PARTE 2: YA NO TE ESPERABA

A la mañana siguiente, Gabriel seguía sentado en el sofá.

Parecía no haber dormido.

Cuando salí vestida para trabajar, levantó la cabeza.

—Esta noche cenamos juntos.

—Tengo planes.

Su expresión cambió.

—¿Con quién?

Me puse los zapatos.

—Con Daniel. El amigo que querían presentarme.

Gabriel se levantó.

—Emma, eres una mujer casada.

Lo miré.

—Qué extraño escucharte decirlo en voz alta.

Pasé junto a él y cerré la puerta.

La cena con Daniel no fue romántica. Le expliqué desde el principio que mi situación era complicada y que no buscaba una relación.

Para mi sorpresa, se rio.

—Entonces comamos. Una cena no obliga a nadie a casarse.

Aquella normalidad me hizo sentir ligera.

No sabía que Gabriel estaba sentado en su auto frente al restaurante.

Lo descubrí cuando salí.

Daniel se despidió con un gesto y caminó hacia el estacionamiento.

Gabriel apareció inmediatamente.

—Sube al auto.

—No.

—Emma.

—No soy una empleada tuya.

Entonces dijo algo inesperado.

—Mañana voy a anunciar nuestro matrimonio.

Me quedé inmóvil.

Tres años esperando aquella frase.

Tres años imaginando cómo me sentiría.

Y ahora no sentía nada.

—No lo hagas.

Gabriel pareció no entender.

—¿Qué?

—Ya no quiero.

—Llevas tres años pidiéndomelo.

—Exactamente.

Lo miré.

—Te lo pedí cuando todavía significaba algo.

Aquella noche Gabriel finalmente habló de Olivia.

Habían sido novios durante la universidad. Cuando él estaba comenzando su carrera, Olivia terminó la relación y se marchó al extranjero.

Años después regresó diciendo que se arrepentía.

Gabriel aseguró que nunca me había engañado.

Le creí.

Pero también confesó algo peor.

Una parte de él había mantenido nuestro matrimonio escondido porque publicar que estaba casado significaba cerrar definitivamente aquella puerta.

—Nunca pensé volver con ella —dijo.

—Pero tampoco quisiste que supiera que ya no podía hacerlo.

Silencio.

Ahí estaba todo.

Yo había vivido tres años como un secreto para que otra mujer pudiera seguir creyendo que existía una posibilidad.

—Emma…

—No importa si la tocaste o no.

Me quité el anillo.

—Me escondiste para proteger un sentimiento que ni siquiera era mío.

Lo dejé sobre la mesa.

Gabriel se puso pálido.

—¿Qué significa esto?

Saqué una carpeta de mi bolso.

Había hablado con una abogada dos semanas antes.

Solicitud de divorcio.

Por primera vez, Gabriel perdió completamente su serenidad.

—No.

—No necesito tu permiso para iniciar el proceso.

—Acabo de decirte que voy a hacerlo público.

Sonreí tristemente.

—Ese es el problema. Sigues creyendo que esto se arregla dándome finalmente lo que llevaba años pidiendo.

Empujé los documentos hacia él.

—Yo ya dejé de pedirlo.

Gabriel no firmó.

Durante los días siguientes hizo exactamente todo aquello que había rechazado durante tres años.

Cambió su estado civil en los registros internos de la empresa.

Informó a recursos humanos.

Se lo contó a sus amigos.

Incluso apareció una mañana frente a todo el departamento y dijo:

—Emma Sterling es mi esposa.

Todos quedaron sorprendidos.

Yo solamente levanté la mirada del ordenador.

—Todavía —corregí.

La oficina entera quedó en silencio.

Gabriel me miró como si aquella palabra le hubiera atravesado el pecho.

Esa misma tarde apareció Olivia.

Entró directamente en su despacho.

No escuché toda la conversación.

Solo el final.

—¿Por ella vas a cerrar nuestra última posibilidad? —preguntó Olivia.

Gabriel respondió:

—No existe ninguna posibilidad desde hace años. Mi error fue permitirte creer que sí.

Olivia salió llorando.

Tres años atrás habría sentido que finalmente había ganado.

Aquella tarde solo continué trabajando.

Dos meses después, Gabriel firmó.

No porque quisiera.

Porque finalmente comprendió que retenerme tampoco era elegirme.

Cuando salimos del despacho de la abogada, permaneció conmigo junto al ascensor.

—Si hubiera hecho público nuestro matrimonio desde el principio, ¿seguiríamos juntos?

Pensé unos segundos.

—Probablemente.

Cerró los ojos.

—Entonces lo destruí yo.

—Sí.

No lo consolé.

Las puertas se abrieron.

Antes de entrar, Gabriel me llamó.

—Emma.

Me giré.

—Te amaba.

Negué suavemente.

—Tal vez. Pero me amabas de una manera que siempre me pedía esperar.

Entré al ascensor.

—Y un día simplemente dejé de hacerlo.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Tres años había esperado que Gabriel Sterling dijera frente al mundo que yo era su esposa.

Cuando finalmente estuvo dispuesto a hacerlo, descubrí que ya no necesitaba escuchar esas palabras.

Porque algunas personas no te pierden cuando te vas.

Te pierden mucho antes.

Exactamente el día en que dejas de esperar que cambien.

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