PARTE 2: EL HOMBRE DE LA FOTO

Robert no apartó los ojos de la fotografía.

—Se llamaba Daniel Mercer.

Margaret dejó escapar un sonido ahogado.

Ethan se levantó.

—¿Quién demonios es Daniel Mercer?

Mi suegro alzó lentamente la mirada.

—Mi mejor amigo.

Nadie se movió.

—Trabajábamos juntos —continuó Robert—. Él fue quien me recomendó para aquel curso.

Margaret negó rápidamente.

—Robert, no hagas esto.

—¿Hacer qué? ¿Preguntar?

—Fue hace cuarenta años.

—Precisamente.

Su voz no subió.

Eso resultaba mucho más aterrador que un grito.

Ethan me señaló.

—Esto es culpa tuya.

Lo miré por fin.

—No. Yo hice una pregunta. Las respuestas pertenecen a tu familia.

—¡Me humillaste delante de todos!

Solté una risa breve.

—Curioso. Hace diez minutos eso no parecía preocuparte cuando era yo la humillada.

Ethan se quedó callado.

Robert volvió la fotografía.

Leyó la fecha.

Después miró a Margaret.

—¿Tuviste una relación con Daniel?

—No.

—¿Te fuiste con él aquella noche?

Ella tardó demasiado.

—Me acompañó a casa.

—¿Y nada más?

Margaret apretó los labios.

Entonces Ethan golpeó la mesa.

—¡Basta! No voy a escuchar cómo convierten mi nacimiento en un espectáculo.

Robert lo miró.

Algo se quebró en sus ojos.

—Tienes razón.

Se levantó.

—Esto no se resolverá aquí.

Pensé que todo terminaría así.

Me equivocaba.

Margaret me siguió hasta el estacionamiento veinte minutos después.

—¿Qué quieres?

—Nada.

—No mientas.

—No quiero tu casa. No quiero dinero. Ni siquiera quiero una disculpa.

Me acerqué un poco.

—Quería que dejaras de llamarme mujerzuela mientras escondías algo que podía destruir a tu propia familia.

Sus ojos brillaron.

—No sabes nada.

—Entonces dime por qué tienes miedo.

Margaret miró alrededor antes de susurrar:

—Porque Daniel Mercer no puede ser el padre de Ethan.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Porque Daniel era estéril.

Aquello no era una prueba absoluta, pero sí cambiaba la historia.

—¿Robert lo sabía?

—Sí.

Margaret respiró con dificultad.

—Daniel y yo cometimos errores. Pero Ethan no nació de aquella relación.

—Entonces, ¿por qué reaccionaste así?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque la foto puede llevar a Robert hasta la persona que sí debe temer.

Antes de que pudiera preguntarle quién, Ethan salió del restaurante.

Margaret se apartó inmediatamente.

—Mamá.

Ella se secó los ojos.

—Vámonos.

—No.

Ethan sostuvo algo entre los dedos.

La fotografía.

—Papá encontró esto detrás de la funda.

Había otra imagen pegada a la primera.

Más pequeña.

Robert la había separado.

En ella aparecía Margaret frente al mismo edificio de la empresa.

Pero Daniel no estaba solo.

Había otro hombre junto a él.

Más joven que Robert.

Con los mismos ojos que Ethan.

Margaret cerró los párpados.

—Dios mío.

Ethan giró la fotografía.

Detrás había un nombre escrito con la letra de mi madre.

Samuel Bennett.

Ethan frunció el ceño.

—¿Quién es?

La voz de Robert llegó desde atrás.

—Mi hermano.

Nos giramos.

Mi suegro estaba de pie junto a la puerta.

—Samuel murió cuando tú tenías dos años.

Ethan palideció.

—Nunca dijiste que tenías un hermano.

—Porque después de su muerte, Margaret me pidió que no volviera a pronunciar su nombre.

Margaret comenzó a llorar.

Robert levantó una mano.

—No voy a sacar conclusiones por una fotografía. Si Ethan quiere saber la verdad, podemos buscar registros y, si todos aceptan, una prueba genética adecuada.

Por primera vez, alguien estaba actuando con sensatez.

Ethan, sin embargo, me miraba como si yo hubiera provocado todo aquello.

—¿Cuánto tiempo sabías lo de Samuel?

—Hasta este momento, ni siquiera sabía que existía.

—Pero tu madre sí.

Eso me hizo detenerme.

Era verdad.

Mi madre había escrito aquel nombre.

¿Por qué nunca me había hablado de él?

Entonces mi teléfono vibró.

Era ella.

No había hablado con mi madre desde la mañana.

Abrí el mensaje.

Clara, si ya mostraste la fotografía, no dejes que Margaret destruya la carta que estaba con ella.

Mi respiración se detuvo.

Respondí inmediatamente.

¿Qué carta?

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron.

Finalmente llegó una fotografía.

Era un sobre antiguo dirigido a Robert Bennett.

Nunca abierto.

En la esquina figuraba el nombre del remitente:

Samuel Bennett.

Fecha:

cinco meses antes del nacimiento de Ethan.

Debajo, mi madre escribió:

Margaret me pidió que escondiera esto aquella noche. He cargado con ese error durante cuarenta años.

Robert vio la pantalla por encima de mi hombro.

Su rostro cambió.

Margaret retrocedió.

—Robert, escúchame.

Pero él ya no la miraba.

Miraba la dirección escrita en aquel sobre.

—Esa no era la dirección de Samuel.

Levanté los ojos.

—¿Entonces de quién era?

Robert tardó varios segundos en responder.

—De la casa donde Margaret y yo vivimos después de casarnos.

Y cuando volvió la fotografía para observar el sello postal, su voz se quebró.

—Samuel me escribió cinco meses antes de que naciera Ethan.

Margaret cerró los ojos.

—Porque quería confesarte algo.

Robert la miró.

—¿Qué cosa?

Ella comenzó a llorar.

—Que tú nunca fuiste el hombre al que yo debía haberle dicho que estaba embarazada.

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