PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE ESPERARLO

Adrian no me siguió.

Eso fue lo que me confirmó que había tomado la decisión correcta.

Llegué al apartamento que había alquilado semanas antes, dejé la maleta en el suelo y dormí mejor que en los últimos tres años.

A la mañana siguiente, a las nueve en punto, mi abogada presentó los documentos.

A las nueve y diecisiete Adrian llamó.

No contesté.

A las nueve y veinte volvió a llamar.

Después llegó un mensaje.

“¿Realmente lo presentaste?”

Respondí únicamente:

“Sí.”

Aquella tarde apareció en mi nueva oficina.

—Retíralo.

Levanté la vista.

—Tú firmaste.

—Pensé que estabas intentando asustarme.

Casi sonreí.

—Ese es el problema, Adrian. Nunca creíste que pudiera irme.

Su mandíbula se tensó.

—¿Hay otro hombre?

—Siempre haces la pregunta equivocada.

—Entonces explícame por qué tienes tanta prisa.

Cerré el portátil.

—Porque nuestra obligación terminó. Brooks Medical está estable. Tu litigio terminó. Ya no necesitas una esposa contractual y yo ya no quiero serlo.

Por primera vez pareció no tener respuesta.

Entonces su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Serena.

Lo silenció.

Era la primera vez que lo veía rechazar una llamada suya.

Ya no significaba nada.

Dos semanas después, nuestros abogados se reunieron para revisar las garantías financieras.

Fue entonces cuando apareció el problema.

Mi abogada deslizó un documento hacia mí.

—Elena, ¿autorizaste esto?

Era una garantía empresarial firmada dieciocho meses antes.

Mi nombre aparecía debajo.

Pero yo nunca la había visto.

Adrian se inclinó.

Su expresión cambió.

—¿Qué demonios es esto?

Su abogado palideció.

La garantía comprometía activos vinculados a Brooks Medical para respaldar una empresa privada.

Nombre de la beneficiaria:

Hale Ventures.

Serena Hale.

Miré a Adrian.

—¿Usaste mis activos para financiarla?

—No.

Respondió demasiado rápido.

Pero esta vez su sorpresa parecía auténtica.

Su abogado comenzó a revisar páginas frenéticamente.

—Adrian, esta autorización salió de tu oficina.

El silencio se volvió pesado.

Entonces recordé algo.

Un año y medio atrás, Adrian había aparecido inesperadamente en mi habitación con varios documentos.

“Son papeles rutinarios del litigio. Firma aquí.”

Yo había confiado en él.

Había firmado.

Adrian también pareció recordarlo.

—Elena…

Me levanté.

—Tres años me hiciste creer que Serena solo ocupaba tu tiempo.

Empujé el documento hacia él.

—Ahora descubro que también estaba dentro de mis finanzas.

Pero mi abogada señaló la última página.

—Hay algo más.

Debajo de mi firma aparecía una segunda autorización.

La de Adrian.

Él la observó durante varios segundos.

Luego dijo algo que hizo que toda la sala quedara en silencio.

—Esa no es mi firma.

Su abogado levantó lentamente la cabeza.

—Entonces alguien falsificó las dos.

Mi teléfono vibró en ese instante.

Era un número desconocido.

Abrí el mensaje.

Solo contenía una fotografía.

Serena estaba sentada frente a una caja fuerte abierta en el despacho de Adrian.

Y debajo alguien había escrito:

“Pregúntale a tu marido por qué Serena tenía la combinación.”

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