El video terminaba justo cuando Dahlia cerraba la cortina.
Pero había algo más.
Paige había grabado el audio.
Y cuando el coronel Cole lo reprodujo, escuchamos una voz que ninguno de nosotros esperaba.
—¡Cierren la puerta! ¡Que nadie vea lo que están haciendo!
Dahlia.
Mi exesposa.
La madre de Anna.
Sentí que se me helaba la sangre.
Durante días había pensado que simplemente había observado sin intervenir.
No.
Había dado órdenes.
Cole pausó el video.
—Ronald, esto cambia todo.
—¿Por qué?
Señaló la esquina de la grabación.
—Mira el reflejo del cristal.
Ampliamos la imagen.
Detrás de Paige aparecía una segunda persona.
Alguien que había estado grabando desde el interior de la casa.
Alguien que conocía perfectamente lo ocurrido.
—¿Quién es? —pregunté.
Paige respondió al mensaje unos minutos después.
“Es mi hermano mayor.”
Luego llegó otro mensaje.
“Y dice que tiene algo que puede demostrar quién ordenó todo.”
Mi teléfono vibró inmediatamente.
Era un número desconocido.
Contesté.
Una voz masculina habló en un susurro:
—Sargento Sutton, no confíe en nadie de la familia Higgins.
—¿Quién eres?
Silencio.
—El hombre que estaba en la casa esa noche.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué viste?
La respuesta llegó después de unos segundos.
—Vi quién le dio la llave de tuercas a Luke.
—¿Quién?
La línea quedó en silencio.
Entonces escuché:
—No fueron los hermanos.
La llamada terminó.
Miré a Cole.
Él ya estaba tomando su chaqueta.
—Tenemos que encontrarlo antes que ellos.

Porque si ese hombre decía la verdad, Anna no había sido atacada por una simple explosión de violencia familiar.
Alguien había preparado aquella noche.
Y acabábamos de descubrir que el verdadero responsable seguía dentro de Blackwood Ridge.