Teresa cruzó los brazos.
—Dime, Nicolás. ¿Qué ocurrió hace dos años?
Mariana apretó mi brazo con tanta fuerza que entendí el mensaje.
No respondas.
Mamá Meche miró a su hija.
—Teresa, déjalos tranquilos.
—No, mamá. Si este hombre es realmente su esposo, debe saberlo.
Teresa clavó los ojos en mí.
—Debe saber por qué Mariana desapareció seis meses y regresó sin trabajo, sin apartamento y sin querer hablar con nadie.
Miré a Mariana.
Sus ojos estaban húmedos.
—Mamá, basta.
—¿También le contaste quién pagó tus deudas?
La expresión de Mariana cambió.
—No fueron mis deudas.
Teresa soltó una risa amarga.
—Claro.
Entonces Mamá Meche golpeó suavemente el brazo de su silla.
—¿Qué deudas?
Silencio.
Teresa palideció.
Mariana también.
Y comprendí algo.
La anciana tampoco conocía aquella historia.
—Marianita —preguntó—, ¿qué pasó?
Mariana cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, dejó de fingir.
—Hace dos años mi hermano Andrés utilizó mis datos para pedir préstamos.
Teresa reaccionó inmediatamente.
—¡Tu hermano estaba desesperado!
—Pidió dinero a mi nombre, mamá.
—Quería salvar su negocio.
—Falsificó mi firma.
Mamá Meche se quedó inmóvil.
Mariana continuó:
—Cuando descubrí todo, debía casi novecientos mil pesos.
—Andrés prometió devolverlos.
—Pero desapareció.
—Y mamá me pidió que no denunciara porque podía ir a prisión.
Teresa bajó la voz.
—Es tu hermano.
—Y yo era tu hija.
Aquella frase dejó el aeropuerto en silencio.
Mariana respiró profundamente.
—Vendí mi coche. Perdí mi apartamento. Trabajé en dos lugares. Durante casi dos años pagué una deuda que jamás pedí.
Mamá Meche miró a Teresa.
—¿Tú sabías?
Teresa no respondió.
Eso bastó.
La anciana comenzó a llorar.
—¿Y me dijiste que Mariana estaba viajando por trabajo?
—Mamá, estabas enferma. No quería preocuparte.
—No.
Mamá Meche negó lentamente.
—No querías que supiera lo que hizo Andrés.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Teresa me señaló.
—¿Y ahora aparece este hombre justo cuando todo está solucionado?
Mariana soltó mi brazo.
—No está solucionado.
Sacó el teléfono.
—Esta mañana recibí otra notificación.
Abrió un correo.
Su hermano había intentado utilizar nuevamente sus datos.
Por eso estaba llorando cuando me encontró.
No por la visita de su abuela.
No solamente.
Estaba aterrorizada porque la pesadilla acababa de empezar otra vez.
Teresa intentó quitarle importancia.
—Seguro fue un error.
—No.
Mariana negó.
—Esta vez voy a denunciar.
—¡Mariana!
—Se acabó.
Teresa dio un paso hacia ella.
—Si haces eso, destruyes a tu hermano.
Mariana retrocedió.
Y sin pensarlo, me coloqué a su lado.
No como esposo.
Simplemente como la única persona allí que parecía dispuesta a permitirle decir que no.
Teresa me miró con desprecio.
—Tú no eres familia. No te metas.
Entonces Mamá Meche respondió:
—Quizá precisamente por eso es el único que está escuchándola.
Teresa quedó muda.
Anunciaron el vuelo hacia Monterrey.
Quedaban pocos minutos.
Mamá Meche tomó las manos de Mariana.
—Prométeme que esta vez vas a protegerte.
—Te lo prometo.
Después me miró.
Sentí culpa.
Aquella mujer seguía creyendo nuestra mentira.
Decidí que no podía dejarla marcharse así.
—Mamá Meche…
Mariana comprendió inmediatamente.
—Nicolás, no.
Pero continué.
—Tengo que decirle algo.
Me quité la argolla.
Mariana bajó la cabeza.
—No soy su esposo.
La anciana parpadeó.
Teresa abrió la boca, triunfante.
—¡Lo sabía!
Pero Mamá Meche levantó una mano.
—Déjalo terminar.
Le expliqué todo.
El aeropuerto.
Los cuarenta minutos.
Mi boda cancelada.
La petición desesperada de Mariana.
Cuando terminé, esperaba decepción.
En cambio, Mamá Meche empezó a reír.
—Entonces eres todavía más tonto de lo que pensaba.
La miré sorprendido.
—¿Perdón?
—Una desconocida te pidió cuarenta minutos y aceptaste.
Me tomó la mano.
—Eso también dice algo de un hombre.
Después miró a Mariana.
—Pero tú ya no necesitas inventarte un marido para demostrarme que estás bien.
Su sonrisa desapareció.
—Necesitas dejar de sacrificarte para demostrarle a tu madre que eres una buena hija.
Teresa bajó la mirada.
Mamá Meche fue llevada hacia la puerta de embarque.
Antes de desaparecer, se giró.
—¡Nicolás!
—¿Sí?
—Devuélvete esa argolla al bolsillo.
—Todavía no encontraste a quien corresponde.
Por primera vez desde que Daniela me había abandonado, me reí de verdad.
Mariana y yo caminamos hacia la salida.
Ya no fingíamos tocar nuestras manos.
Ya no había matrimonio.
Ni historia inventada.
Solo dos desconocidos después de cuarenta minutos demasiado extraños.
—Perdón —dijo ella—. No debí meterte en esto.
—Yo acepté.
—¿De verdad te dejaron ocho días antes de tu boda?
Asentí.
—¿Y todavía llevabas el anillo?
—Supongo que todavía no sabía qué hacer con él.
Mariana miró hacia las puertas automáticas.
—Yo llevo dos años pagando por algo que tampoco hice.
Sonreí ligeramente.
—Entonces ambos tenemos problemas para soltar cosas que otros nos dejaron.
Ella soltó una pequeña carcajada.
Su teléfono vibró.
Otro aviso relacionado con su hermano.
Esta vez Mariana no tembló.
Marcó un número.
—Quiero presentar una denuncia por suplantación y fraude.
Teresa, varios metros detrás, gritó su nombre.
Mariana no se volvió.
Continuó hablando.
Y yo comprendí finalmente qué verdad habían revelado aquellos cuarenta minutos.
Mariana no necesitaba un esposo falso.
Necesitaba dejar de proteger a la familia que llevaba dos años sacrificándola.
Y yo tampoco necesitaba recuperar a la mujer que me había abandonado ocho días antes de nuestra boda.
Me quité la argolla.
La guardé definitivamente en el bolsillo.

Después acompañé a Mariana hasta que terminó aquella llamada.
Cuarenta minutos antes, éramos dos desconocidos fingiendo un matrimonio.
Cuando las puertas del aeropuerto se abrieron frente a nosotros, seguíamos siendo desconocidos.
Pero por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos estaba fingiendo que su vida estaba bien.