PARTE 2: CUANDO REGRESÓ, YA ERA TARDE

Los primeros dos días, Leandro no llamó.

Envió fotografías.

Una de Renata frente a un paisaje completamente blanco.

Otra de los dos junto al rompehielos.

Y una tercera desde la cabaña de cristal que yo había reservado.

“Es increíble. El próximo año venimos tú y yo.”

Miré el mensaje durante unos segundos.

Después lo archivé.

Ya no existía ningún “próximo año”.

Mientras ellos perseguían luces en el cielo, yo dividía siete años de matrimonio en carpetas.

Cuentas.

Propiedades.

Documentos.

Contratos.

Leire trabajaba rápido.

—¿Está segura de que no quiere esperar a que regrese?

—Esperé siete años.

—Entonces no necesitamos ocho.

Al cuarto día, Leandro finalmente llamó.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después llegó un mensaje.

“Renata está insoportable. Creo que idealicé demasiado este viaje.”

Sonreí sin alegría.

Cinco minutos después:

“¿Dónde reservaste el restaurante de esta noche?”

No respondí.

Aquella madrugada recibí un mensaje de Renata.

“Creo que deberías saber que Leandro no deja de hablar de ti.”

Lo borré.

Ya no me interesaba quién ocupaba sus pensamientos.

Me interesaba quién había ocupado sus decisiones.

Y cuando tuvo que elegir delante de mí, eligió subir a aquel avión con ella.

Eso era suficiente.

El séptimo día, Leandro regresó.

Yo ya no vivía en nuestra casa.

Había recogido mis cosas y dejado únicamente lo que le pertenecía.

Sobre la mesa del salón había un sobre.

Dentro estaban los documentos del divorcio.

Leandro me llamó doce veces.

A la decimotercera, contesté.

—¿Dónde estás?

Su voz sonaba diferente.

Ya no era la voz tranquila del hombre que me había dicho que regresara a casa y esperara.

—En mi nueva casa.

Silencio.

—Dalia, deja de bromear.

—No estoy bromeando.

—Estoy viendo unos papeles de divorcio.

—Entonces ya sabes leerlos.

—¿Por un viaje?

Cerré los ojos.

Aquella pregunta confirmó que todavía no había entendido nada.

—No me divorcio de ti por un viaje, Leandro.

—Entonces, ¿por qué?

—Porque durante siete años me enseñaste que siempre podía ser reemplazada cuando Renata aparecía.

No respondió.

Continué:

—Cancelaste nuestra luna de miel hace dos años porque ella te necesitaba. Cancelaste mi billete ahora porque volvió a necesitarte. Le diste mi asiento, mi maleta, mi cámara y el viaje que yo había preparado.

—Cometí un error.

—No. Un error ocurre sin pensarlo. Tú cancelaste mi billete cuatro días antes y tuviste cuatro días para cambiar de opinión.

Silencio.

—Y no lo hiciste.

Su respiración se volvió pesada.

—Renata y yo no hicimos nada.

—Eso ya no importa.

—Claro que importa.

—No, Leandro. Lo que importa es que necesitaste viajar siete días con tu primer amor para descubrir si querías seguir casado conmigo.

Entonces escuché algo que jamás había oído en su voz.

Miedo.

—Dalia… quiero seguir casado contigo.

Miré alrededor de mi pequeño apartamento.

Había cajas por todas partes.

Una taza sobre la mesa.

Una ventana enorme.

Y una tranquilidad que nuestra casa llevaba años sin darme.

—Yo ya no quiero seguir casada contigo.

Colgué.

Dos horas después apareció frente a mi puerta.

No abrí.

—Dalia.

Golpeó suavemente.

—Por favor.

Permanecí en silencio.

—Me equivoqué.

Después dijo algo que casi me hizo reír.

—La aurora ni siquiera fue como imaginaba.

Me acerqué a la puerta, pero no la abrí.

—Ese es tu problema, Leandro.

—¿Cuál?

—Sigues creyendo que esto trata de la aurora.

Se quedó callado.

—Renata quería comprobar si todavía la elegirías.

—Y tú aceptaste hacer la prueba conmigo mirando desde el aeropuerto.

—Dalia…

—Ella obtuvo su respuesta.

Respiré profundamente.

—Y yo también.

Sus pasos tardaron varios minutos en alejarse.

Tres meses después, el divorcio quedó resuelto.

Renata y Leandro tampoco terminaron juntos.

Lo supe porque ella volvió a escribirme.

“Supongo que al final ninguna ganó.”

Esta vez sí respondí.

Solo una frase.

“Yo no estaba compitiendo.”

La bloqueé.

El invierno siguiente viajé al norte.

Sola.

Reservé una pequeña cabaña distinta.

No aquella.

No quería recuperar el viaje que había perdido.

Quería uno que nunca hubiera pertenecido a nadie más.

La tercera noche, el cielo permaneció oscuro durante horas.

Pensé que quizá no vería nada.

Entonces apareció una línea verde.

Después otra.

Y de pronto todo el cielo comenzó a moverse.

Me quedé debajo de la aurora sin cámara.

Sin Leandro.

Sin Renata.

Sin alianza.

Solo yo.

Durante siete años había esperado que alguien me eligiera.

Aquella noche entendí que había empezado mi nueva vida en el instante en que dejé de esperar.

Leandro tenía razón en una cosa.

La aurora seguía allí al año siguiente.

Yo también.

Pero ya no estaba esperando a nadie.

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