Parte 2: Trece días demasiado tarde

A las cuatro y diecisiete de la tarde, Zhou Duan’an regresó.

La tía Wang me contó después que llevaba exactamente lo que yo había imaginado.

Un abrigo oscuro.

Una pequeña maleta.

Y un enorme ramo de rosas color champán.

Entró mientras hablaba por teléfono.

—Sí, llegué.

Hizo una pausa.

—Descansa. Te llamaré mañana.

Colgó.

Dejó las llaves sobre la mesa.

Después levantó la cabeza.

—Song Ci.

Nadie respondió.

Esperó.

—Song Ci.

Silencio.

Frunció el ceño.

—¿Dónde está la señora?

La tía Wang salió lentamente de la cocina.

—Señor…

—¿Y la niña?

Ella lo miró.

—La señora se llevó a la pequeña.

Zhou Duan’an tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Adónde?

—Se marchó de aquí.

—¿Cuándo?

—Hace trece días.

El ramo cayó sobre el sofá.

—¿Trece días?

Subió las escaleras.

Abrió el dormitorio.

Después el vestidor.

Mi lado estaba vacío.

Cajones.

Perchas.

Tocador.

Nada.

Entonces corrió hacia la habitación de nuestra hija.

Aquella habitación lo terminó de despertar.

No estaba la cuna.

Ni la ropa.

Ni los juguetes.

Ni siquiera el pequeño conejo de tela que nuestra hija abrazaba para dormir.

Volvió al dormitorio.

Y allí encontró el documento.

Divorcio.

Mi firma.

El bolígrafo.

Todo preparado.

La tía Wang dijo que Zhou Duan’an permaneció de pie frente a la mesita durante casi diez minutos.

Después me llamó.

Mi teléfono vibró sobre la mesa de mi nueva casa.

Lo miré.

No contesté.

Volvió a llamar.

Una segunda vez.

Una tercera.

La cuarta llamada llegó acompañada de un mensaje.

¿Dónde estás?

Después:

¿Dónde está mi hija?

Sonreí amargamente.

No preguntó:

¿Por qué te fuiste?

Preguntó dónde estaba su hija.

Contesté únicamente:

Está conmigo y está bien.

La llamada llegó inmediatamente.

Esta vez respondí.

—Song Ci.

Su voz ya no era tranquila.

—¿Qué estás haciendo?

—Preparando la cena.

Silencio.

—Estoy hablando en serio.

—Yo también.

—Regresa.

Aquella palabra me hizo reír.

—No.

—Acabas de terminar tu recuperación. ¿Adónde vas con una bebé?

—A mi casa.

—Esta es tu casa.

—No.

Miré alrededor.

Mi nuevo apartamento era mucho más pequeño.

No había lámparas de cristal.

No había mármol.

Pero el sol entraba por las ventanas.

Mi hija dormía a pocos metros.

Y por primera vez en años nadie podía hacerme sentir invitada dentro de mi propia vida.

—Esa es tu mansión —dije—. Nunca fue mi hogar.

Su respiración cambió.

—¿Esto es por París?

Finalmente.

—¿Qué debería ser por París?

—Su Wan vino porque…

—No necesito saberlo.

—Song Ci.

—El documento está junto a la cama.

—Lo vi.

—Entonces fírmalo.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—No voy a firmar.

Cerré los ojos.

Antes habría interpretado aquella negativa como amor.

Ahora entendía mejor.

—¿Por qué?

Silencio.

—Zhou Duan’an.

Mi voz permaneció tranquila.

—¿Por qué no quieres divorciarte?

No respondió.

—¿Porque me amas?

Nada.

—¿Porque no puedes vivir sin mí?

Silencio.

—¿Porque durante trece días en París descubriste que extrañabas a tu esposa?

Finalmente habló.

—Tenemos una hija.

Sonreí.

Ahí estaba.

—Exactamente.

—Necesita una familia completa.

—Una familia completa no es una casa donde la madre espera mientras el padre viaja con otra mujer.

—No pasó lo que imaginas.

—No importa.

—¿Cómo puede no importar?

—Porque Su Wan no es la razón por la que me fui.

Eso consiguió callarlo.

—Me fui porque durante años intenté convencerme de que tu indiferencia era personalidad.

Respiré.

—Que tus regalos eran cariño. Que tus ausencias eran trabajo. Que si yo era suficientemente paciente algún día mirarías esta familia y decidirías estar realmente dentro de ella.

Mi voz no tembló.

—Me cansé.

Al otro lado no se escuchó nada.

—Firma, Duan’an.

