Daniel tardó varios segundos en responder.
—¿Qué significa eso?
Me quité el anillo mientras miraba la lluvia caer sobre los edificios.
—Significa exactamente lo que escuchaste.
—Sofía, deja de hacer drama.
Ahí estaba otra vez.
La misma frase.
La misma certeza de que yo siempre terminaría cediendo.
—Tus cosas están en cajas —dije.
Silencio.
—¿Qué?
—En el dormitorio de invitados.
Su voz cambió.
—¿Quién te dio permiso para tocar mis cosas?
Sonreí.
—¿Quién te dio permiso para abandonarme en un aeropuerto?
Colgó.
Veinte minutos después empezó a llamar sin parar.
No respondí.
Cuando llegué al apartamento, Daniel estaba esperando junto a las cajas.
La cena seguía intacta sobre la mesa.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Dejé el bolso.
—Ordenando.
—Me fui unos días porque estaba enfadado.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué estás actuando como si hubiera abandonado el matrimonio?
Lo miré.
—Porque eso hiciste.
Daniel soltó una risa incrédula.
—Te dejé en un aeropuerto. Había taxis.
Por fin entendí algo.
Para él, el problema siempre sería el transporte.
Nunca lo que significaba dejarme allí.
Saqué una carpeta.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué es eso?
—Información sobre separación y división de bienes.
—¿Quieres divorciarte por una pelea?
—No.
Abrí la carpeta.
—Quiero divorciarme porque durante ocho días no supiste dónde estaba tu esposa y no te importó averiguarlo.
Daniel apretó la mandíbula.
—Necesitaba espacio.
—Y lo tendrás.
—Muchísimo.
Se acercó.
—Sofía, no seas absurda. Todos los matrimonios discuten.
—Sí.
—Pero no todos convierten el abandono en castigo.
Eso lo silenció.
A la mañana siguiente solicité oficialmente el traslado internacional que había mencionado en el trabajo.
Me lo aprobaron tres semanas después.
Daniel no se lo tomó en serio hasta que vio las maletas.
—¿Te vas del país?
—Sí.
—¿Por cuánto tiempo?
—No lo sé.
Su expresión cambió por completo.
—¿Y yo?
Aquella pregunta casi me hizo reír.
—Hace ocho días tú no sabías ni dónde estaba.
—Ahora preguntas qué será de ti.
Daniel bajó la voz.
—Cometí un error.
—Sí.
—Puedo compensarlo.
Negué.
—El problema no fue una noche.
—Fue descubrir lo fácil que era para ti borrarme cuando estabas enfadado.
El día que salí hacia el aeropuerto, Daniel insistió en acompañarme.
No se lo permití.
Pedí un taxi.
Cuando bajé con la maleta, él estaba en la puerta.
—Sofía.
Me giré.
—¿Sí?
—¿Vas a volver?
La pregunta quedó suspendida entre nosotros.
Recordé aquella noche.

Yo frente a la terminal.
Él alejándose sin mirar atrás.
Entonces respondí:
—No esperes ocho días para darte cuenta.
Subí al taxi.
Esta vez fui yo quien vio una figura hacerse pequeña por la ventanilla.
Pero no sentí abandono.
Sentí alivio.
Meses después, el divorcio quedó formalizado.
Empecé una nueva vida en otra ciudad.
Otro trabajo.
Otro apartamento.
Otros hábitos.
Una tarde recibí un mensaje de Daniel:
“Ahora entiendo por qué a