PARTE 2: El valuador del banco reveló que Mauricio llevaba semanas ofreciendo mi casa como garantía

—No abras mi estudio —le dije a Mauricio.

—Valeria, mañana viene el banco.

—Precisamente por eso.

—Mi mamá dice que tú aceptaste ayudarla con el crédito.

Solté una risa seca.

—Entonces pídele que te enseñe dónde está mi autorización.

Silencio.

—¿Qué autorización?

Ahí comprendí que Mauricio sabía menos de lo que Teresa le había contado.

Pero no era inocente.

Había entregado mis documentos.

—Mañana estaré ahí con mi abogada. Hasta entonces, nadie toca nada.

Colgué.

A las nueve de la mañana llegué acompañada de Laura Mendoza, mi abogada.

Teresa ya estaba vestida y maquillada.

Mauricio parecía no haber dormido.

El valuador llegó veinte minutos después.

Antes de permitirle continuar, Laura pidió aclarar el propósito de la visita.

El hombre revisó su expediente.

—Tenemos una solicitud relacionada con una posible garantía inmobiliaria.

—Yo soy la propietaria —dije—. Y no he autorizado ninguna hipoteca.

El hombre cerró inmediatamente la carpeta.

Teresa se levantó.

—¡Pero ya habíamos hablado de esto!

—Tú hablaste de esto.

—Mauricio es tu esposo.

—No es el dueño de mi casa.

Mauricio me miró.

—Mamá me dijo que solo necesitaban la valuación para estudiar opciones.

—¿Y por eso le diste mi INE, mis datos fiscales y la escritura?

Bajó la cabeza.

—Pensé que después hablaríamos contigo.

—Después de entregar mis documentos.

No respondió.

Laura intervino con calma.

—Vamos a solicitar que cualquier trámite relacionado con la propiedad quede sujeto a revisión y que se preserve toda la documentación presentada. Primero necesitamos saber exactamente qué se entregó y por quién.

Teresa perdió la paciencia.

—¡Todo esto por una deuda miserable!

—¿Cuánto debes? —pregunté.

—Eso no te importa.

—Entonces mi casa tampoco debería importarte.

Mauricio finalmente explotó.

—¡Mamá, dime cuánto!

Teresa guardó silencio.

Laura colocó sobre la mesa información que ya había podido revisar.

La cifra rondaba el medio millón de pesos.

Pero eso no era lo peor.

El negocio de Teresa llevaba meses con problemas y había compromisos adicionales que todavía debían verificarse.

Mauricio se dejó caer en una silla.

—Me dijiste que necesitabas cien mil.

Teresa evitó su mirada.

—Pensaba devolverlo.

—¿Con qué?

—Con el nuevo distribuidor.

Entonces pregunté:

—¿Qué distribuidor?

Por primera vez, Teresa pareció asustada.

Subí a mi estudio.

La puerta tenía marcas alrededor de la cerradura.

Dentro no faltaban joyas.

Ni dinero.

Solo habían movido mis carpetas empresariales.

Laura abrió uno de los cajones.

—¿Guardabas aquí información de Mesa para Dos?

—Sí.

Revisé rápidamente.

Faltaba una carpeta.

Contratos con clientes corporativos.

Listas de proveedores.

Proyecciones de diciembre.

—Mauricio.

Él palideció.

—Yo no la tomé.

Teresa intentó salir.

—Mamá —dijo Mauricio—. ¿Dónde está?

—No sé de qué hablan.

Entonces sonó el timbre.

Era un hombre que preguntó por Teresa.

Traía una carpeta con el logotipo de una distribuidora.

Cuando me vio, frunció el ceño.

—¿Usted es Valeria?

—Sí.

Su expresión cambió.

—Entonces tenemos un problema.

Teresa gritó desde atrás:

—¡No hables con ella!

El hombre nos miró confundido.

—Señora, usted dijo que Valeria era su socia.

Sentí que Mauricio se quedaba inmóvil.

—¿Socia de qué?

El hombre abrió la carpeta.

Había una presentación comercial del negocio de Teresa.

En una página aparecía el nombre de mi empresa.

Mesa para Dos.

En otra aparecía mi casa como “respaldo patrimonial familiar previsto”.

Y después encontré algo todavía peor.

Una lista de clientes.

Reconocí casi todos.

Eran míos.

—¿De dónde sacaste esto?

Teresa dejó de fingir.

—Tu empresa tiene contactos que yo necesitaba.

—Entraste en mi estudio para copiarlos.

—¡Somos familia!

—No. Tú eres la madre de mi esposo. Mi empresa no es patrimonio familiar.

Mauricio se volvió hacia ella.

—¿Por eso querías entrar anoche?

Teresa apretó los labios.

El hombre de la distribuidora recogió lentamente sus papeles.

—Creo que debemos suspender esta conversación hasta aclarar quién autorizó qué.

Cuando se marchó, Mauricio cerró la puerta.

—Mamá, ¿qué demonios hiciste?

Teresa empezó a llorar.

Pero ya no me conmovía.

—Solo quería salvar mi negocio.

—¿Usando el mío?

—¡Tú tienes dinero! ¡Tienes esta casa! ¡Tienes clientes! ¿Qué te costaba ayudarme?

La miré durante varios segundos.

—Me habría costado exactamente lo que estabas intentando quitarme sin preguntarme: mi trabajo y mi seguridad.

Cogí mi maleta pequeña.

Mauricio se acercó.

—Valeria, no te vayas otra vez. Podemos arreglar esto.

—Tú y yo hablaremos cuando yo decida si todavía existe algo que arreglar.

—Yo no sabía lo de los clientes.

—Pero sí entregaste mis documentos.

Eso lo dejó callado.

Laura y yo estábamos llegando a la puerta cuando Teresa habló.

—Si te vas, Mauricio perderá mucho más que esta casa.

Me detuve.

—¿Qué significa eso?

Teresa se secó las lágrimas.

—Pregúntale por Guadalajara Norte.

Miré a Mauricio.

Su cara cambió.

Laura también lo notó.

—¿Qué es Guadalajara Norte?

Mauricio no respondió.

Teresa soltó una risa amarga.

—Dile, hijo.

—Mamá, cállate.

—¿Por qué? ¿Ahora también vas a fingir que no sabías?

Me volví hacia él.

—Mauricio.

Finalmente levantó la mirada.

—Hace dos meses intenté entrar como socio en un proyecto de distribución.

—¿Con qué dinero?

No contestó.

Teresa lo hizo por él.

—Con el dinero que esperaba obtener cuando consiguiera que tú aceptaras poner la casa como garantía.

Sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.

Pero Laura seguía observando a Teresa.

—Eso todavía no explica por qué necesitaban entrar al estudio.

Teresa sonrió.

—Porque la casa nunca fue lo único que necesitábamos de Valeria.

Sacó del bolso una fotografía vieja.

En ella aparecía mi padre, mucho más joven, estrechando la mano de un hombre que reconocí inmediatamente.

Era el dueño del proyecto Guadalajara Norte.

En el reverso había una fecha de hacía diecisiete años.

Y una frase escrita por mi padre:

“Nunca hacer negocios con la familia de Teresa.”

Levanté la mirada.

Mauricio parecía tan sorprendido como yo.

Teresa, en cambio, no.

Ella conocía aquella fotografía.

Y por su expresión comprendí que su obsesión por mi casa y mi empresa no había comenzado con una deuda de medio millón.

Había empezado mucho antes de que Mauricio y yo siquiera nos conociéramos.

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