Colgué.


Al día siguiente apareció en mi puerta.

No sé cómo consiguió la dirección.

Probablemente fue sencillo para alguien como él.

Cuando abrí, llevaba las mismas rosas.

Ya estaban un poco marchitas.

—¿Puedo entrar?

—No.

Su expresión cambió.

En todos nuestros años de matrimonio, quizá nunca le había negado la entrada a ningún lugar.

—Quiero ver a mi hija.

—Está durmiendo.

—Soy su padre.

—Y podrás verla.

—Entonces déjame entrar.

—Cuando despierte.

Zhou Duan’an me miró.

Después miró detrás de mí.

—¿Vives aquí?

—Sí.

—Es pequeño.

—Me alcanza.

—Puedo comprarte algo mejor.

Lo miré durante varios segundos.

Y empecé a reír.

—¿Qué?

—Eso.

—¿Qué cosa?

—Ese es exactamente nuestro matrimonio.

Frunció el ceño.

—Cada vez que algo estaba mal, comprabas algo.

Un bolso.

Una pulsera.

Un coche.

Flores.

—Nunca preguntabas qué necesitaba. Solo cuánto costaba compensarlo.

Su mirada cayó sobre las rosas.

Por primera vez pareció comprender por qué no las había aceptado.

—Song Ci…

—Su Wan te acompañó a París.

—Sí.

—¿La amas?

Tardó demasiado.

No necesitaba más.

—Entiendo.

Intenté cerrar.

Zhou Duan’an puso una mano contra la puerta.

—No me acosté con ella.

Lo miré.

—¿Quieres que te felicite?

—Quiero que conozcas la verdad.

—La verdad es que acababa de tener a tu hija y tú decidiste pasar medio mes en París con la mujer que realmente querías tener a tu lado.

Su mano cayó.

—Eso basta.

En ese momento escuchamos un pequeño llanto.

Mi hija había despertado.

Zhou Duan’an cambió inmediatamente.

—Déjame verla.

Lo permití.

No porque fuera mi marido.

Porque era su padre.

Cuando la sostuvo, algo ocurrió.

La niña lo miró sin reconocerlo.

Después comenzó a llorar.

Extendió los brazos hacia mí.

Zhou Duan’an se quedó inmóvil.

—¿Por qué…?

La tomé.

Se calmó casi inmediatamente.

Él miró sus brazos vacíos.

—No me reconoce.

—Has estado fuera casi la mitad de su vida consciente.

Su rostro se volvió pálido.

Aquello pareció herirlo más que el documento de divorcio.

Se marchó sin llevarse las flores.

Las dejó junto a la puerta.

Las tiré esa noche.


Su Wan me llamó tres días después.

—Song Ci.

—¿Qué quieres?

—Hablar de Duan’an.

—No hace falta.

—Sí hace falta.

Su voz era sorprendentemente tranquila.

—Porque creo que estás entendiendo mal algunas cosas.

—Entonces explícalas.

Hubo una pausa.

—Él me quiso.

No sentí nada.

—Lo sé.

—Desde antes de casarse contigo.

Eso sí dolió.

No porque todavía quisiera conservarlo.

Sino porque confirmaba algo que yo había intentado negar durante años.

—Entonces ¿por qué se casó conmigo?

Su Wan soltó una pequeña risa triste.

—Porque eras adecuada.

Cerré los ojos.

Familias compatibles.

Educación adecuada.

Carácter tranquilo.

Una esposa impecable.

Una alianza perfecta.

—¿Y París?

—Yo quería volver con él.

Su sinceridad me sorprendió.

—Se lo dije.

—¿Y?

—Me rechazó.

Abrí los ojos.

—¿Por qué?

—Porque dijo que tenía esposa e hija.

No respondí.

Su Wan continuó:

—Pero eso no significa lo que quizá quieres que signifique.

—No quiero que signifique nada.

—Bien.

Su voz se suavizó.

—Porque creo que Duan’an cometió un error distinto.

—¿Cuál?

—Creyó que permanecer casado contigo era suficiente.

Aquella frase me atravesó.

Porque era exactamente eso.

Zhou Duan’an no creía haberse portado mal.

No había abandonado oficialmente a su familia.

Pagaba las cuentas.

Volvía a casa.

Compraba regalos.

Nunca pidió el divorcio.

Para él, aquello probablemente significaba responsabilidad.

Pero había olvidado vivir dentro de esa responsabilidad.

—Gracias por decírmelo.

—¿Lo perdonarás?

Miré a mi hija.

—Perdonar y regresar son cosas diferentes.

