PARTE 2: LA OTRA NIÑA

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Qué niña?

El capitán abrió una fotografía en su teléfono.

Lucía Herrera, seis años.

Había desaparecido tres meses antes después de salir de una clínica privada.

Reconocí inmediatamente el apellido.

—Herrera…

El capitán asintió.

—Su madre trabajaba para la familia Durán.

Entonces recordé a Camila Herrera.

Había sido asistente administrativa de Fernando durante años.

Desapareció de su estudio poco después de nuestro divorcio.

Fernando aseguró que había renunciado.

—¿Encontraron a Lucía?

—No.

Aquello fue casi peor.

En el hospital, Sofía permaneció bajo vigilancia médica mientras las autoridades preservaban las pruebas.

Yo no me separé de ella.

Horas después abrió los ojos.

—Mami…

—Estoy aquí.

—¿Lucía también salió?

Me quedé inmóvil.

—¿Conoces a Lucía?

Sofía asintió débilmente.

—Estuvo conmigo abajo.

El capitán, que esperaba fuera, entró acompañado por una especialista infantil.

No interrogamos a Sofía.

Solo dejamos que hablara cuando quisiera.

—Lucía decía que su mamá había escondido unos papeles —murmuró—. La abuela quería saber dónde.

Miré al capitán.

Aquello ya no parecía únicamente un plan relacionado con el fideicomiso.

Al amanecer llegó otro descubrimiento.

Los investigadores habían encontrado una memoria USB oculta detrás de una rejilla en aquella habitación.

Pertenecía a Camila Herrera.

Contenía copias de movimientos financieros de Durán Arquitectos.

Durante casi cuatro años, millones habían pasado por sociedades vinculadas a Fernando y doña Claudia.

Pero una transferencia destacaba.

Había salido del fideicomiso de Sofía.

—Eso es imposible —dije—. Fernando no podía retirar dinero mientras ella estuviera viva.

—Legalmente, no.

El capitán colocó delante de mí una autorización.

Mi firma aparecía al pie.

Era falsa.

Pero había otra firma auténtica.

La de un médico.

Doctor Esteban Rivas.

El mismo hombre que había certificado la supuesta muerte de Sofía.

—Ya lo localizaron —pregunté.

El capitán negó.

—Desapareció anoche.

Fernando seguía afirmando que todo era una conspiración mía.

Natalia había cambiado su versión tres veces.

Doña Claudia se negaba a declarar.

Entonces recibimos noticias sobre Lucía.

Una cámara de carretera había registrado el automóvil del doctor Rivas saliendo de la ciudad pocas horas antes del funeral.

En el asiento trasero parecía haber alguien pequeño.

La búsqueda se amplió inmediatamente.

Pero antes de que el capitán saliera, me entregó una fotografía recuperada del teléfono de Fernando.

Mostraba a Camila Herrera entrando en una notaría seis meses antes de desaparecer.

Llevaba una carpeta con el nombre de Sofía.

—Creemos que Camila descubrió las transferencias —dijo.

—¿Y Lucía?

—Probablemente sabía algo que ellos necesitaban.

Miré a mi hija dormida.

—Entonces ¿por qué hicieron lo mismo con Sofía?

El capitán dejó un último documento sobre la mesa.

Era una copia del fideicomiso de mi padre.

Alguien había marcado una cláusula que yo nunca había visto.

Si existían pruebas de fraude o incapacidad del tutor, el control no pasaba a Fernando.

Pasaba a un protector fiduciario suplente cuya identidad permanecía sellada.

Fernando había solicitado conocer ese nombre cinco veces.

Todas fueron rechazadas.

Hasta tres semanas antes.

Alguien desde dentro del despacho fiduciario había abierto el archivo.

El capitán escribió el nombre en una hoja y me la entregó.

Cuando lo leí, sentí un frío diferente.

Conocía perfectamente a aquella persona.

Y Fernando también.

Era quien había representado a Fernando durante nuestra batalla por la custodia.

Mi propio divorcio quizá nunca había sido solamente por Sofía.

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