No fui a comer con Clara.
Le dije que tenía un asunto pendiente y llevé a Nico hasta donde ella esperaba.
—¿Pasó algo? —preguntó.
—Vi a Lucía.
Por un instante, algo cambió en su expresión.
—¿Aquí?
—Estudia aquí.
Clara tardó demasiado en responder.
—No lo sabía.
Aquella pausa me incomodó, pero entonces solo podía pensar en mi hija.
Llamé a Elena.
Una vez.
Dos.
Cinco.
Finalmente respondió.
—¿Qué ocurre?
—¿Por qué Lucía cambió de escuela?
Silencio.
—Hace ocho meses.
Sentí vergüenza.
Ocho meses y yo ni siquiera lo sabía.
—Daniel fue a su reunión.
—Sí.
—¿Por qué él?
La voz de Elena se endureció.
—Porque yo estaba en Monterrey y él aceptó ir.
—Podías haberme llamado.
—Te llamé, Mateo.
Me quedé inmóvil.
—¿Cuándo?
—Hace dos semanas.
Revisé mentalmente mis recuerdos.
Nada.
—No tengo ninguna llamada tuya.
—No te llamé directamente. Clara respondió tu teléfono.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué?
—Me dijo que tenías una presentación importante de Nico ese mismo día y que no querías prometerle nada a Lucía para después decepcionarla.
Miré hacia el estacionamiento.
Clara estaba ayudando a Nico a subir al coche.
—Eso nunca me lo dijo.
Elena guardó silencio.
—Mateo, ese no es el problema principal.
—Entonces dime cuál es.
—Que si Clara no hubiera contestado, probablemente yo tampoco habría insistido.
Aquello dolió porque entendí inmediatamente por qué.
—Has faltado demasiadas veces —continuó—. Lucía dejó de preguntar por ti hace meses.
—Quiero verla.
—Pregúntaselo a ella.
Esa tarde envié un mensaje.
¿Podemos hablar?
Lucía respondió casi tres horas después.
Sí.
Nos encontramos al día siguiente en una cafetería.
Daniel la llevó, pero no entró.
Eso me avergonzó todavía más.
El hombre al que estaba empezando a considerar un intruso tuvo suficiente respeto para dejarnos solos.
Lucía se sentó frente a mí.
Tenía nueve años.
¿En qué momento había crecido tanto?
—¿Por qué llamaste papá a Daniel?
Su frente se arrugó.
—Yo no lo llamé papá.
—Lo escuché.
Entonces comprendió.
—Era otra niña. Estaba llamando a su papá.
Sentí una mezcla absurda de alivio y humillación.
Había construido toda una traición dentro de mi cabeza.
—Daniel es tío Daniel —añadió—. Siempre.
Bajé la mirada.
—¿Por qué lo elegiste para la reunión?
Lucía jugueteó con la pajita de su bebida.
—Porque él va cuando dice que va.
No tuve defensa contra aquello.
—Yo también quiero ir.
—Antes también decías eso.
Su voz no contenía rabia.
Solo experiencia.
Entonces abrió su mochila.
Sacó una carpeta azul.
Dentro había dibujos, diplomas y programas escolares.
—Mamá me dijo que no hiciera esto.
—¿Qué cosa?
—Guardarlos para ti.
Pasé la primera página.
Festival de primavera.
Yo había prometido asistir.
No fui.
Segunda.
Competencia de lectura.
Tampoco.
Tercera.
Presentación de ciencias.
Recordé aquella fecha.
Había llevado a Nico a un partido.
Seguían apareciendo páginas.
En algunas, Lucía había escrito con lápiz:
ASIENTO PARA PAPÁ.
Después dejó de escribirlo.
Sentí que los ojos me ardían.
—Lucía…
—No estoy enojada contigo.
Aquello fue peor.
—Pensé que sí.
Negó con la cabeza.
—Antes sí.
Cerró la carpeta.
—Después me acostumbré.
No intenté justificarme.
No mencioné el trabajo.
Ni el divorcio.
Ni a Clara.
—Te fallé.
Lucía me observó.
—¿Vas a volver a decir que cambiarás?
—No.
Pareció sorprendida.
—Voy a dejar de prometerlo. Si alguna vez vuelves a confiar en mí, tendrá que ser porque aparecí suficientes veces.
Por primera vez, sus ojos se suavizaron.
Aquella noche regresé a casa.
Clara estaba esperándome.
—¿Hablaste con ella?
—Sí.
Dejé el teléfono sobre la mesa.
—Elena dice que respondiste una llamada suya.
Clara palideció ligeramente.
—Fue hace semanas. Estabas ocupado.
—¿Por qué no me dijiste que era por la reunión de Lucía?
—Porque Nico también te necesitaba.
—Eso debía decidirlo yo.
—Mateo, tú mismo me has dicho muchas veces que Elena utiliza a Lucía para hacerte sentir culpable.
La frase me golpeó.
Porque era verdad.
Yo lo había dicho.
Yo había convertido las peticiones de Elena en “reproches” para no admitir lo que eran:
recordatorios de mis responsabilidades.
—No vuelvas a ocultarme nada relacionado con mi hija.
Clara cruzó los brazos.
—Después de todo lo que haces por Nico, ¿ahora resulta que nosotros somos el problema?
—Nico no es el problema.
Entonces escuchamos una voz desde las escaleras.
—¿Yo hice que dejaras de querer a Lucía?
Nico estaba allí.
Se me partió el corazón.
—No.
Subí inmediatamente y me arrodillé frente a él.
—Nunca. Yo fui quien cometió errores. Tú no le quitaste nada a nadie.
Lo abracé.
Por encima de su hombro vi a Clara llorando.
Pero algo ya había cambiado.
Más tarde, cuando ambos dormían, revisé mi teléfono.
Busqué el registro de aquella llamada.
No aparecía.
Entonces revisé los números bloqueados.
Elena estaba allí.
También el colegio anterior de Lucía.
Y Daniel.
Me quedé mirando la pantalla.
Yo nunca había bloqueado ninguno.
Desperté a Clara.
—Necesito que me expliques esto.
Miró los números.
No pareció sorprendida.
—Mateo…
—¿Cuánto tiempo?
Ella comenzó a llorar.
—No quería perderte.
—¿Cuánto tiempo, Clara?
—Casi un año.
Sentí que el suelo desaparecía.
—¿Bloqueaste a mi hija?
—¡No! A Lucía nunca. Solo a Elena y algunas personas que siempre terminaban arrastrándote de vuelta a esa familia.
Di un paso atrás.
Entonces mi teléfono sonó.
Daniel.
Contesté.
—¿Qué pasa?
Su voz era extrañamente seria.
—Mateo, Elena acaba de regresar del viaje y encontró algo en el buzón.
—¿Qué?
—Una solicitud presentada hace seis meses para modificar tu régimen de visitas con Lucía alegando falta prolongada de contacto.
Se me heló la sangre.

—Nunca recibí nada.
—Ese es el problema.
Daniel hizo una pausa.
—Según el expediente, alguien respondió en tu nombre.
Y aceptó la modificación.