PARTE 2: EL NOMBRE DE MI MADRE

Aquella noche no dormí.

Llamé a mi director financiero.

—Bloquea cualquier operación autorizada en mi nombre que no lleve mi firma directa.

Hubo un silencio.

—Alejandro… tenemos un problema.

Veinte minutos después estaba frente a mi computadora.

Durante ocho meses, Ofelia había dado órdenes a empleados, proveedores e incluso al administrador de varias propiedades utilizando mi nombre.

Había contratos.

Transferencias.

Facturas.

Y una operación pendiente por dieciocho millones de pesos.

—¿Dieciocho millones para qué?

Mi director financiero abrió el expediente.

El beneficiario era una empresa llamada OGM Consultores.

Las iniciales de mi madre.

Sentí frío.

—¿Quién autorizó esto?

—Tenemos correos enviados desde una cuenta que aparentaba ser tuya.

Pero yo jamás había escrito ninguno.

A la mañana siguiente reuní a mis abogados y ordené una auditoría independiente.

No acusé a nadie antes de tener pruebas.

Tres días después llegó el primer informe.

OGM Consultores estaba vinculada a un primo de Ofelia.

Había recibido pagos por servicios que nadie podía demostrar que existieran.

Los dieciocho millones todavía no habían salido.

Los congelamos.

Mi madre apareció en mi oficina esa misma tarde.

—¿Bloqueaste mi dinero?

—Mi dinero —corregí.

Ofelia golpeó el escritorio.

—¡Todo lo que tienes existe porque yo te crié!

Entonces coloqué delante de ella las facturas.

—¿También te crié yo a ti para que utilizaras mi nombre?

Su rostro cambió.

—Puedo explicarlo.

—Hazlo ante los abogados.

Por primera vez, mi madre comprendió que aquello ya no era una pelea familiar.

La investigación continuaría y cualquier irregularidad sería entregada a quienes correspondiera.

Después cambié todas las autorizaciones internas de la empresa.

Ofelia perdió acceso a oficinas, cuentas, propiedades y empleados.

Cuando regresé a casa, encontré a Mariana alimentando a Emiliano.

Sus padres estaban con ella.

Doña Lupita había colocado sobre el bebé aquella cobijita que mi madre llamó “basura de pueblo”.

Me senté frente a don Ernesto.

—Todo esto empezó porque ustedes fueron humillados en mi propia casa.

Él negó lentamente.

—No, hijo. Esto empezó mucho antes. Tú simplemente lo viste hoy.

Tenía razón.

Yo había confundido durante años obediencia con confianza.

Aquella fiesta debía servir para presumir mi apellido.

Terminó enseñándome quién merecía realmente sentarse a mi mesa.

Y los dieciocho millones que mi madre creyó tener prácticamente asegurados nunca salieron de mis cuentas.

Porque esa noche no expulsé de mi casa a dos campesinos.

Saqué de mi vida a la persona que llevaba demasiado tiempo creyendo que ser mi madre también significaba ser mi dueña.

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