PARTE 2: AHORA ELLOS ME NECESITABAN

Pensé que se marcharían después de comprar las flores.

Me equivoqué.

Gu Yanzhou sostuvo el ramo de trescientos ochenta yuanes, pero ninguno de los dos se movió.

Su Hang seguía mirándome.

—Su Yan, papá está enfermo.

Mis manos se detuvieron sobre el mostrador.

Solo un instante.

—Lo siento —respondí—. Pero aquí vendemos flores, no medicamentos.

Su Hang apretó la mandíbula.

—¿De verdad tienes que hablarnos así?

Levanté los ojos.

—¿Cómo quieres que te hable?

—Soy tu hermano.

Aquello me hizo sonreír.

—Hace seis años dijiste que la familia Su ya no tenía una hija llamada Su Yan.

Su rostro palideció.

La señora Zhang, que seguía junto a su tienda, dejó de fingir que no escuchaba.

Gu Yanzhou habló finalmente.

—Hang, vámonos.

Su Hang no le hizo caso.

—Papá quiere verte.

—Yo no quiero verlo.

—Puede que no le quede mucho tiempo.

Esta vez sí sentí algo.

No tristeza.

No alegría.

Solo el eco distante de una vida que ya no me pertenecía.

Seis años atrás habría corrido hasta Beicheng por una sola llamada de mi padre.

Pero aquella Su Yan había desaparecido la noche en que me echaron de casa.

Todo comenzó con una mujer llamada Su Qing.

La hija de la segunda esposa de mi padre.

La niña dulce, frágil y obediente que todos preferían proteger.

Cuando desapareció un documento confidencial de la empresa familiar, las cámaras mostraron a alguien entrando en el despacho de mi padre con mi abrigo.

Su Qing juró haberme visto allí.

Su Hang me llamó ladrona.

Mi padre me dio una bofetada.

Y Gu Yanzhou rompió nuestro compromiso delante de todos.

Nadie preguntó por qué una supuesta ladrona habría dejado que una cámara grabara perfectamente su rostro.

Nadie investigó.

Porque condenarme era más fácil.

Aquella misma noche, Su Hang lanzó mi maleta fuera de la casa.

—No vuelvas.

Yo no volví.

Hasta hoy, tampoco había recibido una disculpa.

—Su Yan.

La voz de Gu Yanzhou me devolvió al presente.

Lo miré.

—¿Qué?

Sus dedos se cerraron alrededor del ramo.

—Descubrimos la verdad.

Sentí que el aire se volvía pesado.

—¿Qué verdad?

Su Hang respondió:

—Tú no robaste aquel documento.

Solté una risa breve.

—Eso ya lo sabía.

—Fue Su Qing.

Esta vez no dije nada.

—Encontramos una copia de seguridad de las cámaras —continuó—. Ella tomó tu abrigo y entró en el despacho. Después manipuló parte de las grabaciones.

Miré las hortensias junto a la ventana.

Había imaginado ese momento muchas veces.

En mis primeros meses lejos de Beicheng soñaba con que descubrirían la verdad.

Pensaba que mi padre vendría personalmente.

Que Su Hang me pediría perdón.

Que Gu Yanzhou diría que había cometido un error.

Y que yo regresaría.

Pero seis años eran demasiado tiempo.

Había aprendido a dormir sin esperar llamadas.

A enfermarme sin pedir ayuda.

A celebrar mis cumpleaños sola.

A construir una vida donde nadie pudiera expulsarme.

Y ahora habían llegado.

Demasiado tarde.

—Entiendo —dije.

Su Hang parpadeó.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

—¡Que reaccionaras!

Dejé las tijeras.

—Cuando me echaste de casa reaccioné.

Mi voz seguía tranquila.

—Lloré. Te supliqué que revisaras las cámaras. Te dije que era inocente.

Lo miré directamente.

—¿Recuerdas lo que respondiste?

Su Hang bajó la cabeza.

Yo sí lo recordaba.

—Dijiste: “Aunque fueras inocente, alguien como tú solo trae problemas”.

Su rostro perdió el color.

—Yan…

—No me llames así.

Gu Yanzhou dio un paso hacia mí.

—Yo también te debo una disculpa.

—No.

Se quedó inmóvil.

—No me debes una disculpa.

Por primera vez vi sorpresa en sus ojos.

—Me debías confianza hace seis años.

Se hizo un silencio absoluto.

—Una disculpa hoy no puede sustituirla.

Gu Yanzhou bajó lentamente el ramo.

—Nunca dejé de buscarte.

Lo miré con incredulidad.

—¿Durante seis años?

—Sí.

—Qué extraño.

Señalé la calle.

—Luxi aparece en cualquier mapa.

No respondió.

Entonces comprendí que aquella frase tampoco era completamente cierta.

Quizá me había buscado.

Pero no lo suficiente.

Y esa diferencia importaba.

Su Hang dejó una tarjeta sobre el mostrador.

—Papá está en el Hospital Central de Beicheng. Si cambias de opinión…

Tomé la tarjeta.

La rompí por la mitad.

Después otra vez.

Y la dejé en la papelera.

—No cambiaré de opinión.

Se marcharon poco después.

El Maybach desapareció por la carretera.

Pensé que aquello sería el final.

Pero tres días después llegaron cinco coches.

Esta vez bajaron abogados.

El principal me entregó una carpeta.

—Señorita Su, su padre ha transferido a su nombre el treinta y cinco por ciento de las acciones del Grupo Su.

No abrí la carpeta.

—Devuélvaselas.

—No podemos.

—¿Por qué?

