PARTE 2: DEMASIADO TARDE PARA RECORDAR

Daniel abandonó el altar.

—¿Qué quiere decir con que no existe antídoto?

El investigador frunció el ceño.

—Exactamente eso. El proceso es irreversible.

Emily palideció.

—Daniel, nuestra boda…

Él ni siquiera la escuchó.

Sacó el teléfono y me llamó.

Una vez.

Cinco.

Veinte.

Mi número ya no estaba disponible.

—¿Dónde está Clara?

—Camino a Ginebra —respondió Sophie desde el fondo del salón—. Donde debería haber estado hace tres años.

Daniel la miró.

—¿Ella sabía?

Sophie soltó una risa amarga.

—Ella creó el fármaco.

El rostro de Daniel se derrumbó.

Entonces comprendió que durante tres días yo no había estado fingiendo indiferencia.

Realmente lo estaba olvidando.

Corrió del salón dejando a Emily frente al altar.

Llegó al apartamento vacío horas después.

Buscó fotografías, cartas, cualquier cosa que demostrara que nuestra vida había existido.

No encontró casi nada.

Finalmente salió al balcón.

Vio las macetas vacías.

Y recordó que siempre bebía allí cuando estaba triste.

Removió la tierra.

Encontró el sobre.

Dentro estaba mi alianza y una nota:

“Daniel:

Cuando encuentres esto, probablemente yo ya no recordaré por qué alguna vez te amé.

Tú querías tres días sin esposa para cumplir el sueño de otra mujer.

Yo te los concedí.

Pero confundiste mi memoria con un interruptor que podías apagar y encender cuando te conviniera.

No existe antídoto.

Adiós.”

Daniel cayó sentado.

Por primera vez entendió el verdadero precio de aquella boda.

No había perdido tres días conmigo.

Había borrado ocho años.

Mientras tanto, mi avión aterrizó en Ginebra.

Sophie me había acompañado.

Cuando recogimos las maletas, me mostró una fotografía antigua.

Daniel y yo aparecíamos abrazados.

—¿Lo reconoces?

Observé al hombre durante varios segundos.

—No.

—¿Nada?

Negué.

Sentía que debía significar algo.

Pero no significaba nada.

Guardé la fotografía.

—¿Era importante?

Sophie tragó saliva.

—Antes sí.

Miré hacia las puertas del aeropuerto.

—Entonces supongo que ya no.

Meses después, Daniel intentó contactarme a través del instituto.

Nunca respondí.

Emily tampoco terminó casándose con él.

Cuando comprendió que Daniel había abandonado su boda para perseguir a una mujer que ya no podía recordarlo, se marchó.

Yo retomé mi investigación.

Volví al puesto que había rechazado por mi matrimonio.

Y comencé una vida donde Daniel Mercer era únicamente un nombre perdido entre documentos legales.

Un año después recibí un paquete.

Dentro estaba mi antigua alianza.

Daniel había grabado una frase en la caja:

“Si algún día recuerdas, estaré esperando.”

La observé sin comprender.

Después cerré la caja y la devolví.

No sentí odio.

Eso habría requerido recordarlo.

Daniel había querido borrar temporalmente mi amor para disfrutar tres días con su primer amor.

Consiguió exactamente lo que pidió.

Yo lo olvidé.

La única diferencia fue que él pensaba decidir cuándo volvería a amarlo.

Pero algunas decisiones no tienen botón de reinicio.

Y cuando finalmente quiso recuperar a su esposa, aquella mujer ya no existía.

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