PARTE 2: EL HOMBRE QUE ELLA DESECHÓ

Tardé tanto en responder que Daniel soltó una pequeña risa.

—Puedes decir que no.

—No es eso.

—¿Entonces?

Miré el valle debajo de nosotros.

—No quiero ser el reemplazo de mi hermana.

Su expresión cambió.

—Elena, si quisiera seguir intentando algo con Clara, no estaría preguntándote esto.

—Pero las primeras citas eran para ella.

—La primera.

Daniel levantó un dedo.

—Después del cine supe perfectamente quién estaba sentándose frente a mí.

Sentí calor en las mejillas.

—¿Y el segundo colgante?

Daniel sonrió.

—Una prueba.

Lo miré confundida.

—Clara pasó toda nuestra primera cita hablando de cuánto ganaba, cuánto costaban sus zapatos y qué clase de hombre consideraba digno de ella. Quería saber qué haría si recibía algo que parecía caro después de rechazarme por pobre.

—Nunca se lo di.

—Lo imaginé.

—¿Cómo?

—Porque tres días después me escribió preguntando si todavía tenía las entradas para un concierto que mencioné durante nuestra primera cita.

Me quedé inmóvil.

Clara me había dicho que Daniel seguía persiguiéndola.

Era mentira.

Había sido ella quien volvió a buscarlo.

—¿Qué le respondiste?

—Que ya estaba conociendo a otra persona.

Daniel me miró.

—A ti.

Aquella tarde no nos convertimos mágicamente en pareja.

Le dije que necesitaba tiempo.

Daniel aceptó.

Y eso, extrañamente, fue una de las primeras razones por las que empecé a confiar en él.

No insistió.

No intentó comprar mi respuesta.

Simplemente siguió invitándome a caminar, tomar café y visitar lugares que yo llevaba toda la vida teniendo cerca pero nunca había conocido.

Tres semanas después, Clara regresó de Chicago.

La acompañaban mis padres cuando entró furiosa en mi habitación.

Yo estaba arreglándome para cenar con Daniel.

Vio el colgante alrededor de mi cuello.

—¿Ese te lo dio él?

—Sí.

—¿Cuánto costó?

—Eso no importa.

—Claro que importa.

Sacó su teléfono.

—¿Sabes quién es Daniel Lawson?

La miré a través del espejo.

—Sí.

Clara dejó caer el teléfono sobre mi cama.

En la pantalla había un artículo sobre Lawson Development.

La familia de Daniel poseía terrenos agrícolas, locales comerciales, viviendas y una empresa constructora que había participado durante décadas en el desarrollo de aquella región.

No era literalmente dueño de medio pueblo.

Pero la exageración local no estaba demasiado lejos de la realidad.

Mi madre apareció detrás de Clara.

—Elena, ¿tú sabías esto?

—Sabía que su familia tenía propiedades.

Mi padre tomó el teléfono.

—Aquí dice que Daniel dirige la empresa desde hace cuatro años.

Clara estaba roja.

—¡Me dijo que ganaba menos que yo!

No pude evitar sonreír.

—¿Te dijo eso?

—Me dijo su salario.

La voz de Daniel llegó desde la puerta.

Todos nos giramos.

Había venido a buscarme.

Daniel llevaba jeans, una camisa sencilla y las mismas botas gastadas de nuestra caminata.

—Mi salario como director es bastante normal —dijo—. La propiedad familiar es otra cosa.

Clara lo miró como si acabara de transformarse delante de ella.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Nunca preguntaste quién era.

Daniel se encogió ligeramente de hombros.

—Preguntaste cuánto ganaba.

Mi madre intervino inmediatamente.

—Bueno, hubo un malentendido. Clara es muy directa.

Yo conocía aquella voz.

Era la voz que utilizaba cuando quería borrar algo incómodo sin pedir perdón.

—Daniel —continuó—, quizá podríais empezar de nuevo.

El silencio fue extraordinario.

