Esperé dos días antes de regresar a la oficina.
No porque quisiera volver.
Sino porque necesitaba recoger mis cosas.
A las nueve de la mañana entré al edificio con una caja de cartón bajo el brazo. Algunos compañeros bajaron la mirada al verme.
Nadie preguntó cómo estaba.
Subí hasta mi antiguo despacho y empecé a guardar fotografías, documentos y pequeños recuerdos que había acumulado durante tres años.
Entonces escuché pasos detrás de mí.
Era Nick.
—Sebastián.
No respondí.
—Sobre lo que pasó…
Me giré.
—No necesitas explicarlo.
—En realidad, sí.
Sacó un sobre.
—La empresa recibió una llamada esta mañana.
—¿De quién?
Nick tragó saliva.
—De la mujer a la que ayudaste.
Me quedé inmóvil.
—¿Está viva?
—Sí.
—¿Cómo sabe quién soy?
Nick dejó el sobre sobre mi escritorio.
—Porque preguntó específicamente por ti.
Lo abrí.
Dentro había una tarjeta negra con un nombre grabado en letras plateadas:
Victoria Harrington.
El apellido me resultaba familiar.
Demasiado familiar.
Nick bajó la voz.
—Es la presidenta de Harrington Holdings.
Sentí un escalofrío.
Aquella empresa había adquirido recientemente varias agencias de publicidad en Nueva York.
Y estaba a punto de comprar una participación mayoritaria de la nuestra.
—¿Ella era la cliente de aquella presentación?
Nick asintió.
—No exactamente.
—¿Entonces?
Antes de que pudiera responder, una mujer con traje oscuro apareció en la puerta.
—Señor Sebastián.
Me entregó una segunda tarjeta.
—La señora Harrington quiere verlo.
—¿Aquí?
—No. En el hospital.
Dos horas después llegué al centro médico.
Victoria estaba sentada junto a una ventana, todavía pálida, pero completamente consciente.
Cuando me vio entrar, sonrió.
—Sabía que vendrías.
—¿Cómo sabía mi nombre?
Ella señaló la silla frente a ella.
Me senté.
—Porque mientras estaba en el suelo —dijo— escuché cómo llamabas a emergencias. También escuché tu nombre cuando intentaste identificarte ante los paramédicos.
Bajé la mirada.
—Solo hice lo que cualquiera habría hecho.
Victoria negó lentamente con la cabeza.
—No.
Me miró fijamente.
—No cualquiera habría detenido el coche.
Hubo un silencio.
Entonces colocó una carpeta sobre la mesa.
—Quiero contratarte.
La miré sorprendido.
—Ya no trabajo en publicidad.
—Lo sé.
—Me despidieron por llegar tarde a una presentación.
Victoria sonrió.
—Precisamente por eso.
Abrió la carpeta.
Dentro había documentos, cifras y un contrato.
—Harrington Holdings estaba evaluando comprar la agencia donde trabajabas. Después de lo que ocurrió, cancelé la adquisición.
Parpadeé.
—¿Por qué?
—Porque una empresa que despide a su mejor empleado por salvar una vida no merece recibir mi dinero.
Me quedé sin palabras.
Victoria deslizó el contrato hacia mí.
—Quiero que dirijas nuestra nueva división de estrategia.
Miré la cifra de salario.
Era casi cuatro veces lo que ganaba antes.
Pero había algo más.
Un documento adjunto.
—¿Qué es esto?
Victoria apoyó las manos sobre la mesa.
—Una oferta para comprar la agencia.
La miré.
—¿Para qué?
—Para despedir a Nick.
No pude evitar una pequeña sonrisa.
—Eso sería bastante personal.
—No.
Victoria negó con la cabeza.
—Es empresarial.
Luego tomó otro documento.
—Encontramos algo durante la auditoría.
Lo abrió frente a mí.
Había correos electrónicos internos.
Transferencias.
Contratos sospechosos.
Y varios pagos realizados desde cuentas de la agencia a empresas vinculadas personalmente con Nick.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Cuánto?
Victoria me miró.
—Más de cuatro millones de dólares.
Sentí que el aire abandonaba la habitación.
—¿Nick estaba robando?
—Durante años.
Se recostó en la silla.
—Y la presentación que supuestamente perdiste por ayudarme no era la razón por la que te despidió.
—¿Entonces qué era?
Victoria cerró la carpeta.
—Había descubierto que estabas revisando unas cuentas que podían llevar directamente hasta él.
Me quedé completamente quieto.
Entonces comprendí.
Mi despido no había sido por llegar tarde.
Había sido para silenciarme.
Victoria tomó su teléfono.
—Y hay algo más.
—¿Qué?
Su expresión cambió.
—Nick acaba de descubrir que estás aquí conmigo.
En ese instante, mi teléfono comenzó a vibrar.
Número desconocido.
Contesté.
Nadie habló durante tres segundos.
Después escuché la voz de Nick.
—Sebastián… ¿qué te dijo esa mujer?
Miré a Victoria.
Ella ya estaba sonriendo.
Porque sabía algo que yo todavía no.

Nick acababa de cometer el segundo error más grande de su vida.
El primero había sido despedirme.
El segundo acababa de ser llamarme.