El abogado terminó de leer la escritura y levantó lentamente la mirada.
—¿Tus padres firmaron esto voluntariamente?
—Sí.
—¿Y está debidamente registrada?
—Sí.
Volvió a revisar la última página.
—Entonces hay algo que debes entender. El departamento ya no les pertenece.
Respiré profundamente.
—¿Puedo recuperar la propiedad?
—Puedes exigir que desocupen el inmueble si no existe ningún contrato que les otorgue derecho de permanencia.
Miré la fotografía de Sofía que llevaba en el teléfono.
—No quiero echarlos hoy.
El abogado arqueó una ceja.
—¿Entonces qué quieres hacer?
—Quiero que sepan que no dependo de ellos.
Le mostré otro documento.
—Y quiero cancelar esto.
Era el comprobante de las transferencias mensuales que había enviado a mi hermana durante casi cuatro años.
El abogado revisó las cifras.
—¿Todo esto salió de tu cuenta?
—Cada peso.
—Entonces deja de hacerlo.
Sonreí.
—Ya lo hice.
A las diez de la mañana, Karla intentó pagar su hipoteca.
Tarjeta rechazada.
A las diez y quince, llamó a mi teléfono.
No contesté.
A las diez y treinta, mi madre descubrió que el pago automático de los servicios también había sido cancelado.
Entonces comenzaron los mensajes.
“¿Qué hiciste?”
“Tu hermana tiene una deuda.”
“Tu padre necesita sus medicamentos.”
“No seas vengativa.”
Leí cada uno.
Después respondí solamente:
“No soy vengativa. Estoy dejando de mantenerlos.”
Mi padre llamó inmediatamente.
—Hija, tu madre está muy alterada.
—Lo sé.
—¿Por qué cancelaste todo?
—Porque ayer me dijiste que buscara dónde vivir.
Silencio.
—No quisimos decir eso.
—Mamá sí.
—Fue un momento de enojo.
—También lo fue para mí.
Mi padre respiró profundamente.
—Vuelve a casa.
Miré a Sofía, que estaba dibujando sobre una hoja.
—Ya tengo casa.
—¿Dónde?
—En la que ustedes me dieron legalmente hace cinco años.
Silencio absoluto.
—¿Qué… qué estás diciendo?
—La escritura está a mi nombre.
Escuché cómo mi padre dejaba escapar el aire.
—Eso no puede ser.
—Sí puede.
Colgué.
Dos horas después, recibí una llamada del abogado.
—Tenemos un problema.
Me incorporé.
—¿Qué pasó?
—Tu padre acaba de venir a mi oficina.
—¿Para qué?
—Dice que la escritura fue firmada bajo condiciones que podrían invalidarla.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Es cierto?
—No lo sé.
—¿Qué más dijo?
El abogado guardó silencio unos segundos.
—Dijo que tu madre tiene una copia de un documento que podría cambiar completamente la situación.
Miré a Sofía.
—¿Qué documento?
—Un acuerdo privado firmado el mismo día que te transfirieron el departamento.
Me quedé inmóvil.
—¿Y qué dice?
—No lo sé. Tu padre se negó a enseñármelo.
Entonces escuché una notificación.
Un mensaje de mi madre.
“Ahora entiendo por qué nunca discutiste cuando te echamos.”
Después llegó otro.
“Pero hay algo que olvidaste, hija.”
Y finalmente una fotografía.
Era una copia del documento privado que supuestamente podía destruir mi derecho sobre la casa.
Lo abrí.
Leí la primera línea.
Y sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Porque no solo hablaba del departamento.
También mencionaba una cuenta bancaria que yo jamás había sabido que mis padres tenían a mi nombre.