Durante el resto del día actué como si nada hubiera pasado.
Ayudé a Alexander a regresar a su alojamiento.
Preparé los medicamentos para sus heridas.
Incluso cambié las vendas de su espalda.
Cada vez que hacía una mueca de dolor, yo recordaba sus palabras.
“Emma nunca debe enterarse.”
No lloré.
Las lágrimas ya no servían para nada.
Aquella misma noche regresé a mi apartamento.
Compré un billete para Boston.
Salida: siete de la mañana.
Solo de ida.
A las seis, Alexander llamó a mi puerta.
Llevaba el uniforme impecablemente planchado, aunque apenas podía mantenerse erguido.
Sonrió con dificultad.
—Pensé que hoy desayunaríamos juntos.
Lo miré unos segundos.
Durante toda mi vida había sabido exactamente qué expresión ponía cuando mentía.
Nunca quise verla.
Ahora era incapaz de dejar de reconocerla.
—Tengo que viajar unos días.
Su sonrisa desapareció.
—¿A dónde?
—A casa.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Lo decidí anoche.
Él dio un paso hacia mí.
—¿Cuándo vuelves?
Lo observé en silencio.
—No lo sé.
Por primera vez en muchos años…
vi miedo en sus ojos.
Boston me recibió con lluvia.
Mi madre me abrazó durante varios minutos sin decir una sola palabra.
Mi padre simplemente me acarició el cabello.
Como si ambos hubieran comprendido que ya no hacía falta hacer preguntas.
Dos días después conocí a William Grant.
No llevaba uniforme.
No era un héroe de guerra.
Ni un oficial brillante.
Era un médico de urgencias.
Llegó veinte minutos tarde porque acababa de terminar una cirugía.
Lo primero que hizo fue disculparse.
Lo segundo…
preguntarme si había comido.
Sonreí por primera vez en semanas.
Durante la cena nunca mencionó su trabajo.
Ni su dinero.
Ni sus logros.
Solo preguntó por mí.
Cuando regresé a casa, mi madre me observó con cautela.
—¿Qué te pareció?
Pensé unos segundos.
—Es… tranquilo.
Ella sonrió.
—Después de todo lo que viviste…
quizá eso sea exactamente lo que necesitas.
Un mes más tarde, Alexander apareció inesperadamente en Boston.
Su uniforme llamó la atención de todo el vecindario.
Llevaba flores en la mano.
Mi padre abrió la puerta.
—Busco a Emma.
—Está fuera.
Alexander esperó casi dos horas sentado en el porche.
Cuando llegué, seguía allí.
Se levantó inmediatamente.
—¿Por qué no contestas mis llamadas?
Había más de doscientas.
Nunca respondí ninguna.
—He estado ocupada.
Intentó sonreír.
—¿Ya no estás enfadada?
Negué con la cabeza.
—No.
Su expresión se relajó.
Creyó que todo seguía igual.
—Lo sabía.
Siempre terminas perdonándome.
Aquellas palabras me hicieron comprender cuánto me había dado por sentada.
Me entregó las flores.
—Solo queda un año más.
Después de eso…
nos casaremos.
No acepté el ramo.
—Alexander.
—¿Sí?
—No voy a esperarte.
Su sonrisa se congeló.
—¿Qué quieres decir?
—Conocí a alguien.
Por primera vez desde que éramos niños…
vi su rostro completamente vacío.
—¿Estás mintiendo?
—No.
—Emma…
Eso no tiene gracia.
Saqué una pequeña fotografía de mi bolso.
William y yo aparecíamos sonriendo frente al hospital donde trabajaba.
Alexander la observó varios segundos.
Sus dedos comenzaron a temblar.
—¿Quién es?
—William Grant.
El color abandonó lentamente su rostro.
—No.
Susurró aquella palabra como si pudiera cambiar la realidad.
—No puedes enamorarte de otra persona tan rápido.
Lo miré con calma.
—Tú llevas cuatro años eligiendo a otra persona antes que a mí.
No supo responder.
Porque era verdad.
Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.
—Emma…
Solo necesito un año más.
Negué lentamente.
—El problema nunca fue el tiempo.
Guardé la fotografía.
—Fue que, durante cuatro años…
siempre supiste exactamente a quién querías proteger.
Y nunca fui yo.
Me di la vuelta y entré en casa.
Alexander permaneció inmóvil bajo la lluvia.
Con las flores todavía entre las manos.
Sin saber que aquella había sido la última oportunidad de recuperar a la mujer que había esperado toda una vida… y que él mismo decidió perder.
