A las ocho de la mañana, Gabriel salió del cuarto de invitados con Camila apoyada en su brazo.
Yo ya estaba vestida.
No llevaba el vestido que había preparado para el registro civil.
Llevaba jeans, una camisa blanca y una maleta pequeña.
Gabriel frunció el ceño.
—¿A dónde vas?
—A cancelar algo.
—¿Qué?
Lo miré.
—Nuestra boda.
Su expresión cambió.
—¿Qué acabas de decir?
—Cancelé la cita anoche.
Camila abrió los ojos.
—Sofía, no hagas esto por una tontería.
La miré.
—No fue por el nombre.
Gabriel se quedó quieto.
—Entonces, ¿por qué?
—Por todo lo que ese nombre me confirmó.
Él soltó una risa incrédula.
—¿Cinco años y vas a destruir nuestra relación por un contacto?
—No.
Tomé mi bolso.
—Cinco años y entendí que nunca tuve una relación que salvar.
Gabriel se acercó.
—Sofía, estás exagerando.
—¿Como cuando te llamé porque un hombre me estaba siguiendo?
Se quedó callado.
—¿Como cuando necesitaba que vinieras y me dijiste que llamara a la policía?
Nada.
—¿O como cuando anoche cruzaste la ciudad por Camila mientras yo estaba aquí, con una quemadura en la mano, preparando la cena que nunca tocaste?
Camila bajó la mirada.
Gabriel apretó la mandíbula.
—Ella me necesitaba.
—Yo también.
Silencio.
Entonces apareció algo inesperado en su rostro.
Miedo.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿A dónde?
Sonreí ligeramente.
—A un lugar donde mi nombre no sea una molestia.
Tomé la maleta y caminé hacia la puerta.
Gabriel me siguió.
—Sofía, espera.
Me detuve.
—¿Qué?
Por primera vez en años, parecía no saber qué decir.
—Podemos arreglarlo.
Negué con la cabeza.
—No quiero arreglarlo.
Abrí la puerta.
—Quiero empezar de nuevo.
Salí.
Tres días después, estaba en la estación con mi maleta cuando recibí un mensaje de Gabriel.
“Camila ya está bien. Puedes volver.”
Lo leí.
Luego lo eliminé.
Pero justo cuando subía al tren, llegó otro mensaje.
Esta vez no era de Gabriel.
Era de un número desconocido.
“Soy la madre de Camila. Necesito hablar contigo antes de que te vayas.”
Me quedé inmóvil.
El mensaje siguiente llegó inmediatamente.
“Hay algo que Gabriel nunca te contó sobre mi hija.”
Miré las puertas del tren.
Después la pantalla.

Y entonces apareció la última frase:
“Ella no es quien Gabriel dice que es.”