PARTE 2: LAS DOS PATRULLAS

El avión todavía estaba rodando cuando las dos patrullas encendieron sus luces.

Mis antiguos compañeros se quedaron inmóviles.

—¿Esperamos instrucciones? —preguntó Mason.

Negué con la cabeza.

—Primero quiero saber quién las envió.

La puerta del avión se abrió.

Dos agentes subieron por la escalerilla.

El primero llevaba uniforme del sheriff del condado de Richmond. El segundo permaneció detrás, con una mano cerca de su radio.

—¿Capitán Blake Dean?

—Sí.

El agente sacó una carpeta.

—Necesitamos que nos acompañe para responder algunas preguntas relacionadas con un incidente ocurrido esta noche.

Lo miré fijamente.

—¿Qué incidente?

—La propiedad Dean.

Mi mandíbula se tensó.

—Mi esposa está en St. Jude.

—Lo sabemos.

—Entonces también saben que yo no estaba allí.

El agente sonrió.

—Precisamente por eso necesitamos hablar con usted.

Mason dio un paso hacia adelante.

—¿Tiene una orden?

El agente dejó de sonreír.

—No estamos aquí para discutir.

Saqué mi teléfono.

—Entonces esperaremos a un investigador federal.

El segundo agente cambió de postura.

—Capitán, no complique las cosas.

—No las estoy complicando.

Le mostré la pantalla.

—Ustedes están estacionados aquí antes de que yo bajara del avión. Alguien sabía exactamente cuándo aterrizaría.

Nadie respondió.

Entonces mi teléfono vibró.

Mensaje de Emily.

NO VENGAS AL HOSPITAL.

Me quedé helado.

Llegó otro.

HAY ALGUIEN AQUÍ QUE DICE SER MÉDICO.

Levanté la mirada.

—Mason.

Él ya estaba mirando su propio teléfono.

—Lo tengo.

El tercer mensaje llegó inmediatamente.

NO CONFÍES EN NADIE CON UN UNIFORME DEL SHERIFF.

Sentí que todo encajaba.

Las patrullas no habían venido a detenerme.

Habían venido a mantenerme lejos del hospital.

—Bajen del avión —ordené.

Los agentes retrocedieron.

—¿Qué?

—Bajen.

El primero llevó la mano hacia su radio.

Mason se interpuso.

—No quieres hacer eso.

Durante unos segundos nadie se movió.

Entonces apareció un vehículo negro al final de la pista.

Un hombre salió del asiento trasero.

Traje oscuro.

Cabello gris.

Reconocí la fotografía que Emily me había enviado semanas atrás.

Richard Voss.

El padre de Cameron.

El hombre que supuestamente controlaba medio condado.

Caminó hacia nosotros acompañado por dos abogados.

—Capitán Dean —dijo—. Lamento profundamente lo ocurrido con su esposa.

No respondí.

—Mi hijo también está dispuesto a cooperar.

—Qué conveniente.

Su expresión cambió ligeramente.

—Quiero evitar que esta situación empeore.

—Ya empeoró.

Saqué la fotografía de Emily frente a la puerta del hospital.

—Alguien está vigilando a mi esposa.

Richard miró la pantalla.

Por primera vez, perdió la seguridad.

—Eso es imposible.

—Entonces demuéstrelo.

Antes de que pudiera responder, sonó un teléfono.

No era el mío.

Era el suyo.

Richard contestó.

Escuchó durante cinco segundos.

Su rostro se volvió blanco.

—¿Qué ocurrió?

Colgó.

Uno de sus abogados se acercó y susurró algo.

Richard lo miró.

—¿Está seguro?

El abogado asintió.

Entonces Richard levantó la vista hacia mí.

—La policía federal acaba de llegar al hospital.

Mason sonrió.

—Parece que alguien finalmente abrió los ojos.

Pero yo no sonreí.

—¿Y Cameron?

Richard guardó silencio.

Eso fue suficiente.

Tomé mi mochila.

—Vamos al hospital.

Richard intentó detenerme.

—Capitán, si va allí…

—No voy como soldado.

Lo miré directamente.

—Voy como esposo.

Catorce minutos después, llegamos al hospital.

Había vehículos federales en la entrada.

Agentes bloqueaban los accesos laterales.

Y frente a la habitación de Emily había dos investigadores.

Una mujer se acercó.

—¿Blake Dean?

—Sí.

—Soy la agente Harper.

Me mostró su identificación.

—Su esposa nos entregó algo antes de la cirugía.

Sacó una pequeña bolsa transparente.

Dentro había un teléfono.

—Lo escondió durante el ataque.

Sentí un nudo en el pecho.

—¿Qué contiene?

Harper me miró seriamente.

—Una grabación.

Presionó reproducir.

Primero escuché voces.

Después reconocí una.

Cameron.

—Mi padre arreglará esto.

Luego apareció otra voz.

El sheriff Nathan Cole.

—No habrá informe. No habrá investigación. Y nadie tocará a mi hijo.

La grabación terminó.

Mason respiró lentamente.

—Eso cambia todo.

Harper negó con la cabeza.

—No.

Sacó otro documento.

—Esto cambia todo.

Era una transferencia bancaria.

El dinero había salido de una empresa de Richard Voss.

El destinatario era una cuenta vinculada al sheriff.

Pero había una segunda transferencia.

Y esa cuenta pertenecía a alguien inesperado.

Mi antiguo superior.

El general Marcus Hale.

Miré a Harper.

—¿Hale?

—No sabemos todavía por qué recibió el dinero.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Porque si alguien había comprado la protección del sheriff, había financiado la vigilancia de mi esposa y ahora aparecía dinero relacionado con mi propio comandante…

Entonces aquella no era solamente una historia sobre Cameron Voss.

Alguien había estado preparando esto mucho antes de que Emily hiciera aquella llamada.

Y justo entonces, desde el interior de la habitación, escuché la voz débil de mi esposa:

—Blake…

Entré.

Emily me miró.

Sus ojos estaban llenos de miedo.

—Hay algo que todavía no te he contado.

Me acerqué a su cama.

—Dímelo.

Tragó saliva.

—Antes de que llegaran aquellos hombres, uno de ellos dijo mi nombre completo.

Hizo una pausa.

—Pero después dijo algo más.

—¿Qué?

Emily cerró los ojos.

—Dijo que tú ya habías recibido la primera advertencia… once años atrás.

Sentí un frío profundo.

Porque once años atrás fue precisamente el año en que desapareció mi última misión secreta.

Y yo jamás le había contado a Emily que aquella misión había terminado con un expediente clasificado que alguien llevaba años intentando recuperar.

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