Verónica no condujo muy lejos.
Se estacionó frente a un hotel, respiró hondo y llamó a una sola persona.
—Laura.
—¿Sí, licenciada?
—Cancela todas las tarjetas adicionales.
Silencio.
Después la voz de su asistente recuperó la calma profesional.
—¿Incluyendo las de la señora Ofelia?
—Especialmente esa.
—¿También las cuentas vinculadas a la casa de Bosques?
Verónica miró por el espejo retrovisor la marca roja que Mauricio había dejado en su mejilla.
—Todas.
No quiero que salga un peso más.
—Entendido.
Cinco minutos después llegó la primera notificación.
Tarjeta terminación 4821 cancelada.
Segunda.
Tarjeta terminación 7716 cancelada.
Tercera.
Acceso bancario suspendido.
Verónica sonrió por primera vez aquella noche.
Mientras tanto, en la mansión, Ofelia seguía recibiendo felicitaciones.
Le mostró orgullosa a sus amigas el collar nuevo que acababa de comprar.
—Mi hijo siempre me consiente.
En ese instante intentó pagar otra pulsera.
La terminal emitió un sonido seco.
TRANSACCIÓN RECHAZADA.
La vendedora volvió a intentarlo.
El mismo resultado.
—Debe ser un error.
Ofelia sacó otra tarjeta.
También rechazada.
Frunció el ceño y llamó a Mauricio.
—Hijo, el banco está fallando.
Mauricio todavía seguía en la mansión, presumiendo frente a sus primos.
—Era cuestión de tiempo.
Una mujer así solo trae problemas.
Su teléfono sonó.
Contestó con fastidio.
Cinco minutos después ya no sonreía.
Entró a la aplicación bancaria.
Todas las cuentas aparecían bloqueadas.
—¿Qué demonios…?
Intentó transferir dinero.
Operación no autorizada.
Probó otra cuenta.
Lo mismo.
Su contador también llamó.
—Licenciado…
Tenemos un problema.
Los pagos de nómina fueron rechazados.
—¿Cómo que rechazados?
—La línea de crédito desapareció.
Mauricio sintió un vacío en el estómago.
Aquella línea siempre había estado disponible.
Nunca preguntó quién la garantizaba.
A las ocho de la mañana siguiente sonó el timbre.
Ofelia abrió convencida de que era el banco.
No lo era.
Tres personas esperaban en la entrada.
Una mujer con traje oscuro.
Dos actuarios judiciales.
—Buenos días.
¿La señora Ofelia Alcázar?
Ella levantó la barbilla.
—Sí.
La abogada mostró una carpeta.
—Venimos a notificar una medida cautelar sobre esta propiedad.
Mauricio apareció detrás.
—¿Qué significa eso?
La abogada levantó la escritura certificada.
—Que la señora Verónica Salas es la única propietaria legal de esta residencia.
Toda la familia quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
Gritó Mauricio.
—Esta casa era de mi padre.
La abogada abrió la escritura.
—No.
Su padre hipotecó esta propiedad hace años.
Fue adquirida posteriormente por la empresa Salas Holdings.
Seis meses antes de su matrimonio.
Ofelia comenzó a negar con la cabeza.
—No…
Eso no puede ser.
—Puede solicitar una copia en el Registro Público.
Aquí está la inscripción.
Le entregó el documento.
El nombre del propietario aparecía claramente.
Verónica Salas.
Mauricio sintió que las piernas le fallaban.
—Entonces…
¿Quién pagaba todo?
La abogada sonrió con profesionalidad.
—Durante cuatro años, la señora Salas cubrió íntegramente los gastos de esta casa.
Hipoteca.
Predial.
Personal doméstico.
Chofer.
Club social.
Seguros.
Medicamentos.
Y también los ciento ochenta mil pesos mensuales utilizados por la señora Ofelia.
El silencio fue absoluto.
Los tíos comenzaron a mirarse entre sí.
Nadie se atrevía a hablar.
Entonces llegó el golpe definitivo.
La abogada sacó otra carpeta.
—También venimos por la empresa Constructora Alcázar.
Mauricio levantó la vista.
—¿Qué tiene mi empresa?
—Los préstamos que evitaron su quiebra pertenecen a Salas Holdings.
Nunca fueron donaciones.
Fueron créditos.
Y vencen hoy.
Mauricio abrió la carpeta con manos temblorosas.
La cifra hizo que el color desapareciera de su rostro.
Más de cuarenta millones de pesos.
Con intereses.
Pagaderos de inmediato.
—No puedo pagar eso…
Murmuró.
—Lo sabemos.
Respondió la abogada.
Por eso mi clienta presentó anoche una demanda de cobro mercantil.
Si no liquida la deuda, comenzará el embargo correspondiente.
Ofelia dejó caer la escritura.
—¿Nos va a quitar la casa?
La abogada negó lentamente.
—No.
La señora Salas nunca se la quitó.
Simplemente decidió dejar de prestársela.
En ese momento un automóvil negro se detuvo frente a la entrada.
Verónica descendió con un traje blanco impecable.
La marca de la bofetada seguía visible.
Caminó hasta quedar frente a Mauricio.
Él bajó la cabeza por primera vez.
—Verónica…
Podemos hablar.
Ella sostuvo su mirada unos segundos.

Después respondió con absoluta serenidad.
—Ayer me echaste de mi casa delante de dieciocho personas.
Hoy solo vine a pedirles que abandonen la propiedad antes de las seis de la tarde.
Hizo una breve pausa.
—Y no olviden las llaves.
Esta vez sí pertenecen a la dueña.