Las puertas de la finca se cerraron en menos de un minuto.
Nadie entraba.
Nadie salía.
Cole empezó a protestar.
—Yo no puse esos puntos.
Carmine lo miró.
—Entonces será mejor que recuerde quién lo hizo.
El cirujano palideció.
—La primera operación fue en St. Vincent. Yo llegué después.
Gabriel seguía débil, pero su mirada permanecía despierta.
—Nombres.
Cole tragó saliva.
—Doctor Nathan Price. Dos residentes. Una enfermera quirúrgica.
—¿Quién eligió el material?
—No lo sé.
Yo observaba la bandeja.
Seis fragmentos negros descansaban dentro.
Entonces algo me inquietó.
—Falta uno.
Todos me miraron.
—¿Qué?
Señalé la fotografía clínica tomada después de la primera cirugía.
Había siete nudos.
Yo había retirado seis.
Cole se acercó a la cama.
—Necesitamos una imagen antes de tocar nada más.
Esta vez nadie discutió.
Horas después, un especialista independiente llegó acompañado por su propio equipo.
Encontraron el séptimo fragmento.
No estaba donde debería.
Había quedado oculto más profundamente cerca de la zona lesionada.
El médico consiguió retirarlo bajo condiciones controladas.
Después enviaron todos los fragmentos a analizar.
A las cuatro de la mañana, Gabriel seguía vivo.
Su fiebre empezaba a bajar.
Yo estaba lavándome las manos cuando Carmine apareció detrás de mí.
—¿Cómo te llamas realmente?
Me giré.
—Sofia Marino.
—Eso ya lo sabemos.
Colocó una carpeta sobre la mesa.
Dentro estaba mi solicitud de empleo.
—Tu madre trabajaba en Bellucci Textiles.
—Sí.
—¿Sabías quién era el dueño?
Negué.
Carmine pasó la página.
La empresa había pertenecido durante años a una sociedad llamada Price Industrial Holdings.
Price.
El apellido del primer cirujano de Gabriel.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué tiene que ver mi madre con esto?
—Eso queremos descubrir.
En ese momento entró uno de los hombres de seguridad.
Llevaba una caja pequeña.
—La encontramos en el despacho del doctor Cole.
Cole comenzó a gritar desde el pasillo.
—¡Eso no es mío!
Dentro había un carrete de cordón negro.
Parecía idéntico.
Demasiado idéntico.
Yo lo miré durante unos segundos.
—No.
Carmine frunció el ceño.
—¿No qué?
—Ese carrete está nuevo.
Señalé las fibras.
—El material que sacamos de Gabriel era viejo. El recubrimiento estaba deteriorado.
Cole dejó de gritar.
Gabriel, desde la cama, sonrió débilmente.
—Alguien está intentando incriminar al médico equivocado.
Horas después llegó el informe preliminar.
El material encontrado en la herida había sido fabricado muchos años atrás.
Y el lote pertenecía a Bellucci Textiles.
La fábrica donde había trabajado mi madre.
Sentí que el suelo desaparecía debajo de mí.
—Eso es imposible.
Carmine me entregó otra hoja.
—Hay más.
El lote había sido retirado del mercado después de un accidente industrial ocurrido veintidós años antes.
El informe original llevaba la firma de una empleada.
Maria Marino.
Mi madre.
—Ella murió hace ocho meses —susurré.
Gabriel abrió los ojos.
—¿De qué?
—Me dijeron que fue una complicación cardíaca.
Carmine y Gabriel intercambiaron una mirada.
No me gustó.
—¿Qué ocurre?
Carmine sacó una fotografía antigua.
Mi madre aparecía frente a Bellucci Textiles junto a otros trabajadores.
Pero no miré a los demás.
Miré al hombre que estaba detrás de ella.
Más joven.
Sin canas.
Pero reconocible.
Gabriel Falcone.
—¿Por qué estaba usted con mi madre?
Gabriel permaneció callado.
—Contésteme.
Finalmente habló.
—Porque Bellucci Textiles nunca fue solamente una fábrica.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Y mi madre?
Gabriel me observó durante varios segundos.
—Tu madre fue quien me ayudó a cerrarla.
Entonces Carmine giró la fotografía.
En el reverso había una frase escrita por Maria.
“Si alguna vez usan el lote 17 contra Gabriel, busca a mi hija. Sofia sabrá reconocerlo.”

Me quedé inmóvil.
Mi madre había muerto ocho meses antes.
Yo había empezado a trabajar en aquella casa seis meses después.
Y por primera vez me pregunté si conseguir aquel empleo había sido realmente una casualidad.