PARTE 2: EL COMPROMISO QUE NUNCA EXISTIÓ

Desperté varias horas después con la garganta seca y la cabeza pesada.

Durante unos segundos pensé que Ethan había sido parte del sueño.

Entonces vi un vaso de agua sobre la mesa.

Medicinas ordenadas junto al termómetro.

Y una olla de sopa en la cocina.

Ethan estaba sentado en el sofá, trabajando desde su portátil.

—¿Sigues aquí?

Levantó la mirada.

—Tu fiebre todavía no baja.

—Podías haber llamado a alguien.

—Lo hice.

—¿A quién?

—A mí.

Tuve que contener una sonrisa.

Cinco años habían pasado y seguía teniendo aquella irritante capacidad de decir cosas absurdas con absoluta seriedad.

Entonces recordé el sueño.

El compromiso.

Morrison.

Aparté la mirada.

Ethan cerró el portátil.

—¿Por qué desapareciste?

La pregunta llegó sin aviso.

—Estaba enferma.

—Hace cinco años, Sofía.

Mi cuerpo se tensó.

—No quiero hablar de eso.

—Yo sí.

Intenté levantarme.

—Entonces habla solo.

Ethan se puso de pie.

—¿Fue por Charlotte Morrison?

Me congelé.

Él lo entendió inmediatamente.

—Increíble.

Se pasó una mano por el cabello.

—Cinco años preguntándome qué hice. Cinco años pensando que habías conocido a alguien, que te habías cansado de mí o que simplemente nunca me habías querido…

Su voz se quebró apenas.

—¿Y fue por esa noticia?

Lo miré confundida.

—Estabas comprometido.

—No.

—Había fotografías.

—Había un comunicado preparado por nuestras familias.

—Decía “Ethan Walker anuncia compromiso”.

—Yo jamás lo anuncié.

Silencio.

Ethan abrió su teléfono.

Buscó algo y me mostró una noticia publicada pocos días después de aquella que yo había visto.

“Ethan Walker rechaza públicamente el acuerdo matrimonial con la familia Morrison.”

Sentí que el estómago se me hundía.

Nunca había visto aquella segunda noticia.

Porque al día siguiente de descubrir el supuesto compromiso había bloqueado a Ethan.

Dos semanas después acepté mi plaza de estudios en el extranjero.

Y desaparecí.

—Charlotte y yo nunca fuimos pareja —continuó—. Nuestros abuelos querían unir las empresas. Prepararon el anuncio antes de hablar conmigo.

—Pero la fotografía…

—Era de una gala familiar.

Me miró fijamente.

—El día que te besé fue precisamente cuando decidí que iba a rechazarlo.

Sentí vergüenza.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Ethan soltó una risa amarga.

—Intenté hacerlo.

Sacó su teléfono otra vez.

Esta vez abrió una carpeta antigua.

Había correos.

Mensajes.

Capturas de llamadas.

Todos dirigidos a mí.

Decenas.

Luego apareció una fotografía.

Ethan frente a la casa de mis padres.

Con lluvia.

Mi hermano estaba detrás.

La fecha era cinco años atrás.

—Fui a buscarte.

Mi corazón comenzó a golpearme.

—Mi hermano nunca me dijo nada.

—Porque le pediste que no me dijera dónde estabas.

Cierto.

Había hecho exactamente eso.

Creía estar huyendo de un hombre comprometido.

En realidad había huido de una conversación.

—Ethan…

—No.

Guardó el teléfono.

—No quiero tus disculpas mientras tienes fiebre. Mañana probablemente culparás a los medicamentos.

Por primera vez aquella noche, sonreí.

Él también estuvo a punto de hacerlo.

Pero entonces su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió.

—Tengo que irme.

—¿Problemas?

—Charlotte Morrison acaba de llegar a la ciudad.

Mi sonrisa desapareció.

Ethan tomó su abrigo.

—Y quiere reunirse conmigo mañana.


Regresé al trabajo cuatro días después.

Apenas crucé recepción, sentí que algo era diferente.

Todos susurraban.

Una compañera corrió hacia mí.

—Sofía, llegaste justo para el drama.

—¿Qué drama?

Señaló discretamente hacia los ascensores ejecutivos.

Una mujer acababa de entrar.

Alta.

Elegante.

Traje blanco.

Detrás caminaban dos asistentes.

—Charlotte Morrison.

Sentí un escalofrío.

—¿Y?

Mi compañera bajó la voz.

