Amelia retrocedió.
—¿Ocho años?
Nathaniel finalmente la soltó.
—Desde la primera Navidad después de que nuestros padres se casaron.
Ella lo miró, incapaz de comprender.
—Pero todas esas mujeres…
—Nunca fueron Victoria.
El nombre le dolió.
Nathaniel lo notó.
—Victoria no es mi prometida.
—Aceptaste volver a verla.
—Porque necesitaba saber algo.
—¿Qué?
Nathaniel sostuvo su mirada.
—Si verme con una mujer que realmente pudiera convertirse en mi esposa finalmente te obligaría a admitir lo que sentías.
Amelia sintió vergüenza.
—¿Así que me provocaste?
—Esperaba una confesión.
Su expresión se endureció.
—No esperaba que intentaras manipularme con un medicamento.
Amelia bajó la cabeza.
Aquello destruyó cualquier esperanza absurda que hubiera comenzado a sentir.
—Tienes razón.
Sacó el frasco vacío y lo dejó sobre la mesa.
—No hay excusa. Mañana se lo contaré a nuestros padres y me marcharé.
Nathaniel frunció el ceño.
—¿Marcharte adónde?
—Lejos de ti.
—No.
Amelia soltó una risa amarga.
—No puedes decidir eso después de lo que hice.
—Y tú tampoco puedes decidir por mí qué consecuencias quiero.
Nathaniel abrió un cajón.
Sacó una pequeña caja.
Amelia dejó de respirar.
Dentro había un anillo.
No uno improvisado.
Era antiguo.
Y reconoció inmediatamente el escudo de la familia Cole.
—Mi abuela me lo entregó hace cuatro años —explicó Nathaniel—. Me dijo que se lo diera a la mujer con la que quisiera construir una familia.
Amelia lo miró.
—Entonces dáselo a Victoria.
Nathaniel casi sonrió.
—Victoria está comprometida.
—¿Qué?
—Con otra persona. Nuestra cena fue de negocios.
Amelia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies por segunda vez aquella noche.
—Entonces todo esto…
—Tus celos hicieron el resto.
Ella se cubrió el rostro.
—Soy horrible.
—Lo que hiciste estuvo mal.
Nathaniel no suavizó las palabras.
—Y si hubieras seguido adelante, esta conversación sería muy diferente.
Amelia dejó caer las manos.
—Pero te detuviste sola.
Él cerró la caja del anillo.
—Eso importa. No borra lo anterior, pero importa.
Por primera vez, Amelia comprendió que aquello no iba a convertirse mágicamente en una historia romántica.
Había cruzado un límite.
Y Nathaniel no iba a fingir que no había ocurrido.
—¿Entonces por qué dices que me esperabas?
Nathaniel permaneció en silencio.
Después sacó su teléfono.
Abrió una carpeta.
Había fotografías.
Amelia leyendo junto a una ventana.
Amelia dormida durante un viaje familiar.
Amelia riéndose con harina en la mejilla.
Fotografías tomadas a lo largo de años.
—Porque mientras tú memorizabas cómo me remangaba las camisas…
Le mostró otra.
—Yo aprendí que te muerdes el labio cuando estás nerviosa.
Otra.
—Que siempre dejas la última fresa para alguien más.
Otra.
—Y que desapareces de una habitación cuando crees que estoy prestando demasiada atención a otra mujer.
Amelia tenía lágrimas en los ojos.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
Nathaniel guardó el teléfono.
—Porque tenías diecisiete cuando nuestras familias se unieron. Yo era mayor. No iba a convertir tu confusión adolescente en algo que me beneficiara.
—Ya no tengo diecisiete.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué seguiste esperando?
Nathaniel miró el frasco.
—Porque necesitaba que fueras tú quien decidiera que no éramos hermanos.
Amelia cerró los ojos.
—Y elegí la peor manera posible.
—Sí.
La respuesta fue tan inmediata que ella casi rio entre lágrimas.
A la mañana siguiente, Amelia reunió a sus padres.
No inventó excusas.
No culpó a los celos.
Confesó que había intentado manipular a Nathaniel y que se había detenido antes de llevar la mentira más lejos.
Su madre quedó horrorizada.
El padre de Nathaniel guardó silencio.
Y Nathaniel confirmó cada palabra.
Pero cuando Amelia anunció que se marcharía al extranjero, él intervino.
—Eso lo decidirá ella por sí misma. No como castigo impuesto por nosotros.
Después dejó algo sobre la mesa.
El anillo Cole.
Su padre lo reconoció.
—Nathaniel…
—No estoy pidiendo matrimonio.
Miró a Amelia.
—Todavía no.
Ella levantó los ojos.
—Si algún día llegamos a eso, será sin engaños, sin pruebas y sin obligarnos mutuamente a nada.
Amelia comprendió.
No estaba perdonada automáticamente.
Tampoco estaba condenada para siempre.
Tenían que empezar desde cero.
Seis meses después, Amelia vivía en su propio apartamento.
Había comenzado terapia para entender cómo había convertido años de silencio y obsesión en una decisión tan dañina.
Nathaniel no la presionó.
La invitaba a cenar.
A caminar.
A conocerse como dos adultos que por fin habían dejado de esconderse detrás de la palabra “hermanos”.
Una noche regresaron al mismo jardín donde años atrás él se había burlado de ella por mirarlo demasiado.
Nathaniel se detuvo.
—Estás haciéndolo otra vez.
Amelia apartó rápidamente los ojos.
—¿Qué cosa?
—Mirarme.
Ella sonrió.
—Puedo parar.
—Esta vez no quiero que pares.
Nathaniel sacó la pequeña caja.
Amelia reconoció el anillo.
Pero él no se arrodilló.
Simplemente se lo mostró.
—La primera vez intentaste conseguir esto quitándome la posibilidad de elegir.
Amelia bajó la mirada, avergonzada.
Nathaniel continuó:
—Así que esta vez voy a devolverte exactamente lo mismo.
Puso la caja en su mano.
—La posibilidad de elegir.
Amelia lo miró.
—¿Y si digo que no?
—Seguirás siendo libre.
—¿Y si digo que sí?
Nathaniel sonrió.
—Entonces dejaremos definitivamente de presentarnos como hermanos.
Amelia rio entre lágrimas.
Esta vez no necesitó drogas.

Ni mentiras.
Ni trampas.
Solo abrió la caja por voluntad propia.
Y comprendió que el amor que había intentado obtener por la fuerza solo había tenido una oportunidad cuando ambos fueron libres para elegirlo.