Clara bajó la mirada con una sonrisa que yo había visto cientos de veces.

La sonrisa que aparecía justo antes de recibir algo que quería.

—Yo tampoco fui justa contigo —dijo—. Podríamos cenar alguna vez y aclararlo.

Daniel la observó unos segundos.

—No.

Clara levantó la cabeza.

—¿Perdón?

—Estoy aquí para recoger a Elena.

Mi madre me miró.

—Elena entenderá.

Ahí estaba otra vez.

Elena entenderá.

Elena cederá.

Elena esperará.

Elena recogerá lo que Clara deje.

Solo que aquella vez Clara quería recuperar lo que había tirado.

Me puse de pie.

—No.

Mi madre parpadeó.

—¿Qué?

—No voy a entender.

Clara soltó una carcajada incrédula.

—¿De verdad vas a competir conmigo por un hombre?

—No estoy compitiendo.

Tomé mi bolso.

—Tú lo rechazaste. Después me enviaste en tu lugar dos veces. Daniel y yo empezamos a conocernos. Eso es todo.

—¡Porque no sabía quién era!

Daniel respondió antes que yo.

—Exactamente.

Clara se quedó muda.

Durante la cena le conté a Daniel algo que nunca había contado fuera de casa.

Lo del boleto de autobús.

Las clases que nunca tuve.

El plan de mis padres para que yo permaneciera allí cuidándolos mientras Clara construía su vida.

Daniel no me dijo que escapara con él.

No prometió salvarme.

Solo preguntó:

—¿Qué querías hacer cuando compraste aquel boleto?

—Estudiar administración hotelera.

—¿Todavía quieres?

La pregunta me hizo llorar.

Porque durante años nadie había preguntado qué quería yo.

Seis meses después me matriculé en un programa en otra ciudad.

Lo pagué trabajando.

Daniel me ayudó a encontrar información, pero rechacé que pagara mis estudios.

Seguimos juntos.

Despacio.

Sin convertir su dinero en el centro de nuestra relación.

Clara intentó acercarse varias veces.

Primero con disculpas.

Después con mensajes a Daniel.

Finalmente dejó de hacerlo cuando comprendió que no existía ninguna competición que pudiera ganar.

Daniel no la había rechazado porque yo fuera más bonita, más obediente o más adecuada.

La rechazó porque había visto cómo trataba a alguien cuando creía que esa persona no tenía nada que ofrecerle.

Mis padres tardaron mucho más en aceptar mi decisión de marcharme.

—¿Y nosotros? —preguntó mi madre cuando empaqué.

Por primera vez aquella pregunta no me produjo culpa.

—Los quiero.

Cerré la maleta.

—Pero no nací para ser vuestro plan de jubilación.

Dos años después, Daniel y yo seguíamos juntos.

Yo ya trabajaba en administración de un pequeño hotel.

Una tarde regresamos al pueblo para una celebración familiar.

Clara también estaba allí.

Observó a Daniel estacionar su vieja camioneta y soltó una sonrisa amarga.

—Con todo su dinero, todavía conduce eso.

Daniel no respondió.

Yo sí.

—Por eso nunca lo entendiste.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

Miré al hombre al que una vez había llamado miserable.

—Tú siempre estabas mirando cuánto valían sus cosas.

Tomé la mano de Daniel.

—Nunca miraste cuánto valía él.

Durante toda mi infancia me habían enseñado que Clara debía escoger primero.

La mejor habitación.

Las mejores oportunidades.

La vida más grande.

Y que yo debía sentirme agradecida con lo que quedara.

Al final, ella también eligió primero a Daniel.

Lo miró.

Calculó su salario.

Y lo tiró.

Yo no recogí sus sobras.

Simplemente fui la primera persona de mi familia que se tomó el tiempo de descubrir que Daniel Lawson nunca había sido pobre.

Y tampoco yo había sido nunca la hija de menor valor.

Solo había crecido en una casa que llevaba demasiados años calculándonos mal.

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