PARTE 2: EL ÚLTIMO CONCIERTO DE SU IMPERIO

Gabriel fue el primero en acercarse.

—¿Qué demonios haces aquí?

Alexander Stone ni siquiera cambió de expresión.

—Curiosa forma de recibir a mi acompañante.

Gabriel se quedó rígido.

Victoria apareció detrás de él y tomó su brazo.

—Elena, por favor. Hoy no.

Miré el collar de esmeraldas alrededor de su cuello.

—Tienes razón. Hoy no vine por Gabriel.

Mis ojos descendieron hacia las piedras verdes.

—Vine por lo que me pertenece.

Victoria tocó instintivamente el collar.

—Gabriel me lo regaló.

—Gabriel nunca fue su dueño.

Saqué de la bolsa el primer documento.

Era el certificado de propiedad que mi madre había dejado junto con el collar.

Después coloqué sobre una mesa una copia de la denuncia presentada esa misma mañana.

El rostro de Victoria cambió.

Gabriel intentó agarrarme del brazo.

Alexander dio un solo paso.

—No la toque.

Nada más.

Gabriel retiró la mano.

Aquello provocó más murmullos que cualquier grito.

Porque todos conocían a Gabriel Cross.

Y acababan de verlo retroceder.

Pero el collar era apenas el principio.

Caminé hasta el pequeño escenario donde minutos antes los novios habían brindado.

Tomé el micrófono.

—Ya que todos están reunidos para celebrar la unión de las familias Cross y Blair, pensé que sería justo explicar exactamente sobre qué se construyó esta alianza.

Gabriel palideció.

—Apaguen ese micrófono.

Nadie se movió.

Alexander estaba sentado en primera fila.

Y nadie quería ser quien lo contradijera.

Saqué los contratos.

Durante dos años, Victoria había utilizado composiciones mías en concursos internacionales.

Algunas habían sido modificadas ligeramente.

Otras aparecían registradas bajo su nombre.

Gabriel había utilizado sus contactos para silenciar mis reclamaciones y convencer a patrocinadores de que yo era una pianista resentida intentando destruir a su prometida.

Pero ellos habían cometido un error.

Mi madre había guardado mis manuscritos originales.

Fechados.

Firmados.

Y seis meses antes de morir los había depositado con un abogado.

Luego reproduje la primera grabación.

La voz de Victoria llenó el salón:

—Mientras Elena siga tocando, siempre habrá alguien comparándonos.

Después apareció Gabriel:

—Entonces deja que yo me encargue.

El salón quedó inmóvil.

La siguiente grabación fue peor.

Gabriel hablaba con Marco.

—Si no abandona el concurso, asegúrate de que no vuelva a tocar.

Victoria susurraba detrás:

—No quiero verla otra vez frente a un piano.

La copa de Margaret Cross cayó al suelo.

Gabriel subió al escenario.

—¡Es falso!

Entonces otra voz respondió desde la entrada.

—No lo es.

Marco estaba allí.

Llevaba una carpeta en las manos.

Gabriel parecía haber visto un fantasma.

—Tú…

Marco dejó los documentos frente a mí.

—Renuncié esta mañana.

Después miró a varios abogados presentes entre los invitados.

—Y entregué las grabaciones originales, mensajes y órdenes que conservé.

Victoria comenzó a retroceder.

Su padre se acercó furioso.

—¿Qué hiciste?

—Papá, yo puedo explicarlo.

—¿Usaste obras ajenas para construir tu carrera?

Ella miró a Gabriel.

Pero Gabriel ya no la estaba defendiendo.

Estaba mirando a Alexander.

Porque acababa de comprender algo mucho más grande.

—Stone —murmuró—. ¿Por qué estás involucrado?

Alexander se levantó.

—Porque el fondo que debía financiar la expansión internacional del Grupo Cross era mío.

El rostro de Gabriel se vació.

Alexander continuó:

—Era.

Una sola palabra.

Suficiente.

Varios teléfonos comenzaron a vibrar casi simultáneamente.

Ejecutivos.

Inversionistas.

Abogados.

La financiación había sido suspendida hasta revisar las operaciones vinculadas a ambas familias.

La boda dejó de parecer una celebración.

Parecía una junta de emergencia.

Gabriel me miró con odio.

—¿Planeaste todo esto?

—No.

Negué lentamente.

—Tú lo planeaste cuando decidiste destruirme para que Victoria pudiera quedarse con mi carrera.

Me acerqué.

—Yo solamente guardé las pruebas.

Victoria comenzó a llorar.

—Elena, podemos arreglarlo.

Miré nuevamente mi collar.

—Devuélvemelo.

Sus dedos temblaron mientras abría el broche.

Lo dejó en mi palma.

Me lo había regalado mi madre cuando todavía era adolescente.

Lo cerré entre mis dedos.

Por fin había recuperado algo que no podían reemplazar con dinero.

Entonces Gabriel dijo:

—¿Eso es todo? ¿Viniste por un collar y unas partituras?

Lo miré.

—No.

Alexander hizo una pequeña señal.

Las puertas laterales del salón se abrieron.

Al otro lado había un piano de concierto.

Mi piano.

El instrumento que Gabriel había ordenado sacar de nuestra antigua casa después de decirme que mi carrera había terminado.

Caminé hacia él.

Gabriel se quedó inmóvil.

—¿Qué haces?

Me senté.

Coloqué las manos sobre las teclas.

Y toqué.

No para Gabriel.

No para Victoria.

Ni siquiera para demostrar que seguía siendo pianista.

Toqué porque durante meses ellos habían intentado convencerme de que podían decidir qué partes de mí tenían derecho a sobrevivir.

Cuando terminé, nadie habló durante varios segundos.

Después llegó el aplauso.

Primero uno.

Luego otro.

Hasta llenar el salón donde Victoria debía celebrar su victoria.

Me levanté.

Gabriel seguía junto al altar.

Solo.

Victoria había desaparecido entre abogados, familiares furiosos y representantes que exigían explicaciones.

Me acerqué por última vez.

—Querías que nunca volviera a tocar.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Elena…

—Escúchame bien.

Miré hacia el piano.

—Puedes quitarle oportunidades a una persona. Puedes mentir sobre ella. Puedes intentar cerrarle puertas.

Volví los ojos hacia él.

—Pero nunca vuelvas a confundirte creyendo que eso significa que eres dueño de su talento.

Tomé el brazo que Alexander me ofrecía.

Antes de marcharnos, Gabriel gritó:

—¡Stone! Ella solo te está utilizando.

Alexander se detuvo.

Por primera vez aquella noche sonrió de verdad.

—Entonces sigue sin entender nada.

Salimos juntos.

Meses después, las investigaciones y demandas acabaron con buena parte de la reputación profesional que Gabriel y Victoria habían construido mediante engaños.

Yo no necesité quedarme para contemplar su caída.

Volví a Viena.

Volví a estudiar.

Volví a los escenarios.

Y la noche de mi primer gran concierto internacional, antes de tocar, puse el collar de mi madre alrededor de mi cuello.

Alexander estaba entre el público.

Pero cuando mis manos descendieron sobre las teclas, comprendí algo mucho más importante:

No había regresado gracias al hombre que todos temían.

Él solamente había abierto una puerta.

La mujer que la atravesó…

fui yo.

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