No recuerdo haber dormido desde que vi su expediente.
Setenta y dos horas sentado junto a la cama de Lena, escuchando el ritmo regular del monitor y preguntándome cuántas veces, mientras yo me alejaba de ella en nuestro salón, ya había sentido miedo de morir.
La mañana del cuarto día, una enfermera entró con una bandeja y se detuvo al verme inclinado sobre su mano.
—¿Es usted familia?
Tragué saliva.
—Fui su esposo.
La palabra “fui” me destrozó más de lo que esperaba.
La enfermera miró a Lena, luego a mí.
—Entonces debería hablar con la doctora antes de que ella despierte.
La doctora Morales no tardó en llegar. Cerró la puerta con suavidad y dejó una carpeta sobre la mesa.
—Lena pidió que no lo contactáramos —dijo—. Pero ahora su estado ha cambiado.
Me explicó que el diagnóstico había llegado antes del divorcio. Que Lena había empezado las pruebas después del segundo aborto. Que había recibido una llamada del hospital la misma semana en que yo le dije que ya no podía seguir viviendo entre silencios.
—¿Por qué no me lo contó? —pregunté, casi sin voz.
La doctora bajó la mirada hacia sus notas.
—Según ella, usted ya cargaba demasiado dolor. No quería que se quedara por culpa.
Sentí que el aire desaparecía de la habitación.
Yo había pensado que Lena no luchaba por nuestro matrimonio. Que su calma al firmar significaba que ya no me amaba. Pero no era indiferencia. Era despedida.
Volví a su lado y, por primera vez desde que nos conocimos, lloré sin intentar esconderme.
—Perdóname —le susurré—. No sabía qué estabas enfrentando.
Sus dedos se movieron apenas bajo los míos.
Abrí los ojos de golpe.
—Lena…
Sus párpados temblaron. Tardó varios segundos en abrirlos, como si volver a mí pesara más que la enfermedad. Cuando por fin me miró, su sonrisa fue débil, pero reconocible.
—Sigues aquí —murmuró.
—No voy a irme.
Ella cerró los ojos otra vez.
—No prometas cosas que no puedes cumplir, Evan.
Ese era el golpe que merecía.
Me incliné hacia ella, con el pecho ardiendo.
—Esta mañana te dije que no quería perderte otra vez. Pero no era todo lo que iba a decirte.
Lena abrió los ojos despacio.
Entonces saqué del bolsillo el sobre que la doctora me había entregado. Estaba fechado tres meses antes de nuestro divorcio y llevaba mi nombre, escrito con la letra temblorosa de Lena.
Ella lo vio.
Su rostro perdió el poco color que le quedaba.
—No lo abras —susurró.
Pero ya era tarde.
Porque dentro había una sola frase que hizo que todo lo que creía saber sobre nuestros abortos, nuestro divorcio y Lena cambiara para siempre:
“Evan, si estás leyendo esto, significa que alguien por fin te contó la verdad sobre tu hermano.”