecía en los proyectos que yo organizaba.

Pensé que Adrian finalmente aprendería a vivir sin mí.

Hasta que Nathan Chen me llamó una noche.

—¿Jiang, sabías que Adrian canceló el acuerdo con los Shen?

—No es asunto mío.

—Eso no es lo importante.

Su voz perdió el tono bromista.

—Encontró algo revisando los correos de los últimos años.

Me senté.

—¿Qué?

—Alguien llevaba tiempo eliminando tus solicitudes de ascenso antes de que llegaran al comité.

Mi respiración se detuvo.

Yo había solicitado dos promociones.

Ambas habían sido rechazadas.

—¿Quién?

—Eso están intentando determinar.

Nathan guardó silencio unos segundos.

—Pero encontraron una instrucción interna de hace cuatro años.

—¿Qué decía?

—“Jiang no debe abandonar el despacho de Adrian bajo ninguna circunstancia.”

Apreté el teléfono.

Cuatro años.

Exactamente el tiempo que llevaba enamorada de él.

—¿Quién la escribió?

—Ese es el problema.

Nathan respiró hondo.

—La autorización aparece asociada a la cuenta personal de Adrian.

Miré por la ventana de mi nuevo apartamento.

Si Adrian había impedido mis ascensos deliberadamente, entonces yo había desperdiciado años creyendo que simplemente no era suficientemente buena.

Pero si él no lo había hecho…

alguien llevaba cuatro años utilizando su nombre para asegurarse de que yo permaneciera exactamente donde estaba.

A su lado.

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