PARTE 2: LA VERDAD DE VICTORIA

Gabriel se quedó inmóvil.

Miró a Victoria.

Después a Arturo.

Y finalmente me vio en la escalera.

—Sofía…

No respondí.

Victoria tampoco le permitió acercarse.

—Quédate donde estás.

Gabriel frunció el ceño.

—Mamá, esto no es asunto tuyo.

Victoria soltó una pequeña risa.

—¿No?

Caminó hasta el centro del estudio.

—Entonces dime por qué conozco el nombre de Olivia, su dirección, el colegio de su hijo y la habitación de hotel donde has pasado las últimas tres semanas.

El rostro de Gabriel perdió color.

Arturo se levantó lentamente.

—¿Tres semanas?

Gabriel tragó saliva.

—No es lo que parece.

—Esa frase siempre significa exactamente lo que parece —respondió Victoria.

Bajé el último escalón.

Mis piernas temblaban, pero esta vez no retrocedí.

—Quiero saber la verdad.

Gabriel me miró.

—Sofía, puedo explicarlo.

—Entonces explica.

Silencio.

—Olivia está pasando por un momento complicado.

—¿Y por eso la tomas de la mano en un centro comercial?

—No quería que estuviera sola.

—¿Y por eso pagaste su apartamento?

Gabriel abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Miré a Victoria.

Ella asintió.

—También encontré transferencias desde una cuenta conjunta.

Mi corazón se hundió.

—¿Cuánto?

Victoria miró a Arturo.

Él respondió:

—Ciento ochenta mil dólares en diez meses.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Gabriel se apresuró a intervenir.

—Ese dinero lo recuperaré.

—No estoy preguntando si lo recuperarás.

Mi voz salió más firme de lo que esperaba.

—Estoy preguntando por qué utilizaste dinero de nuestro matrimonio para mantener otra vida.

Gabriel bajó la cabeza.

Entonces escuchamos el sonido de un teléfono.

El suyo.

La pantalla se iluminó.

Olivia.

Victoria lo vio.

—Contesta.

Gabriel negó con la cabeza.

—Ahora no.

—Contesta.

—Mamá…

—Pon el altavoz.

Gabriel permaneció inmóvil.

Victoria tomó el teléfono de la mesa y respondió.

—¿Sí?

La voz de Olivia llegó desde el otro lado.

—Gabriel, ¿por qué no contestas? Dijiste que hoy traerías los documentos de la casa.

Victoria miró a su hijo.

—¿Qué documentos?

Silencio.

Olivia pareció darse cuenta de que no estaba hablando con Gabriel.

—¿Quién es?

—Su madre.

La llamada terminó inmediatamente.

Arturo cerró los ojos.

—Dios mío.

Yo sentí una extraña calma.

—¿Qué documentos?

Gabriel se pasó una mano por el rostro.

—Quería comprarle una casa.

—¿Con qué dinero?

No respondió.

Victoria sacó una carpeta de un cajón.

—Con esto.

La abrió.

Había contratos, transferencias y correos electrónicos.

—La casa que compraste hace cuatro meses fue pagada con fondos que salieron de la cuenta de inversión de Sofía.

Sentí que todo se volvía silencioso.

Gabriel me miró desesperadamente.

—Yo pensaba devolverlo.

—¿Cuándo?

No respondió.

—¿Después de vender mi casa?

Su expresión cambió.

Victoria cerró la carpeta.

—Exactamente.

Lo miré.

—¿Planeabas vender mi casa?

Gabriel bajó la mirada.

Aquella fue la respuesta.

No lloré.

No grité.

Solo sentí que cinco años de recuerdos se desprendían de mí uno por uno.

Victoria se acercó y me tomó de la mano.

—Sofía, hay algo más que necesitas saber.

La miré.

—Cuando vi a Gabriel con Olivia hoy, no fue la primera vez.

Me quedé helada.

—¿Qué?

—Lo seguí hace dos meses.

Arturo asintió.

—Yo también lo sabía.

Los miré a ambos.

—Entonces, ¿por qué no me lo dijeron?

Victoria respiró profundamente.

—Porque queríamos que descubrieras la verdad sin que él pudiera decir que todo era una mentira inventada por su familia.

Me entregó la carpeta.

—Y porque necesitábamos una prueba completa.

Abrí la primera página.

Había fotografías.

Fechas.

Transferencias.

Reservas de hotel.

Conversaciones impresas.

Todo organizado.

Todo fechado.

Gabriel dio un paso hacia mí.

—Sofía, por favor.

Levanté una mano.

—No.

Se detuvo.

—Ya no quiero explicaciones.

Victoria apretó suavemente mi mano.

—Entonces mañana iremos al abogado.

La miré.

—¿Para qué?

Su respuesta fue tranquila.

—Para recuperar todo lo que él creyó que podía quitarte.

Aquella noche no regresé con Gabriel.

Me quedé en casa de sus padres.

A las ocho de la mañana, Victoria y yo llegamos al despacho de un abogado.

Pero cuando entramos, había alguien esperándonos.

Un hombre de traje oscuro se levantó de su asiento.

Miró a Victoria.

Luego a mí.

—Señora Rivas, tenemos un problema.

—¿Qué problema?

El hombre colocó una carpeta sobre la mesa.

—Su esposo presentó ayer una solicitud para vender una propiedad que está registrada únicamente a su nombre.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué propiedad?

El abogado abrió la carpeta.

—La casa donde usted y Gabriel viven.

Victoria se quedó completamente quieta.

Entonces el abogado añadió:

—Pero hay algo todavía más extraño.

Me mostró el documento.

—La firma de autorización no es la suya.

Miré aquella firma falsa.

Y por primera vez entendí que la infidelidad de Gabriel quizá había sido solo una parte de su plan.

Alguien llevaba meses intentando quedarse con todo lo que era mío.

Y esa persona no era Olivia.

Era alguien mucho más cercano.

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