El abogado guardó silencio.

—Porque el señor Su falleció esta madrugada.

Me quedé quieta.

Aquella noche cerré la tienda temprano.

Me senté entre las flores hasta que oscureció.

Lloré.

No por el padre que había muerto.

Lloré por el padre que había perdido seis años antes.

A la mañana siguiente compré un billete a Beicheng.

No regresé como hija.

Regresé como accionista.

La sala del consejo quedó en silencio cuando entré.

Su Hang estaba allí.

Gu Yanzhou también.

Y, al otro extremo de la mesa, Su Qing.

Cuando me vio, su taza cayó al suelo.

—Tú…

Me senté en el asiento que había pertenecido a mi padre.

—Buenos días.

Su Qing se puso pálida.

Su Hang colocó frente a mí varias carpetas.

La investigación había descubierto mucho más que aquel robo.

Durante años, Su Qing había desviado dinero de varias cuentas y falsificado autorizaciones.

El documento por el que me expulsaron había sido solo el principio.

—Podemos mantener esto dentro de la familia —dijo ella desesperadamente—. Somos hermanas.

La miré.

—Curioso.

—¿Qué?

—Todos recuerdan que somos familia cuando necesitan algo de mí.

Su Qing comenzó a llorar.

Seis años atrás, aquellas lágrimas habrían bastado para condenarme.

Esta vez nadie se movió.

Entregué los documentos a los abogados.

—Procedan legalmente.

—¡Su Yan!

Su Hang intentó intervenir.

Lo miré.

Se calló.

—No quiero venganza —dije—. Solo quiero que cada persona responda por lo que hizo.

Su Qing fue apartada de la empresa y las pruebas fueron entregadas a las autoridades correspondientes.

Yo conservé las acciones.

Pero rechacé el puesto de presidenta.

Todos quedaron sorprendidos.

—¿Entonces para qué regresaste? —preguntó Su Hang.

Miré por la enorme ventana hacia Beicheng.

—Para cerrar una puerta correctamente.

Regresé a Luxi aquella misma semana.

Gu Yanzhou me siguió.

Entró en mi tienda justo antes de cerrar.

Esta vez llegó solo.

Sin traje.

Sin Maybach.

Sin aquella expresión arrogante.

Colocó algo sobre el mostrador.

Era la antigua caja de nuestro anillo de compromiso.

—Lo guardé seis años.

No la abrí.

—Gu Yanzhou.

—Déjame terminar.

Respiró profundamente.

—No espero que volvamos. Solo quiero que sepas que fui un cobarde. Cuando todos te acusaron, elegí creer la versión que menos problemas me causaba.

Sus ojos estaban rojos.

—Y perdí a la persona que más debía haber protegido.

Lo observé durante unos segundos.

Después empujé la caja hacia él.

—Por fin has dicho algo verdadero.

Bajó la mirada.

—¿No existe ninguna posibilidad?

Sonreí.

—Sí existe.

Levantó los ojos.

—La posibilidad de que algún día te perdone.

Hice una pausa.

—Pero perdonarte no significa regresar contigo.

Se quedó inmóvil.

Finalmente tomó la caja.

Antes de salir, preguntó:

—¿Eres feliz aquí?

Miré mi pequeña tienda.

Las hortensias junto a la puerta.

El viejo ventilador.

La silla donde la señora Zhang se sentaba cada tarde.

Todo aquello que había construido cuando no tenía nada.

—Mucho.

Gu Yanzhou asintió.

Y se marchó.

Meses después, Su Hang volvió.

Compró flores.

No mencionó Beicheng.

No me pidió regresar.

Simplemente eligió un ramo de margaritas y preguntó:

—¿Cuánto cuesta?

—Doscientos ochenta.

Pagó.

Cuando estaba saliendo, lo llamé.

—Su Hang.

Se volvió inmediatamente.

Le entregué una pequeña rama de gypsophila que había sobrado.

—Esto es gratis.

Sus ojos se humedecieron.

No dijimos nada más.

Quizá algún día podríamos aprender a ser hermanos.

Quizá no.

Ya no necesitaba saberlo.

Aquella tarde cambié el pequeño cartel frente a la tienda.

Debajo de “Sin Problemas”, añadí una frase:

“Las flores no pueden cambiar el pasado, pero siempre pueden florecer después de una tormenta.”

Seis años atrás salí de Beicheng con una maleta y unas pocas monedas.

Creí que lo había perdido todo.

Ahora entendía que aquella expulsión también me había obligado a descubrir algo.

Una casa no es el lugar donde comparten tu apellido.

Una casa es el lugar donde no tienes que suplicar para que crean en ti.

Cerré la tienda al caer la noche.

La señora Zhang me esperaba con dos cuencos de gelatina fría.

—Xiao Su, ¿hoy vendiste bien?

Me senté a su lado.

—Bastante bien.

—¿Volverán esos hombres ricos?

Pensé un momento.

Después sonreí.

—Tal vez.

Ella me dio un codazo.

—Si vuelven, cóbrales más.

Solté una carcajada.

—Buena idea.

Miré el camino por donde el Maybach había desaparecido semanas atrás.

Y por primera vez no sentí nada.

Ni rabia.

Ni nostalgia.

Ni ganas de regresar.

Solo paz.

La misma paz por la que había llamado a mi floristería “Sin Problemas”.

Porque algunas personas regresan a tu vida esperando encontrar a la mujer que abandonaron.

Pero, después de seis años, aquella mujer ya no estaba allí.

En su lugar había alguien que finalmente había aprendido a florecer sola.

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