Colgué.


Zhou Duan’an tardó casi cuatro meses en firmar.

Durante esos cuatro meses vino a ver a nuestra hija regularmente.

Al principio llegaba con regalos.

Le pedí que dejara de hacerlo.

Entonces empezó a llegar con tiempo.

Una hora.

Dos.

Aprendió a preparar un biberón.

A cambiar pañales.

A distinguir cuándo tenía sueño.

La primera vez que nuestra hija extendió voluntariamente los brazos hacia él, Zhou Duan’an se quedó inmóvil.

Después giró la cara.

Fingí no notar que tenía los ojos húmedos.

Una tarde, después de acostarla, se sentó frente a mí.

Sacó el documento.

Ya estaba firmado.

Lo dejó sobre la mesa.

—Aquí tienes.

Miré su firma.

Pensé que sentiría dolor.

Sentí alivio.

—Gracias.

—¿Eso es todo?

Levanté la cabeza.

—¿Qué esperabas?

—No lo sé.

Sonrió amargamente.

—Quizá esperaba que cuando finalmente firmara me pidieras que no lo hiciera.

—La Song Ci que habría hecho eso se quedó esperando en aquella mansión.

Bajó la mirada.

—Su Wan tenía razón.

Me sorprendió.

—¿Hablaron?

—Sí.

—¿Volvieron?

Negó.

—Nunca estuvimos juntos de la manera que tú imaginabas durante el matrimonio.

Hizo una pausa.

—Pero emocionalmente… probablemente nunca cerré esa puerta.

Asentí.

Eso era suficiente.

—Pensaba que cumplir económicamente, regresar a casa y no cruzar ciertas líneas significaba que estaba haciendo lo correcto.

Me miró.

—No entendía que una persona también puede abandonar un matrimonio sin marcharse físicamente.

Por primera vez no intentó justificarse.

—Lo siento.

Aquellas dos palabras llegaron años tarde.

Pero llegaron limpias.

—Acepto tus disculpas.

Sus ojos se iluminaron apenas.

Añadí:

—Pero no vuelvo.

La luz desapareció.

Asintió.

—Lo sé.


Pasaron tres años.

Nuestra hija creció.

Zhou Duan’an terminó convirtiéndose en un buen padre.

No perfecto.

Presente.

Que era mucho más de lo que había sido durante los primeros meses.

Nosotros aprendimos a hablar sin ser marido y mujer.

Cumpleaños.

Escuela.

Vacaciones.

Médicos.

Nada más.

Yo regresé a trabajar.

Volví a tener amigas.

Viajé por primera vez sola con mi hija.

Compré una casa pequeña con un jardín diminuto donde ella plantó flores que después olvidaba regar.

Una tarde, Zhou Duan’an vino a recogerla.

Mi hija salió corriendo con su mochila.

—¡Papá!

Él se agachó y la abrazó.

Después levantó la mirada hacia mí.

—Volveremos el domingo.

—Bien.

Antes de marcharse vio unas flores sobre mi mesa.

Rosas color champán.

Se quedó quieto.

—¿Quién te las regaló?

Sonreí.

—Yo.

Pareció sorprendido.

—¿Tú misma?

—Me gustan.

Durante nuestro matrimonio había terminado odiándolas porque siempre aparecían después de una decepción.

Me tomó años recordar que las flores no tenían culpa.

Zhou Duan’an sonrió.

—Te quedan mejor así.

—¿Cómo?

—Sin pedir perdón por nada.

Mi hija tiró de su mano.

—¡Papá, vamos!

Él se despidió.

Los vi alejarse.

Después cerré la puerta.

No con rabia.

No con tristeza.

Simplemente porque hacía frío afuera.

Durante años creí que abandonar aquella mansión significaba fracasar en mi matrimonio.

Después comprendí que el verdadero fracaso habría sido quedarme solo porque había invertido demasiado tiempo intentando convertirlo en algo que nunca fue.

Zhou Duan’an regresó de París trece días demasiado tarde.

Encontró el armario vacío.

La habitación de su hija vacía.

Y los documentos esperando su firma.

Pero lo que tardó mucho más en comprender fue que yo no había abandonado la casa para conseguir que me persiguiera.

No quería flores.

No quería explicaciones.

Ni siquiera quería que finalmente aprendiera a amarme.

Solo quería dejar de esperar.

Y cuando conseguí hacerlo, descubrí algo que aquella mansión nunca había podido darme:

la paz de saber que mi hija y yo ya no necesitábamos medir nuestros días por la hora en que alguien decidiera regresar.

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