PARTE 2: LA PANTALLA CONGELADA

No llegamos a recorrer veinte metros.

Detrás de nosotros, la enorme pantalla utilizada para la ceremonia parpadeó.

El discurso de Cole desapareció.

También el emblema de la inspección.

En su lugar apareció una notificación del sistema.

ACCESO ADMINISTRATIVO SUSPENDIDO.

Cole se volvió.

—¿Qué demonios ocurre?

Uno de sus ayudantes miró su tableta.

—Señor… también perdimos acceso.

—¿A qué?

El hombre tragó saliva.

—A los sistemas administrativos vinculados a su oficina.

La respuesta hizo que Cole palideciera.

No era una escena cinematográfica donde alguien pudiera apretar un botón y condenarlo.

Era peor.

Era una preservación formal de registros.

Habían bloqueado modificaciones mientras se revisaban determinadas credenciales y archivos.

Cole miró hacia mí.

—¿Qué hiciste?

Levanté las muñecas sujetas.

—Estoy bastante ocupada siendo detenida, señor.

Entonces apareció una camioneta oficial.

Bajaron tres personas.

La primera era una capitana del cuerpo jurídico.

La segunda llevaba identificación de investigación.

El tercero era un especialista técnico asignado a una revisión conjunta.

La capitana se acercó al sargento Collins.

—Retire las sujeciones de la teniente.

Cole avanzó.

—Yo ordené su detención.

—Y su orden acaba de ser puesta bajo revisión.

El silencio sobre la pista se volvió absoluto.

Collins cortó las bridas.

Me froté las muñecas.

No la mejilla.

Cole señaló la pantalla.

—Quiero una explicación.

El investigador abrió una carpeta.

—Hace cuarenta y ocho horas se detectaron modificaciones en varios registros médicos asociados a evacuaciones realizadas durante ejercicios bajo su supervisión.

Sentí cómo se me endurecía el estómago.

Por eso había dormido tan poco.

Durante dos noches yo también había encontrado discrepancias.

Horas alteradas.

Clasificaciones médicas modificadas después de los hechos.

Incidentes registrados como menores aunque hubieran requerido evacuación.

—¿Ella presentó la denuncia? —preguntó Cole.

—No —respondió la capitana.

Eso pareció desconcertarlo.

Yo tampoco la había presentado todavía.

El investigador continuó:

—La alerta automática se activó esta mañana cuando alguien intentó modificar nuevamente un registro que ya estaba bajo preservación.

Cole dejó de respirar durante un instante.

—¿Qué registro?

El investigador miró hacia las puertas médicas.

—El del hombre que acaba de llegar en helicóptero.

Todo encajó.

La urgencia de Cole por retirar la camilla.

Su obsesión con mantener la ceremonia intacta.

Pero todavía no demostraba que él hubiera manipulado nada.

—¿Quién es el paciente? —pregunté.

La capitana me miró.

—Suboficial Daniel Mercer.

Reconocí el nombre.

Mercer trabajaba en logística de comunicaciones.

Dos noches antes había venido a la tienda médica por agotamiento.

Mientras lo atendía, había dicho algo extraño:

“Si mañana desaparecen mis permisos, no deje que borren mi informe.”

Creí que deliraba por cansancio.

No era así.

Cole me señaló.

—Esta mujer está involucrada.

—Eso también será investigado —respondió la capitana—. Igual que la agresión que miles de personas acaban de presenciar.

Cole miró alrededor.

Por primera vez pareció darse cuenta de cuántos testigos había.

Entonces su ayudante se acercó apresuradamente.

—Señor…

—¿Qué?

Le mostró una tableta.

La cuenta administrativa utilizada para cambiar el registro de Mercer pertenecía oficialmente a la oficina del vicealmirante.

Cole explotó.

—¡Cualquiera con acceso pudo utilizarla!

—Correcto —dijo el investigador—. Por eso no estamos atribuyendo responsabilidad todavía.

Agradecí aquella precisión.

Las pruebas importaban más que el espectáculo.

Mi comunicador vibró.

Era Houseman desde cirugía.

—Teniente, Mercer está estable.

Cerré los ojos un segundo.

—Gracias.

—Pero encontramos algo entre sus pertenencias. Insistió en que se lo entregáramos únicamente a usted cuando despertara.

Minutos después, Houseman apareció con una bolsa transparente.

Dentro había una pequeña libreta.

No contenía secretos operativos.

Solo fechas, números de expedientes y nombres.

Uno se repetía once veces.

H. COLE.

El vicealmirante la vio.

—Eso no prueba nada.

—Tiene razón —respondí.

Su expresión cambió, quizá porque esperaba que lo acusara.

Abrí la última página.

Había una frase escrita por Mercer:

“Cole no inició esto. Está cubriendo a alguien.”

Levanté la vista.

El vicealmirante estaba completamente inmóvil.

—¿A quién está protegiendo?

No respondió.

La capitana tomó la libreta como evidencia.

Entonces el especialista técnico recibió una alerta.

—Encontramos el origen de la última modificación.

Todos lo miramos.

—¿La oficina de Cole? —preguntó la capitana.

—No.

Giró la pantalla.

La credencial del vicealmirante había sido utilizada desde otro terminal autorizado.

Uno situado dentro del centro médico.

Sentí un escalofrío.

El terminal estaba asignado a una persona que conocía perfectamente.

El doctor Houseman.

Miré hacia él.

Pero Houseman ya no estaba detrás de mí.

Y, en ese mismo instante, las alarmas de seguridad comenzaron a sonar dentro del hospital.

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