Madison tardó tres segundos en recuperar la sonrisa.
—Elena… Dios mío. ¿Qué te pasó?
Intentó acercarse.
El policía levantó una mano.
—Un momento. Necesitamos terminar unas preguntas.
El rostro de Madison cambió apenas.
—¿Policía?
—La doctora cayó al pozo antes de las siete y media —respondió él—. Tenemos varios testigos.
El silencio fue inmediato.
Daniel dejó caer una bandeja metálica.
Entonces aparecieron nuevas palabras frente a mis ojos.
【Pregúntale a qué hora empezó la cirugía.】
Miré a Madison.
—¿A qué hora entró el paciente al quirófano?
—Elena, ahora no importa.
—¿A qué hora?
Daniel respondió desde atrás.
—Siete treinta y ocho.
El policía miró su libreta.
—A esa hora la doctora Carter ya estaba dentro del pozo.
Madison palideció.
Yo entendí entonces que había sobrevivido a la primera parte de la trampa.
Pero todavía faltaba descubrir quién la había preparado.
Horas después llegó la administración del hospital.
Según el registro quirúrgico, yo figuraba como cirujana principal.
Mi identificación incluso había sido utilizada para acceder al área restringida.
—Eso es imposible —dije.
El policía asintió.
—Por eso revisaremos las cámaras.
Madison intervino inmediatamente.
—El sistema tuvo una falla esta mañana.
Demasiado rápido.
Todos la miraron.
Y entonces apareció otro comentario.
【La cámara del estacionamiento no pertenece al hospital.】
Recordé el edificio de oficinas situado frente a Urgencias.
—Revisen las cámaras exteriores.
Madison dejó de respirar.
Dos horas después encontraron la grabación.
A las siete veintinueve, mientras yo corría hacia el hospital, Madison entregaba mi tarjeta de acceso a Daniel.
A las siete treinta y cuatro, Daniel entraba al área quirúrgica utilizándola.
Ya no podía hablarse de un error.
Era una preparación.
Daniel terminó confesando primero.
El paciente había llegado todavía con posibilidades de sobrevivir.
Madison tomó una decisión médica equivocada y su estado empeoró rápidamente.
El hombre del Bentley resultó ser el presidente de un poderoso grupo empresarial.
Una investigación podía acabar con la carrera de Madison… y con la reputación de su padre, director del hospital.
Así que necesitaban otro nombre.
El mío.
—¿Por qué yo? —pregunté cuando finalmente dejaron que Madison entrara en mi habitación acompañada por dos investigadores.
Sus ojos estaban rojos.
—Porque todos confían en ti.
Solté una risa amarga.
—¿Y eso me convertía en la víctima perfecta?
Madison bajó la cabeza.
—Mi padre dijo que tu seguro cubriría la demanda. Que después podríamos ayudarte.
Aquellas palabras destruyeron veinte años de amistad en segundos.
Pero todavía quedaba una pregunta.
—¿Quién falsificó mi firma?

Madison levantó lentamente los ojos.
—Yo no fui.
En ese instante, volvieron a aparecer las palabras flotantes.
Solo una línea.
【Por fin está diciendo la verdad.】
Sentí frío.
Luego apareció otra.
【Madison intentó incriminarte, sí. Pero la persona que planeó todo sabía que intentarías escapar.】
Miré hacia la puerta de cristal.
El director Blake estaba observándonos desde el pasillo.
Y sonreía.
Entonces apareció el último mensaje:
【Ahora pregúntate quién te mostró los comentarios antes de que cayeras al pozo.】
Mi corazón se detuvo por un instante.
Porque hasta ese momento había creído que aquellas advertencias me estaban salvando.
Nunca me había preguntado quién quería que las viera.