Diana esperaba lágrimas.
Le di silencio.
Eso pareció molestarla más.
—¿No quieres preguntarme de cuánto estoy?
—No.
Su sonrisa se tensó.
—Veinticuatro semanas.
Asentí.
Seis meses.
Ethan llevaba seis meses regresando a casa, besándome y acostándose a mi lado mientras esperaba un hijo con ella.
La puerta se abrió.
Ethan regresó con avena.
Diana cambió inmediatamente de expresión.
—Ethan, me siento un poco mareada.
Él dejó mi desayuno y fue hacia ella por reflejo.
Solo tardó dos segundos en darse cuenta.
Se detuvo.
Me miró.
—Vivian, ella está embarazada. Solo voy a llamar a una enfermera.
—No necesitas explicarme.
Aquello lo inquietó.
Esa tarde recibí un correo de mi padre.
Los documentos para Canadá estaban preparados.
Salida: 17 de octubre.
Veintinueve días.
Pero al día siguiente ocurrió algo inesperado.
Un investigador del seguro apareció en mi habitación.
—Señora Hayes, necesitamos hablar del accidente.
Ethan se puso rígido.
—Ya dimos declaración.
—Ha aparecido nueva información.
El hombre colocó varias fotografías sobre la mesa.
—Los frenos no fallaron por desgaste.
Miré a Ethan.
—¿Entonces?
—Alguien manipuló el sistema antes del accidente.
Diana dejó caer su vaso.
Todos nos volvimos hacia ella.
—¿Qué pasa? —preguntó Ethan.
—Nada.
Pero estaba pálida.
El investigador continuó:
—La cámara del estacionamiento registró a una persona acercándose al automóvil la noche anterior.
Sacó otra fotografía.
La imagen era borrosa.
Pero reconocí el abrigo.
Lo había visto colgado junto a la cama de Diana.
Ethan también.
—Diana…
Ella comenzó a negar.
—No fui yo.
—Ese es tu abrigo.
—Me lo prestó alguien.
Entonces Ethan dijo algo que me hizo mirarlo.
—¿Quién?
Diana empezó a llorar.
—Tu madre.
Silencio.
Ethan perdió el color.
Su madre me adoraba.
O eso había creído.
El investigador guardó las fotografías.
—Señora Hayes, además necesitamos aclarar otra cosa. El automóvil estaba asegurado por una cantidad extraordinariamente alta.
—¿Cuánto?
—Cinco millones de dólares.
Nunca había oído hablar de esa póliza.
—¿Quién es el beneficiario?
El investigador miró a Ethan.
—Su esposo.
Ethan se levantó de golpe.
—Yo tampoco sabía que existía.
Pero Diana soltó una risa nerviosa.
—Claro que lo sabías.
Ethan giró hacia ella.
—¿Qué acabas de decir?
Diana comprendió demasiado tarde su error.
Yo permanecí inmóvil.

Hasta ese momento había pensado que mi matrimonio terminaba por una infidelidad.
Ahora empezaba a preguntarme si el accidente del que Ethan me había salvado había sido realmente un accidente.
Y por qué un hombre arriesgaría su vida para rescatar a una esposa cuya muerte valía cinco millones de dólares.