Robert giró el documento hacia mí.
—Lee esta cláusula.
Me incliné sobre el escritorio.
Al principio no entendí.
Después vi el nombre de Chloe.
—¿Qué significa?
Robert señaló una sección al final del contrato.
—Damian hizo que Chloe firmara esto ocho meses antes de la boda.
Chloe palideció.
—Yo no recuerdo esto.
—Porque te presentó el documento como un acuerdo para ayudarte temporalmente con las operaciones del restaurante —explicó Robert—. Pero aquí dice algo muy diferente.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—¿Qué?
Robert respiró profundamente.
—Según este contrato, todo trabajo que Chloe realizara para The Hearth podía considerarse una contribución voluntaria a la empresa. Sin salario. Sin participación. Sin derecho a reclamar beneficios.
Miré a mi hija.
—¿Ocho meses?
Robert asintió.
—Ocho meses de trabajo no remunerado.
Chloe bajó la cabeza.
—Yo pensé que estaba ayudándolo.
—Eso es exactamente lo que él quería que pensaras.
Robert pasó varias páginas.
Entonces se detuvo.
—Pero esto es mucho más grave.
Había una segunda cláusula.
Damian había incluido una condición relacionada con el divorcio.
Si Chloe abandonaba el restaurante antes de completar un período determinado, perdería cualquier derecho sobre bienes adquiridos durante el matrimonio y tendría que asumir determinadas deudas vinculadas al negocio.
Chloe empezó a llorar.
—Nunca me explicó eso.
—Porque probablemente no quería que lo entendieras —dijo Robert.
Me levanté de golpe.
—Entonces vamos a demandarlo.
Robert no respondió inmediatamente.
En lugar de eso, tomó otra carpeta.
—Todavía no.
—¿Por qué?
Abrió una computadora portátil y mostró una serie de transferencias bancarias.
—Porque encontré algo mientras verificaba los documentos.
Mi respiración se detuvo.
Varias cantidades habían salido de las cuentas del restaurante durante los últimos meses.
No iban a proveedores.
No iban a empleados.
Iban a una empresa llamada Prescott Hospitality Consulting.
La empresa pertenecía a Damian.
—Está sacando dinero del restaurante —dije.
Robert negó con la cabeza.
—Eso sería lo menos preocupante.
Abrió otro archivo.
Había pagos mensuales enviados desde The Hearth a varias cuentas.
Una de ellas pertenecía a una persona cuyo nombre conocía.
Damian.
Otra pertenecía a una mujer llamada Vanessa Reed.
Chloe levantó la cabeza.
—¿Quién es ella?
Robert me miró.
—La contadora del restaurante.
—¿Y qué tiene que ver?
Robert amplió una hoja de cálculo.
—Vanessa ha estado transfiriendo dinero fuera de la empresa durante casi un año.
Chloe se quedó inmóvil.
—¿Damian lo sabe?
Robert no contestó.
No necesitaba hacerlo.
Entonces Chloe recordó algo.
—Mamá…
—¿Qué?
—Hace meses Damian me hizo firmar unos documentos porque decía que estaba reorganizando las cuentas.
Robert se inclinó hacia ella.
—¿Recuerdas dónde los firmaste?
Chloe cerró los ojos.
—En su oficina.
—¿Estaba alguien más?
—Vanessa.
Robert se levantó.
—Entonces necesitamos esos documentos.
Pero antes de que pudiera terminar la frase, mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté.
No habló nadie.
Solo escuché respiración.
—¿Quién es?
Una voz femenina respondió:
—Señora Miller, soy Vanessa.
Miré a Robert.
—¿La contadora?
—Sí.
Su voz temblaba.
—Necesito verla.
—¿Por qué?
Silencio.
Luego dijo algo que hizo que Chloe levantara la cabeza.
—Porque Damian no solo estaba preparando el restaurante para protegerse de Chloe.
—¿Entonces qué estaba preparando?
Vanessa respiró profundamente.
—Estaba preparando todo para hacerla parecer culpable de un delito financiero.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Tiene pruebas?
—Sí.
—¿Dónde está?
—En mi casa.
—¿Por qué me lo cuenta ahora?
La respuesta llegó casi en un susurro.
—Porque descubrí que él también planea hacerme responsable.
Robert tomó el teléfono de mi mano.
—Vanessa, escúcheme. No vuelva al restaurante. No hable con Damian. Quédese donde está.
—¿Por qué?
Robert miró los documentos sobre la mesa.
—Porque si lo que dice es cierto, acaba de convertirse en la persona más importante de esta investigación.
Colgó.
Chloe estaba llorando en silencio.
Me acerqué y le tomé la mano.
—Ya no estás sola.
Ella apretó mis dedos.
—Mamá, tengo miedo.
—Yo también.
Robert cerró la carpeta.
—Pero ahora tenemos algo que Damian no esperaba.
—¿Qué?
Me miró fijamente.
—Una testigo que estuvo dentro de su oficina durante todo este tiempo.
Entonces su teléfono comenzó a sonar.
Robert contestó.
Escuchó durante unos segundos.
Su rostro cambió.
—¿Qué pasó?
No dijo nada.
Solo miró a Chloe.
Luego a mí.
—Vanessa acaba de encontrar una caja escondida en la oficina de Damian.
—¿Qué hay dentro?
Robert tragó saliva.

—Los originales de todos los contratos.
Hizo una pausa.
—Incluido uno firmado por Chloe que Damian jamás le mostró.