PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE SER SU SEGUNDA OPCIÓN

El viernes llegué al aeropuerto antes del amanecer.

Lucas no intentó detenerme.

Eso fue lo que pensé.

Hasta que escuché mi nombre justo antes del control de seguridad.

—¡Claire!

Me giré.

Lucas venía corriendo entre la gente, sin corbata, con el cabello desordenado y la carpeta del divorcio en la mano.

Se detuvo frente a mí.

—No firmé.

—Ya lo sé.

—Porque quiero arreglar nuestro matrimonio.

Negué lentamente.

—Quieres impedir que me vaya. No es lo mismo.

—Sienna regresó hace dos semanas.

Aquello me sorprendió.

No porque hubiera regresado.

Sino porque Lucas ya lo sabía.

—¿Has estado hablando con ella?

Él guardó silencio.

Respuesta suficiente.

—La llamada del martes —dije—. Era ella.

—Sí.

Sentí una punzada, pero ya no tenía poder sobre mi decisión.

Lucas continuó:

—Me escribió porque consiguió trabajo aquí. Quería verme.

—¿Y la viste?

—Una vez.

Cerré los ojos un instante.

—Entonces no estoy divorciándome de ti por algo que dijiste borracho.

—Claire…

—Estoy divorciándome porque mientras yo todavía intentaba entender qué estaba pasando, tú ya habías vuelto a abrirle la puerta.

Lucas bajó la mirada.

—No ocurrió nada.

—No necesito que ocurra nada.

Lo miré directamente.

—Necesito un marido que no tenga que comprobar qué siente por otra mujer para saber si quiere quedarse conmigo.

El altavoz anunció mi vuelo.

Lucas apretó la carpeta.

—¿Y nuestros cinco años?

—Existieron.

—¿Eso es todo?

—No voy a fingir que fueron mentira solo porque terminaron.

Extendí la mano.

—Firma, Lucas.

—No puedo.

—Entonces lo hará un juez.

Tomé mi maleta y atravesé el control.

No miré atrás.

Nueva York fue exactamente lo que necesitaba.

No porque fuera fácil.

Mi departamento era pequeño.

Mi trabajo nuevo exigía jornadas largas.

No conocía casi a nadie.

Pero cada objeto dentro de aquellas paredes era mío.

Cada decisión también.

Durante las siguientes semanas, Lucas llamó.

Primero todos los días.

Después cada pocos días.

No respondí.

Todo pasó por Mara.

Hasta que, seis semanas después, recibí un correo de mi abogada.

“Lucas aceptó firmar.”

Adjunto estaba el acuerdo.

Firmado.

Me quedé mirando su nombre durante varios minutos.

Pensé que sentiría tristeza.

Sentí alivio.

Pero aquella noche llegó otro mensaje.

No era de Lucas.

Era de Sienna.

“Claire, creo que necesitas saber algo antes de terminar definitivamente tu matrimonio.”

Estuve a punto de borrarlo.

Después llegó una fotografía.

Lucas y Sienna sentados frente a frente en una cafetería.

La fecha era anterior a aquella noche en que volvió borracho.

Sienna escribió:

“Nos vimos tres veces antes de que pidieras el divorcio.”

No respondí.

Llegó otro mensaje.

“Pero creo que estás entendiendo mal lo que ocurrió.”

Eso sí consiguió irritarme.

“¿Qué parte estoy entendiendo mal?”

Sienna contestó:

“Lucas me pidió que no volviera a buscarlo.”

Me quedé quieta.

Según ella, cuando regresó había querido recuperar lo que dejaron inconcluso en la universidad.

Lucas aceptó verla porque necesitaba enfrentarse a una historia que llevaba años idealizando.

Después de tres encuentros comprendió algo.

No seguía enamorado de Sienna.

Seguía enamorado del recuerdo de quién había sido cuando la perseguía.

La tercera vez le dijo:

“Estoy casado. No quiero destruir mi matrimonio por una fantasía.”

Pero aquella misma noche salió a beber.

Y borracho pronunció su nombre.

Sienna terminó su mensaje:

“No te cuento esto para que vuelvas con él. Solo porque no quiero convertirme en la excusa perfecta. Si tu matrimonio terminó, los problemas ya estaban allí antes de que yo regresara.”

Apagué el teléfono.

Y por primera vez entendí completamente mi propia decisión.

Sienna tenía razón.

Nunca había sido realmente sobre Sienna.

Era sobre cinco años en los que yo daba y Lucas recibía.

Sobre todas las veces que me sentí sola estando casada.

Sobre cómo había dejado de pedir cariño para evitar sentirme necesitada.

Sobre aquella facilidad con la que Lucas llamó “exageración” a mi dolor.

Sienna solo había encendido la luz.

La habitación ya estaba vacía.

Dos meses después regresé para finalizar personalmente algunos trámites.

Lucas estaba afuera del juzgado.

Parecía más delgado.

—Sienna me escribió —le dije.

Él palideció.

—Entonces sabes que no te engañé.

—Sí.

Algo parecido a esperanza apareció en sus ojos.

—Claire…

Negué.

—También entendí que eso no cambia nada.

Su esperanza desapareció.

—¿Por qué?

—Porque pasaste años haciéndome sentir como si pedir amor fuera pedir demasiado.

Lucas bajó la cabeza.

—Lo sé ahora.

—Me alegro.

—Estoy cambiando.

—También me alegro.

Le tembló la voz.

—¿Pero no conmigo?

—No conmigo.

Nos quedamos en silencio.

Después Lucas sacó algo del bolsillo.

Mi anillo.

Yo lo había dejado sobre la mesa de noche.

—No sabía qué hacer con él.

Lo tomé.

No para ponérmelo.

Lo guardé dentro de la carpeta donde llevaba los documentos del divorcio.

Lucas sonrió con tristeza.

—Supongo que llegué tarde.

Pensé en aquella noche.

En mí arrodillada desatándole los zapatos.

En él pronunciando el nombre de otra mujer.

—No llegaste tarde, Lucas.

Lo miré por última vez.

—Simplemente esperaste hasta que yo dejé de esperarte.

Firmamos.

Después salí del edificio y tomé un taxi al aeropuerto.

Esa noche, cuando abrí la puerta de mi pequeño departamento en Nueva York, encontré las últimas cajas de la mudanza.

Saqué el viejo oso que mi madre me había regalado.

Lo puse sobre la cama.

Abrí las ventanas.

La ciudad rugía abajo.

Y comprendí algo que me habría gustado saber cinco años antes:

Sienna nunca me había quitado a mi marido.

Lucas tampoco había elegido realmente a Sienna.

La persona que finalmente había elegido era yo.

Y por primera vez…

me había elegido a tiempo.

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