PARTE 2: YA NO ERA SU PROBLEMA

Lucas acompañó a Rachel hasta la enfermería.

Ni siquiera volvió la cabeza.

Yo regresé a la fila.

Aquella tarde, cuando terminó el entrenamiento, tenía diecisiete mensajes suyos.

No abrí ninguno.

Fui directamente a la oficina de asuntos internacionales y entregué los documentos que faltaban para Harvard.

—¿Está segura? —preguntó la coordinadora—. Si confirma ahora, el proceso de salida comienza inmediatamente.

—Completamente.

Mi intercambio empezaría antes del siguiente semestre.

Tenía pocas semanas para organizarlo todo.

Por primera vez, aquella cuenta atrás no me daba miedo.

Me daba paz.

Lucas me encontró frente al dormitorio esa noche.

—¿Por qué no contestas?

—Estaba ocupada.

—Rachel terminó en la enfermería.

Asentí.

—Espero que esté bien.

Pareció desconcertado por mi tranquilidad.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—Podrías disculparte.

Lo miré.

Incluso después de todo, seguía esperando aquello.

—No.

Lucas frunció el ceño.

—Emma, últimamente estás imposible.

Saqué algo del bolsillo.

Una pequeña llave.

La llave de su apartamento.

La puse en su mano.

—Entonces ya no tendrás que soportarme.

Tardó varios segundos en entender.

—¿Qué significa esto?

—Terminamos.

Lucas se rio.

Pensó que estaba enfadada.

—Mañana hablaremos cuando estés tranquila.

—Mañana seguiremos separados.

Entré al dormitorio.

Tres días después, Rachel publicó una fotografía con Lucas cargándola a la salida de la enfermería.

El texto decía:

“Hay personas que siempre estarán cuando las necesites.”

No respondí.

Dos semanas después, el entrenamiento terminó.

Y mi relación con Lucas también.

Él siguió actuando como si aquello fuera temporal.

Me enviaba desayuno.

Esperaba frente a mis clases.

Incluso pidió a nuestros amigos que hablaran conmigo.

Yo devolvía cada cosa.

Hasta que una tarde encontró a Claire ayudándome a cerrar dos maletas.

—¿Adónde vas?

Nadie respondió.

Entonces vio el sobre sobre mi escritorio.

Harvard University.

Lucas lo tomó.

—¿Qué es esto?

—Mi intercambio.

Su rostro cambió.

—¿Desde cuándo?

—Me aceptaron el día del entrenamiento.

Calculó rápidamente.

—¿El día de Rachel?

—Sí.

—¿Y no me dijiste?

Cerré la maleta.

—Ya no eras parte de esa decisión.

Aquella frase pareció herirlo más que la ruptura.

—Habíamos hablado de pasar estos años juntos.

—También habíamos hablado de respetarnos.

—¡No puedes irte al otro lado del mundo por una discusión!

—No me voy por una discusión.

Me puse de pie.

—Me voy porque quiero estudiar allí.

—Entonces iré contigo.

Casi sentí pena.

—Lucas, todavía no entiendes.

Lo miré directamente.

—No quiero que vengas.

Por primera vez dejó de discutir.

Una semana después volé a Boston.

Los primeros meses fueron difíciles.

No hubo transformación mágica.

Tuve que adaptarme, estudiar el doble y acostumbrarme a vivir lejos de casa.

Pero cada problema era mío.

Cada logro también.

Lucas escribió durante semanas.

Después durante meses.

Nunca respondí.

Rachel, en cambio, desapareció de sus redes poco después.

Me enteré por antiguos compañeros de que su amistad había comenzado a romperse cuando Lucas dejó de encontrar graciosas sus “bromas”.

Qué curioso.

Cuando las soportaba yo, eran inocentes.

Cuando empezó a soportarlas él, se volvieron agotadoras.

Un año después regresé a mi universidad para una conferencia vinculada al programa.

Lucas estaba allí.

Me esperó fuera del auditorio.

Parecía diferente.

Más serio.

—Emma.

—Hola, Lucas.

—¿Podemos hablar?

Acepté.

No porque quisiera volver.

Porque ya podía escucharlo sin sentir nada.

—Te debía una disculpa —dijo—. Una de verdad.

Esperé.

—Lo que Rachel hizo estuvo mal. Y lo que yo hice después fue peor.

No añadió excusas.

Eso, al menos, era nuevo.

—¿Por qué tardaste tanto en entenderlo?

Lucas bajó la mirada.

—Porque estaba acostumbrado a que tú cedieras.

La respuesta me sorprendió.

—Cada vez que había un conflicto, sabía que terminarías intentando mantener la paz. Así que nunca tuve que preguntarme quién tenía razón.

Asentí.

—Exactamente.

—Cuando te fuiste, empecé a ver cosas que antes decidía no ver.

Entonces sacó su teléfono.

—También descubrí esto.

Era un video del entrenamiento militar.

Alguien había grabado el incidente desde otra fila.

Se veía claramente a Rachel acercándose a mí antes de tocar mi cinturón.

Pero había algo que yo no había visto aquel día.

Antes de hacerlo, Rachel miró hacia otra chica que sostenía un teléfono.

Y sonrió.

No había sido una broma espontánea.

Había sido preparada para grabarse.

—¿Por qué?

—Porque quería subirlo a un grupo privado —respondió Lucas—. Encontraron otros videos.

Varias estudiantes habían presentado quejas después del entrenamiento.

Rachel había convertido pequeñas humillaciones en contenido para un chat universitario.

El mío simplemente había sido uno más.

—¿Y qué pasó?

—La universidad investigó.

No pregunté por el castigo.

Ya no necesitaba ver a Rachel destruida para sentir que yo había ganado.

Pero Lucas todavía sostenía el teléfono.

—Hay otra cosa.

Abrió una conversación antigua.

Rachel le había escrito meses antes del entrenamiento:

Emma está solicitando Harvard.

Sentí que el corazón se detenía.

Yo no se lo había contado a nadie excepto a la coordinadora y a una profesora.

—¿Cómo lo sabía?

—Eso intenté averiguar.

Lucas deslizó hacia otro mensaje.

Rachel había escrito:

Si se va, mejor. Pero primero necesito que tú mismo te canses de ella.

Lo miré.

—¿Tú sabías que estaba solicitando el intercambio?

—No.

Esta vez le creí.

Entonces apareció el último mensaje.

Era de Lucas.

Enviado semanas antes de aquel entrenamiento.

Emma nunca se irá. Siempre termina quedándose conmigo.

Levanté la vista.

Lucas tenía los ojos húmedos.

—Eso era lo que pensaba de ti —admitió.

Guardé silencio.

Finalmente entendí algo.

Rachel había intentado empujarme fuera.

Lucas había dado por hecho que jamás tendría valor para marcharme.

Los dos habían cometido el mismo error.

Creyeron que mi paciencia significaba que no tenía límites.

Le devolví el teléfono.

—Gracias por enseñármelo.

—Emma…

—¿Sí?

—¿Existe alguna posibilidad para nosotros?

Sonreí.

No con rabia.

—No.

Y seguí caminando hacia el auditorio.

Aquel día comprendí que Harvard nunca había sido mi escape de Lucas.

Había sido simplemente la primera puerta que elegí abrir sin preguntarle a nadie si tenía permiso.

Y lo mejor de marcharme no fue conseguir que Lucas finalmente me buscara.

Fue descubrir que ya no necesitaba que lo hiciera.

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