PARTE 2: LAS DIECISIETE LLAMADAS

Mateo llegó al hospital a las siete y doce de la mañana.

Todavía olía a alcohol.

Valeria venía detrás de él.

Pero al doblar el pasillo de cuidados intensivos, Mateo se detuvo.

Alejandro estaba sentado frente a la habitación de Camila.

Tenía la camisa arrugada, manchas secas en las mangas y los ojos rojos de no haber dormido.

Mateo palideció.

—¿Qué haces tú aquí?

Alejandro se levantó lentamente.

—Lo que tú debiste hacer.

—¿Dónde está mi esposa?

—En cirugía.

Mateo intentó avanzar.

Alejandro no necesitó tocarlo.

—Llegaste siete horas tarde.

Aquella frase lo detuvo.

Un médico apareció poco después.

Camila había sobrevivido.

La bebé también había logrado superar la emergencia, pero ambas permanecerían bajo vigilancia.

Mateo soltó el aire.

—Gracias a Dios.

Alejandro lo miró.

—No le agradezcas a Dios todavía.

Sacó el teléfono.

En la pantalla aparecía el historial de llamadas de Camila.

Diecisiete intentos a Mateo.

Todos ignorados.

Después, una llamada a Alejandro.

Contestada inmediatamente.

—Ella pudo pedir ayuda durante horas —dijo Alejandro—. Solo eligió primero al hombre equivocado.

Mateo apretó los puños.

—No sabía que era una emergencia.

Entonces una voz débil llegó desde la habitación.

—Pero sabías que estaba embarazada.

Camila había despertado.

Mateo entró.

Ella parecía agotada.

Pero sus ojos estaban completamente lúcidos.

—Camila…

—¿Dónde estabas?

Él abrió la boca.

No respondió.

Ella vio a Valeria detrás del cristal.

Ya no necesitaba explicación.

—Diecisiete veces.

Mateo bajó la cabeza.

—Pensé que estabas exagerando.

Camila cerró los ojos.

—Ese fue nuestro matrimonio entero.

Mateo intentó tomarle la mano.

Ella la retiró.

—No me toques.

Entonces entró un abogado.

Mateo lo reconoció inmediatamente.

—¿Qué significa esto?

El hombre dejó una carpeta sobre la mesa.

—Represento a la señora Camila Herrera.

Mateo miró a Alejandro.

—¿Tú organizaste esto?

Camila respondió:

—Yo.

Dentro había una solicitud de divorcio y medidas para proteger los bienes que Camila había aportado al matrimonio.

Pero había algo más.

Algo que Mateo jamás había esperado.

La mansión donde Camila había caído no pertenecía realmente a Mateo.

Tampoco una parte importante del capital con el que él había construido su empresa.

El dinero provenía de un fideicomiso creado por el padre de Camila.

Mateo había utilizado durante años aquellas propiedades para presentarse ante inversionistas como un empresario mucho más poderoso de lo que realmente era.

Y el administrador sustituto del fideicomiso tenía un nombre.

Alejandro Serrano.

Mateo leyó el documento dos veces.

—No.

Alejandro permaneció inmóvil.

—El padre de Camila me nombró hace nueve años.

—¿Por qué tú?

Camila abrió los ojos.

—Porque mi padre nunca confió en ti.

El abogado continuó.

Tras la emergencia, Camila había ejercido su derecho a retirar las garantías patrimoniales vinculadas a los negocios personales de Mateo.

No significaba que Alejandro se convirtiera mágicamente en dueño de todo.

Era peor.

Mateo tendría que demostrar qué parte de su imperio realmente le pertenecía sin utilizar los bienes de su esposa como respaldo.

Su teléfono empezó a sonar.

Primero el director financiero.

Después el banco.

Luego uno de sus socios.

Mateo no contestó.

Miraba solamente a Camila.

—¿Vas a destruirme por una noche?

Ella negó lentamente.

—No.

—Te estoy dejando por todas las noches que hicieron posible esa última.

Valeria desapareció del pasillo antes de que terminara la conversación.

Mateo ni siquiera lo notó.

—Camila, tendremos una hija.

—Precisamente por eso terminé.

Aquella frase fue definitiva.

Semanas después, Camila salió del hospital con su bebé en brazos.

Alejandro esperaba junto al automóvil.

No como sustituto de Mateo.

No como premio romántico.

Simplemente como el hombre que había contestado cuando alguien pidió ayuda.

Mateo observó desde lejos.

Durante semanas había repetido que Alejandro le había quitado su familia, su posición y su futuro.

Pero finalmente comprendió la verdad.

Alejandro no le había quitado nada.

Mateo lo había soltado todo aquella noche.

Una llamada a la vez.

Camila se detuvo antes de entrar al automóvil.

Miró su teléfono.

Todavía conservaba una captura del historial.

Diecisiete llamadas rechazadas.

La última prueba de una vida que ya no quería recuperar.

La eliminó.

Después abrazó a su hija.

Y se marchó sin mirar atrás.

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