PARTE 2: EL SECRETO QUE EDUARDO GUARDÓ DURANTE DÉCADAS

—¿Qué le prometiste a mi madre?

Eduardo permaneció inmóvil.

Después abrió lentamente uno de los cajones del escritorio.

Sacó un sobre amarillento.

Mi nombre estaba escrito en él.

—Tu madre me pidió que te entregara esto cuando llegara el momento.

Sentí un escalofrío.

—¿Mi madre sabía que me encontrarías?

—Esperaba que sí.

Abrí el sobre.

Dentro había una carta y una fotografía de mi madre cuando era joven.

Empecé a leer.

“Lucía, si Eduardo alguna vez consigue encontrarte, escucha primero lo que tenga que decirte.”

Levanté inmediatamente la mirada.

—¿Por qué desapareció?

Eduardo se sentó.

Parecía haber envejecido diez años en segundos.

—Porque tu madre era mi hija.

La carta casi cayó de mis manos.

—¿Qué?

—Yo tenía veintiséis años cuando nació. Su madre y yo nunca pudimos casarnos. Su familia se llevó a la niña y durante años me impidieron verla.

Señaló la fotografía.

—La busqué durante décadas.

—¿Y la encontraste?

Eduardo bajó la mirada.

—Demasiado tarde.

Mi pecho se cerró.

Entonces comprendí.

—Por eso me buscaste a mí.

Asintió.

—Cuando descubrí que tenía una nieta y una bisnieta, juré que no volvería a perder a mi familia.

Las lágrimas me llenaron los ojos.

Pero todavía había algo que no encajaba.

—Entonces ¿por qué casarte conmigo? Podrías haberme contado la verdad.

Eduardo tardó demasiado en responder.

—Porque había otra persona buscándote.

La habitación pareció enfriarse.

—¿Quién?

Antes de que pudiera contestar, escuchamos pasos en el pasillo.

Valeria.

—Mamá.

Salí del despacho.

Mi hija estaba frente a nosotros con varios billetes apretados en la mano.

—¿Qué haces con ese dinero?

Valeria miró nerviosamente a Eduardo.

Y entonces recordé todas las veces que lo había visto entregándole dinero a escondidas.

—Rápido —le había escuchado decir aquella misma semana—, antes de que baje tu madre.

Había imaginado demasiadas cosas.

Ahora exigí la verdad.

—¿Para qué te está dando dinero?

Valeria bajó la cabeza.

—No es para mí.

—Entonces ¿para quién?

Mi hija abrió una pequeña caja escondida detrás de un sillón.

Dentro había sobres, monedas y una libreta.

En la primera página decía:

“CASA PARA MAMÁ.”

Me quedé sin palabras.

Valeria me abrazó.

—Quería devolverte todo lo que gastaste cuando yo estaba enferma.

Miré a Eduardo.

Él sonrió con tristeza.

—Le expliqué que una niña de diez años no tiene que pagarle nada a su madre.

—Entonces ¿por qué le dabas dinero?

—Porque ella insistió en ahorrar para comprarte algo algún día. Yo solo igualaba cada euro que conseguía guardar.

Me cubrí la boca.

Todo aquello que había sospechado…

era simplemente mi hija intentando cuidarme.

Pero Eduardo dejó de sonreír.

—Hay algo más.

Sacó otro documento del despacho.

—Esta es la verdadera razón por la que necesitaba encontrarte antes que ellos.

—¿Ellos?

Me entregó una copia de un testamento.

En él aparecía el nombre de mi madre.

Después el mío.

Y finalmente el de Valeria.

—Tu madre heredó algo que nunca pudo reclamar —dijo Eduardo—. Y ahora legalmente pasa a ti.

Miré la cifra escrita al final.

Tuve que leerla dos veces.

—Esto no puede ser verdad.

—Lo es.

Entonces sonó el timbre de la finca.

Eduardo miró por la ventana y su rostro cambió.

Un automóvil negro esperaba frente a la entrada.

Dos hombres bajaron.

Y detrás de ellos apareció una mujer mayor.

Eduardo susurró:

—Llegaron antes de lo que esperaba.

—¿Quiénes son?

Se volvió hacia mí.

—La familia que separó a tu madre de mí.

Luego miró a Valeria.

—Y creen que esa herencia les pertenece.

Fue entonces cuando entendí que Eduardo no me había llevado a aquella mansión para convertir mi vida en un cuento de hadas.

Me había llevado allí para protegernos antes de que una guerra familiar que comenzó décadas atrás llegara finalmente hasta nuestra puerta.

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