PARTE 2: LA REUNIÓN DEL CONSEJO

Adrian entró en la sala de juntas exactamente siete minutos tarde.

Todos estaban allí.

Los doce miembros del consejo.

Los abogados externos.

Los principales accionistas.

Y yo.

Sentada en la cabecera de la mesa.

Adrian se quedó inmóvil al verme.

—Claire…

No respondí.

Llevaba un vestido negro sencillo y el cabello recogido. Todavía tenía el rostro pálido después de pasar varios días en el hospital, pero ya no había lágrimas.

Adrian cerró la puerta lentamente.

—¿Por qué estás aquí?

Uno de los abogados deslizó una carpeta hacia él.

—Señor Vale, tome asiento.

Adrian no obedeció.

—Esta es mi empresa.

Levanté la mirada.

—No.

La palabra cayó sobre la mesa como una piedra.

—Esta es la empresa de mi padre. Tú solo administrabas el poder que yo te confié.

Adrian palideció.

—Claire, estás confundida. Acabas de perder a nuestro hijo. No estás en condiciones de tomar decisiones importantes.

El abogado levantó la vista.

—Su representación legal ha sido revocada esta mañana.

Adrian giró hacia él.

—¿Qué?

—El cincuenta y dos por ciento de las acciones con derecho a voto está bajo el fideicomiso familiar. La señora Vale es la administradora legítima.

Adrian me miró.

—No puedes hacerme esto.

Lo observé durante unos segundos.

—¿Hacerte qué?

—Quitarme todo.

Sentí algo frío dentro de mí.

—Tú te fuiste durante 144 horas mientras yo estaba embarazada de treinta y una semanas.

Nadie habló.

—No contestaste mis llamadas.

Mi voz permaneció tranquila.

—No respondiste cuando te dije que algo iba mal.

Adrian bajó los ojos.

—Claire…

—Y mientras yo estaba en un hospital despidiéndome de nuestro hijo, tú estabas en Napa con Celeste.

La puerta se abrió.

Noah entró con una carpeta adicional.

La dejó delante del consejo.

—Reservas del hotel. Facturas corporativas. Registros de llamadas. Fotografías de las cámaras del resort.

Adrian se quedó completamente quieto.

—Noah, ¿qué estás haciendo?

Noah lo miró.

—Lo que debí hacer hace seis días.

Adrian abrió la carpeta.

La primera fotografía mostraba a él entrando al resort junto a Celeste.

La segunda los mostraba cenando juntos.

La tercera los mostraba entrando en la misma suite.

Adrian cerró los ojos.

—Eso no prueba nada.

El abogado respondió:

—Quizá no pruebe una relación personal. Pero sí prueba que utilizó fondos corporativos para un viaje que declaró como una reunión de inversionistas.

Adrian apretó los puños.

Entonces yo coloqué otro documento sobre la mesa.

—Y esto sí prueba algo.

Adrian lo leyó.

Era una auditoría interna.

Durante los últimos tres años, varias transferencias habían salido de cuentas vinculadas al consejo y terminado en empresas relacionadas con Celeste.

Pequeñas cantidades.

Repetidas.

Disimuladas.

Pero suficientes para formar un patrón.

Adrian levantó la cabeza.

—Esto es una conspiración.

—No —respondí—. Es contabilidad.

El silencio fue absoluto.

El presidente independiente del consejo cerró la carpeta.

—Señor Vale, hasta que finalice la investigación, queda suspendido de sus funciones ejecutivas.

Adrian dio un paso hacia mí.

—Claire, por favor.

Lo miré.

Por primera vez no vi al hombre que había amado durante cinco años.

Solo vi a un desconocido que había regresado a casa esperando encontrarme esperándolo.

—No vuelvas a llamarme esposa —dije.

Adrian tragó saliva.

—Entonces, ¿qué soy para ti?

Me levanté lentamente.

—El hombre que tuvo todo y creyó que nunca tendría que responder por nada.

Salí de la sala.

Pero cuando llegué al pasillo, Noah corrió detrás de mí.

—Claire.

Me detuve.

—Encontré algo más.

Me entregó su teléfono.

En la pantalla había un correo enviado por Celeste la noche antes de que Adrian regresara.

Solo contenía una frase:

“Si Claire descubre quién soy realmente, los dos perderemos mucho más que la empresa.”

Levanté la vista.

—¿Quién es ella?

Noah negó con la cabeza.

—Eso es lo que todavía no sabemos.

Entonces llegó otro correo.

Esta vez, enviado desde una dirección desconocida.

El asunto tenía solo cuatro palabras:

“Pregúntale por tu padre.”

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

Porque mi padre llevaba ocho años muerto.

Y alguien acababa de demostrarme que conocía un secreto que yo jamás había descubierto.

Adrian había perdido la empresa.

Pero quizá Celeste nunca había sido el verdadero peligro.

Y ahora necesitaba descubrir por qué había entrado en mi vida mucho antes de conocer a mi marido.

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