PARTE 2: DEMASIADO TARDE

Adrian no me siguió inmediatamente.

Quizá porque todavía creía que era una amenaza.

Que al día siguiente volvería.

Que, como siempre, terminaría entendiendo sus razones.

Se equivocó.

Esa misma noche regresé a la casa donde habíamos vivido cuatro años y preparé dos maletas.

No toqué nada suyo.

Solo recogí lo que todavía me pertenecía.

En el fondo del armario encontré mis antiguas zapatillas de baile.

Las sostuve durante varios segundos.

Después de mi lesión, había dejado de bailar.

También había rechazado una oferta para enseñar en una academia de danza en París porque Adrian no quería que viviéramos separados.

Aquella noche escribí a la directora.

“¿La oferta sigue disponible?”

La respuesta llegó quince minutos después.

“Siempre hubo un lugar para ti.”

Por primera vez en años, lloré.

Pero no por Adrian.

A la mañana siguiente, él apareció.

—¿Qué significa esto?

Miró las maletas.

—Me voy.

Adrian soltó una pequeña risa incrédula.

—Nora, deja de dramatizar. Elena solo llevará el broche durante estos meses.

—No estoy hablando del broche.

—Entonces, ¿de qué?

Lo miré.

—De que ayer alguien me llamó una amiga de la familia y mi esposo de cuatro años permaneció en silencio.

—Exesposo —corrigió automáticamente.

El silencio que siguió fue casi perfecto.

Adrian comprendió su error demasiado tarde.

—No quise decir…

—Precisamente.

Tomé la maleta.

—Ya no tienes que explicarme nada.

Su teléfono vibró.

Vi de reojo el nombre de Elena.

Adrian rechazó la llamada.

—¿Adónde vas?

—Eso dejó de ser asunto tuyo cuando firmamos.

Por primera vez apareció verdadero miedo en sus ojos.

—Nora, tenemos un acuerdo.

—Tú tienes un recordatorio en el calendario.

Abrí la puerta.

—Nunca tuviste mi promesa.


Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos.

Adrian escribía.

Yo no respondía.

Mandaba flores.

Las devolvía.

El día treinta me llamó desde otro número.

—¿Todavía estás enfadada?

—No.

—Entonces podemos hablar.

—No estar enfadada no significa querer regresar.

Colgué.

El día cincuenta, Elena anunció públicamente una colaboración entre las familias Foster y Hayes.

El día sesenta y tres, Adrian descubrió que yo había vendido mi participación en el apartamento que compramos juntos.

El día setenta, mi rehabilitación había avanzado lo suficiente para volver a una sala de danza.

Y el día ochenta y nueve recibí el contrato definitivo de París.

Lo firmé.

Entonces llegó el día cien.

A las dos en punto de la tarde, mi antiguo teléfono emitió una alarma.

“Volver a casarme con Adrian.”

La miré durante unos segundos.

Después la eliminé.

Al mismo tiempo, alguien llamó a la puerta.

Adrian estaba allí.

Traje oscuro.

Flores.

Y una pequeña caja de terciopelo.

Sonrió como si los últimos cien días hubieran sido simplemente una espera incómoda.

—Se acabó.

—¿Qué cosa?

Su sonrisa vaciló.

—Los cien días.

Sacó la caja.

—Podemos volver a casarnos.

Lo observé sin responder.

Entonces vio las maletas detrás de mí.

—¿Vas de viaje?

—Sí.

—¿Cuándo vuelves?

—No vuelvo.

Su rostro cambió.

Le mostré el billete.

París.

Solo ida.

—Acepté un puesto en una academia.

Adrian miró el papel como si estuviera escrito en otro idioma.

—Pero hoy íbamos a registrarnos otra vez.

—Tú ibas.

—Nora…

—Te lo dije hace noventa y siete días.

Su voz se quebró ligeramente.

—Pensé que terminarías calmándote.

Sonreí.

Ahí estaba.

El verdadero problema.

Nunca había pensado que pudiera perderme.

Solo había calculado cuánto tardaría en perdonarlo.

Entonces sonó mi teléfono.

Era la directora de la academia.

—Señora Bennett, el automóvil está abajo. También tenemos confirmada su primera presentación pública.

Adrian levantó bruscamente la cabeza.

—¿Presentación?

Asentí.

Pero la mujer añadió algo que ninguno de los dos esperaba.

—Y la Fundación Foster confirmó esta mañana que financiará todo su programa de regreso a los escenarios.

Me quedé inmóvil.

Adrian también.

—¿La Fundación Foster? —pregunté.

—Sí. La autorización lleva la firma personal del presidente.

Adrian palideció.

Porque el presidente de la Fundación Foster no era él.

Era su abuelo.

El mismo hombre por cuya salud Adrian aseguraba haber organizado nuestro divorcio.

Y junto al contrato había una nota escrita a mano:

“Nora, nunca te pedí que abandonaras a mi nieto. Mucho menos que permitieras que te reemplazara.”

Levanté lentamente los ojos.

Adrian ya había entendido.

Durante cien días había utilizado a su abuelo como excusa.

Ahora tendría que explicarnos a ambos quién había pedido realmente aquel divorcio.

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