PARTE 2: El nombre del nuevo lugar hizo que mi madre dejara de celebrar

PARTE 2: El nombre del nuevo lugar hizo que mi madre dejara de celebrar

Mi madre volvió a leer la invitación.

Luego llamó por decimoquinta vez.

Esta vez respondí.

—Hola, mamá.

—¿Qué significa esto?

—Es una invitación de boda.

—Sé leer. ¿Por qué dice Hacienda Bellmont?

Sonreí.

Hacienda Bellmont era una finca privada a las afueras de la ciudad, rodeada de jardines y viñedos.

Pero no la habíamos elegido por prestigio.

Mi prometido, Adrián, me había llevado allí durante nuestra segunda cita.

Años después, cuando llamamos para preguntar por una fecha, descubrimos que acababan de cancelar una reserva exactamente el fin de semana de nuestra boda.

—Porque nos casaremos allí.

Mi madre guardó silencio.

—¿Y el Salón Imperial?

—Se lo disteis a Laura.

—Pensábamos que buscarías otra fecha.

Aquello me hizo cerrar los ojos.

—Nunca dijiste eso.

—Era obvio.

—No, mamá. Lo obvio fue que preferisteis la boda de Laura.

Su voz bajó.

—Sus invitados vienen de familias importantes. Necesitábamos causar buena impresión.

—Entonces habéis elegido bien.

—¿Qué quieres decir?

—Que ahora podéis concentraros completamente en su boda.

Otro silencio.

Después llegó la verdadera pregunta.

—¿Cuántas personas caben en Bellmont?

Ahí entendí por qué llevaba toda la mañana llamando.

No estaba preocupada por mí.

Estaba haciendo cuentas.

—Las necesarias.

—Tu padre dice que podríamos trasladar algunos invitados de Laura a tu celebración.

Me quedé inmóvil.

—¿Perdón?

—Bellmont es mucho más apropiado para ciertas personas. El presidente de la empresa de tu padre, los Henderson, los Walker…

Me reí.

—No.

—¿Cómo que no?

—Nuestra boda no será el evento alternativo de Laura.

—Pero son amigos de la familia.

—Entonces que asistan a la boda para la que fueron invitados.

Mi madre perdió la paciencia.

—¿Después de todo lo que hemos hecho por ti vas a comportarte así por un salón?

—No se trata del salón.

Y por primera vez se lo dije claramente.

—Se trata de que tomasteis una reserva hecha para mi boda y se la entregasteis a Laura sin preguntarme. Ahora que preferís mi nuevo lugar, queréis recuperarlo indirectamente.

Colgué.

Pensé que había terminado.

Me equivocaba.

Aquella tarde Laura apareció en mi apartamento.

Llevaba mi invitación en la mano.

—¿Estás intentando competir conmigo?

—No.

—Entonces cambia la fecha.

La miré sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque algunos invitados ya están diciendo que prefieren ir a Bellmont.

Ahí estaba el problema.

No era mi boda.

Era la comparación.

—Laura, tú querías el Salón Imperial.

—Porque mamá dijo que era lo mejor.

—Y ahora es tuyo.

Intentó discutir, pero Adrián salió del despacho.

—Nuestra lista de invitados está cerrada —dijo tranquilamente—. No vamos a cambiar lugar ni fecha.

Laura se marchó furiosa.

Dos días después recibimos una llamada de Hacienda Bellmont.

Pensé que sería sobre el menú.

No.

—Señora Bennett —dijo la coordinadora—, queríamos confirmar una solicitud de modificación que recibimos esta mañana.

Sentí que algo no encajaba.

—¿Qué modificación?

—Una mujer llamó diciendo ser su madre. Solicitó añadir cuarenta y ocho invitados y cambiar varias mesas del jardín.

Me quedé en silencio.

Adrián, sentado frente a mí, levantó la mirada.

—No autoricé nada.

—Lo imaginamos. Por eso la llamamos antes de realizar cambios.

Pedí que ninguna modificación pudiera hacerse sin nuestra aprobación escrita.

Después llamé a mi madre.

—¿Intentaste cambiar mi lista?

No lo negó.

—Solo quería evitar una situación incómoda.

—¿Qué situación?

—Tu padre invitó a ciertas personas importantes diciéndoles que asistirían a una celebración familiar en Bellmont.

Sentí que el estómago se me hundía.

—¿Antes de preguntarme?

—Pensábamos que entenderías.

Aquella palabra otra vez.

Entenderías.

Siempre significaba que yo debía ceder.

—Pues tendrás que desinvitarlos.

Mi madre bajó la voz.

—No podemos.

—¿Por qué?

Esta vez tardó demasiado en responder.

Entonces escuché a mi padre al fondo.

—Díselo de una vez.

—¿Decirme qué?

Mi madre suspiró.

—Hay algo sobre el Salón Imperial que no sabes.

Me incorporé.

—¿Qué?

—Cuando trasladamos tu reserva a Laura, no fue solamente porque sus invitados fueran más importantes.

Miré a Adrián.

—Continúa.

—Tu padre ya había utilizado tu boda para cerrar un acuerdo con uno de esos invitados.

Sentí que se me helaba la sonrisa.

—¿Qué acuerdo?

Mi madre volvió a quedarse callada.

Y fue mi padre quien tomó el teléfono.

—Uno que depende de que ese hombre crea que tú todavía formas parte del plan.

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