PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE PERSEGUIRLO

Adrián llegó a mi apartamento cuarenta minutos después.

Primero intentó abrir con su llave.

Una vez.

Dos veces.

Después golpeó la puerta.

—¡Emily! Sé que estás dentro.

No respondí.

—Abre. Tenemos que hablar.

Mi teléfono comenzó a vibrar.

Cinco llamadas.

Nueve mensajes.

El último decía:

No puedes terminar cuatro años de relación de esta manera.

Lo curioso era que sí podía.

Él me había enseñado exactamente cómo hacerlo.

Sin escenas.

Sin preguntas.

Sin perseguir a nadie.

A la mañana siguiente encontré a Clara esperándome frente al edificio.

Sostenía el famoso labial rojo.

—Adrián me contó lo ocurrido.

—Entonces ya sabes que terminamos.

Clara sonrió con incomodidad.

—Creo que hubo un malentendido.

—No lo hubo.

Intentó entregarme el labial.

—Yo realmente lo dejé en su coche.

—Lo sé.

—Pero Adrián no te contó todo.

Eso consiguió detenerme.

Clara bajó la voz.

—Él me pidió que lo dejara.

La miré fijamente.

—¿Qué?

—Llevaba semanas diciéndome que estabas diferente. Que ya no preguntabas dónde estaba ni parecías celosa.

Sentí una presión fría en el pecho.

—¿Y eso le preocupaba?

—Muchísimo.

Clara sacó su teléfono.

—Mira.

Me mostró varios mensajes.

Adrián: Déjalo en el copiloto.

Clara: Esto parece infantil.

Adrián: Solo quiero comprobar si todavía le importo.

Había otro.

Adrián: Si no reacciona, significa que probablemente ya está pensando en irse.

Casi me reí.

Todo aquel tiempo yo había pensado que estaba reconstruyendo nuestra relación.

Adrián estaba midiendo cuánto miedo seguía teniendo de perderlo.

—¿Por qué me enseñas esto?

Clara bajó los ojos.

—Porque ayer me pidió otra cosa.

Me mostró el último mensaje.

Adrián: Dile que entre nosotros pasó algo. Necesito que reaccione.

Entonces entendí.

Ni siquiera después de que me marchara había comprendido.

Seguía intentando provocarme.

Le devolví el teléfono.

—Gracias.

Esa tarde cambié mi número.

Durante dos semanas, Adrián buscó maneras de llegar hasta mí.

Flores.

Correos.

Mensajes a través de amigos.

Incluso apareció frente a mi trabajo.

—Emily, dame cinco minutos.

Seguí caminando.

Él se puso delante.

—Clara me contó que habló contigo.

—Sí.

Su rostro palideció.

—Puedo explicarlo.

—No necesito otra explicación.

—¡Cometí un error!

Por primera vez, levantó la voz.

Varias personas nos miraron.

Yo permanecí tranquila.

Aquello pareció desesperarlo todavía más.

—¿Por qué no estás enfadada?

Lo miré.

La pregunta era casi perfecta.

—Porque ya no necesito que entiendas por qué me fui.

Adrián se quedó inmóvil.

—Te amo.

Durante años habría dado cualquier cosa por escucharlo decir aquellas palabras con ese miedo en los ojos.

Ahora llegaron demasiado tarde.

—Quizá —respondí—. Pero te gustaba más sentirte necesario que hacerme sentir querida.

Su rostro cambió.

Pasé junto a él.

Esta vez no intentó detenerme.

Tres meses después supe por amigos comunes que Adrián y Clara nunca estuvieron juntos.

Eso confirmó algo todavía más triste.

No me había perdido por otra mujer.

No existía una gran amante.

No había una historia secreta capaz de explicar nuestros problemas.

Solo existía un hombre que necesitaba comprobar constantemente cuánto poder tenía sobre la persona que decía amar.

Y cuando finalmente dejé de darle ese poder, entró en pánico.

Una noche encontré el viejo anillo que Adrián me había regalado durante nuestro primer aniversario.

Lo sostuve entre los dedos.

Antes representaba una promesa.

Después se convirtió en una cadena.

Lo guardé dentro de una caja y cerré el cajón.

No lo tiré.

Tampoco lo conservé por nostalgia.

Lo conservé para recordar algo mucho más importante:

Yo había pasado años intentando convertirme en la mujer perfecta para que Adrián pudiera amarme.

Al final descubrí que no necesitaba corregir todos mis defectos.

Solo necesitaba corregir un error.

Seguir regresando a él.

Y esa fue la única cosa que jamás volví a hacer.

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