—Dicen que vino para anunciar su compromiso con el señor Walker.

Otra vez.

Nueve años después, la misma historia.

Solo que aquella vez no iba a desaparecer.

Subí.

Cuando llegué al piso ejecutivo, Charlotte ya estaba dentro del despacho de Ethan.

La puerta estaba entreabierta.

—Nuestros padres quieren anunciarlo esta semana —decía ella—. Después de tantos años, ya no tiene sentido seguir rechazándolo.

Ethan respondió:

—Mi respuesta sigue siendo no.

Charlotte suspiró.

—¿Por ella?

Silencio.

—La chica Rivera volvió, ¿verdad?

Sentí que el corazón se me detenía.

Entonces Charlotte dijo algo todavía peor.

—Espero que esta vez no vuelva a creer una noticia falsa.

Empujé la puerta.

Los dos me miraron.

Charlotte sonrió.

—Finalmente.

Yo la observé.

—¿Usted sabía?

—Claro.

—¿Sabía que yo creía que estaban comprometidos?

—Desde el principio.

Ethan se levantó.

—Charlotte.

Ella levantó una mano.

—Ya perdió cinco años por no saberlo. No pienso permitir otros cinco.

Después me miró.

—Nuestros padres intentaron comprometernos. Ethan rechazó el acuerdo inmediatamente.

Señaló a Ethan.

—Este idiota pasó meses buscándote.

Luego me señaló a mí.

—Y tú desapareciste sin preguntarle nada.

—Charlotte.

—¿Qué? Estoy cansada de ser la villana de una historia romántica en la que ni siquiera participé.

Tomó su bolso.

Antes de salir, se volvió hacia mí.

—Por cierto, nunca estuve enamorada de Ethan.

Sonrió.

—Mi novia habría tenido bastantes problemas con eso.

Y se marchó.

Me quedé completamente inmóvil.

Ethan cerró los ojos.

Yo no pude evitarlo.

Empecé a reír.

Primero suavemente.

Después hasta que me dolió el estómago.

—¿Qué es tan gracioso?

—Arruiné cinco años de mi vida por un compromiso que ni siquiera existía.

Ethan no se rio.

—También arruinaste cinco años de los míos.

Eso acabó con mi sonrisa.

—Lo sé.

Me acerqué.

—Lo siento.

Él permaneció en silencio.

—No espero que volvamos a ser lo que éramos —continué—. Solo quiero que sepas que nunca dejé de quererte porque apareciera otra persona.

Respiré hondo.

—Me fui porque pensé que yo era la otra persona.

Algo cambió en sus ojos.

Ethan abrió un cajón.

Sacó una pequeña caja.

Mi corazón se aceleró.

—No puede ser.

—Tranquila.

La abrió.

Dentro no había un anillo.

Había una vieja memoria USB.

La reconocí inmediatamente.

Era la que usábamos durante nuestros torneos de eSports.

En ella yo había escrito con marcador:

“Ethan pierde aquí.”

Me reí.

—Nunca cambiaste.

—Tú tampoco.

La colocó sobre la mesa.

—La entrevista final tampoco fue una coincidencia, Sofía.

Lo miré.

—¿Qué?

—Vi tu nombre entre los candidatos dos semanas antes.

—¿Y no dijiste nada?

—Quería saber si volverías a huir cuando me vieras.

—¿Por eso ofreciste quinientos mil?

—No.

Su expresión volvió a ser la del CEO.

—Ese salario te lo ganaste tú.

Después añadió:

—Pero preguntarte cuándo pensabas casarte sí fue personal.

—Eso imaginé.

Por fin sonrió.

Aquella sonrisa que llevaba cinco años intentando olvidar.

—Entonces voy a hacerte otra pregunta personal.

—¿Cuál?

—Cuando termine tu periodo de prueba, ¿aceptarías cenar conmigo?

Lo pensé teatralmente.

—Depende.

—¿De qué?

—¿Habrá pollo frito?

Ethan soltó una carcajada.

—Todo el que quieras.

Se dirigió hacia la puerta, pero antes de abrirla me volví hacia él.

—Ethan.

—¿Sí?

—Esta vez no voy a desaparecer.

Su expresión se suavizó.

—Bien.

Abrió la puerta.

—Porque esta vez, si huyes, sé exactamente dónde trabajas.

Y así descubrí que había regresado del extranjero buscando empezar una vida completamente nueva.

Lo que nunca imaginé era que, para conseguirla, primero tendría que regresar al hombre del que había huido por una mentira.

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