Después de aquella cena pensé que Vanessa entendería el mensaje.
Me equivoqué.
A la mañana siguiente apareció frente a mi escritorio con una venda alrededor del tobillo.
—Emma, creo que ayer me hice daño de verdad.
Julia levantó la cabeza desde su cama.
—Curioso. Anoche caminaste perfectamente hasta el dormitorio.
Vanessa fingió no escucharla.
—¿Leo siempre es así?
—¿Así cómo?
—Tan… dependiente de ti.
Sonreí.
—Muchísimo.
Su expresión cambió.
Aquello no era lo que esperaba.
Vanessa estaba acostumbrada a hombres que reaccionaban cuando ella parecía vulnerable.
Leo, en cambio, había convertido la vulnerabilidad teatral en un deporte competitivo.
Dos días después volvió a intentarlo.
Leo había venido a buscarme para estudiar en la biblioteca.
Vanessa salió del dormitorio justo cuando él apareció.
—Leo, ¿podrías ayudarme con esta caja? Pesa muchísimo.
La caja medía veinte centímetros.
Leo la observó.
Luego me miró.
—Emma.
—¿Qué?
Se agarró el hombro.
—Creo que me lesioné cargando tu mochila ayer.
Casi escupí el café.
Vanessa parpadeó.
—Solo pesa dos kilos.
Leo puso cara de sufrimiento.
—Precisamente. Soy extremadamente delicado.
Julia se metió en el baño para reírse.
Finalmente Vanessa cargó la caja sola.
Pero no se rindió.
La tercera tentativa ocurrió durante una fiesta universitaria.
Yo estaba hablando con Nora cuando vi a Vanessa acercarse a Leo con dos vasos.
Le ofreció uno.
Él negó.
—Gracias, estoy bien.
—Solo un poco.
—No.
Vanessa se acercó más.
—Emma está ocupada. Puedes relajarte.
Leo sonrió.
—Precisamente porque Emma está ocupada puedo demostrar que sé comportarme sin supervisión.
Escuché aquello desde lejos y tuve que mirar hacia otro lado para no reír.
Entonces Vanessa utilizó su especialidad.
Tropezó.
Leo dio un salto lateral.
Ella terminó agarrándose a una silla.
—¡Leo!
—¿Sí?
—¡Iba a caerme!
Él señaló el suelo.
—Por eso me aparté. Si caías sobre mí, podíamos hacernos daño los dos.
Nora empezó a toser para ocultar una carcajada.
Aquella noche, Vanessa dejó de fingir dulzura.
Cuando regresamos al dormitorio, cerró la puerta y me miró.
—¿Le dijiste algo sobre mí?
—Sí.
—¿Qué?
—La verdad.
—¿Qué verdad?
—Que casualmente pierdes el equilibrio cuando aparece un hombre con novia.
Julia soltó una risa.
Vanessa se puso roja.
—¡Tengo un problema real!
Mi expresión cambió.
—Entonces deberías consultar a un profesional y cuidarte. Pero si es real, tampoco necesitas caer deliberadamente sobre nadie.
No respondió.
Durante una semana hubo paz.
Hasta que recibí un mensaje de Leo.
Necesito enseñarte algo.
Nos encontramos en la cafetería.
Leo ya no estaba haciendo bromas.
Me mostró su teléfono.
Vanessa le había escrito.
Primero:
Emma parece muy controladora contigo.
Después:
No tienes que contarle que hablamos.
Y finalmente:
Hay cosas sobre Emma que probablemente no sabes.
Sentí desaparecer mi sonrisa.
—¿Le respondiste?
—Una vez.
Me mostró el mensaje.
Si tienes algo que decir sobre Emma, díselo a ella. No voy a mantener conversaciones secretas contigo.
Lo miré.
—Bien.
—Obviamente.
Luego añadió:
—Pero esto es raro.
Vanessa había adjuntado una captura donde parecía que yo hablaba mal de Leo con otra persona.
El problema era sencillo.
Nunca había escrito aquel mensaje.
No sabía si estaba editado, sacado de contexto o provenía de otra conversación.
Así que no acusamos a nadie.
Simplemente guardamos una copia.
Cuando regresé al dormitorio, Vanessa estaba haciendo las maletas.
—¿Te vas?
—Solicité cambio de habitación.
—Está bien.
Esperaba una discusión.
En cambio, ella se giró.
—Crees que ganaste.
Fruncí el ceño.
—Esto no es una competición.
—Claro que lo es.
Se acercó.
—Chicas como tú siempre consiguen todo sin esforzarse.
Julia cerró su portátil.
—Vanessa, basta.
Pero ella siguió mirándome.
—Leo lleva años detrás de ti. Todo el mundo te respeta. Los profesores recuerdan tu nombre. Incluso cuando no haces nada, la gente te elige.
Entonces comprendí que aquello nunca había sido realmente sobre Leo.
—¿Por eso haces esto con las parejas de otras chicas?
Su rostro se endureció.
—Quiero saber si pueden perder lo que tienen.
Nora habló desde su escritorio.
—Eso es bastante triste.
Vanessa agarró la maleta.
Antes de salir, se volvió hacia mí.
—Pregúntale a Leo cómo sabía quién era yo antes de conocernos.
Me quedé quieta.
—¿Qué?
Sonrió por primera vez en toda la conversación.
—La primera noche que vino al restaurante ya sabía que yo “me caía sobre novios ajenos”.
—Julia publicó una historia.
—Julia nunca mencionó mi nombre.
La puerta se cerró.
Saqué inmediatamente el teléfono.
Tenía razón.
Revisé la publicación de Julia.
Solo decía:
Nueva compañera. Primer día. Ya necesito vacaciones.
Nada sobre Vanessa.
Nada sobre sus caídas.
Nada que permitiera identificarla.
Llamé a Leo.
Contestó al segundo tono.
—¿Me echas de menos?
—¿Cómo sabías lo de Vanessa antes de conocerla?
Silencio.
La broma desapareció de su voz.
—Emma…
—Respóndeme.
—Porque ya la había visto antes.
Me senté.
—¿Dónde?
—En mi casa.
—¿Cuándo?
—Dos semanas antes de que comenzaran las clases.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué hacía allí?
Leo tardó demasiado en responder.
—Estaba hablando con mi padre.
—¿Sobre qué?
—Sobre ti.
Mi mano se cerró alrededor del teléfono.
—¿Por qué una chica que yo todavía no conocía estaba hablando de mí con tu padre?
Leo respiró profundamente.
—Eso es lo que llevo intentando descubrir desde que apareció en tu dormitorio.

Y de repente todas aquellas caídas dejaron de parecer el comportamiento absurdo de una chica buscando atención.
Vanessa no había llegado a nuestra habitación por casualidad.
Ya sabía quién era yo antes de presentarse.
Y, por alguna razón, había querido conocer a Leo incluso antes de que yo supiera que ella existía.