Sentí que el alma abandonaba mi cuerpo.
—¿Mi voz? —pregunté, fingiendo sorpresa—. Debes confundirme con alguien.
Nathan no respondió.
Mia apareció entre nosotros y me tomó del brazo.
—Ignóralo. Interroga a todo el mundo como si siguiera en el hospital.
Durante la cena hice todo lo posible por no hablar.
Nathan tampoco hablaba mucho.
Solo me observaba.
Cada vez que levantaba la cabeza, sus ojos ya estaban sobre mí.
Hasta que Mia fue a buscar el postre.
Me quedé sola con él.
Error fatal.
Nathan dejó los cubiertos.
—Sophie Xu.
Mi espalda se tensó.
—¿Sí?
—¿Juegas videojuegos?
Casi me atraganté.
—No.
—Qué curioso.
Sacó el teléfono.
—Porque conocí a una chica llamada Sophie Xu que también decía muchas cosas que no eran verdad.
Me levanté inmediatamente.
—Voy a ayudar a Mia.
Nathan habló antes de que pudiera escapar.
—Refresco de pera.
Me congelé.
Nadie excepto él conocía aquel nombre.
Giré lentamente.
Nathan estaba mirándome con una expresión imposible de descifrar.
—Tú…
—Veintiséis años —continuó—. Muy madura. Muy segura.
Quise desaparecer debajo de la mesa.
—Puedo explicarlo.
—¿Qué parte?
Se levantó.
—¿La edad falsa o desaparecer después de tres meses?
—¡Tenía miedo!
Nathan arqueó una ceja.
—Eso sí me lo creo.
Justo entonces regresó Mia.
—¿Qué está pasando?
Los dos respondimos al mismo tiempo.
—Nada.
Mia nos miró alternativamente.
—Eso ha sonado exactamente como algo.
Agarré mi bolso.
—Tengo que irme.
Pero antes de llegar a la puerta, Nathan dijo:
—Mia, acompáñala.
Respiré aliviada.
Hasta que añadió:
—Está lloviendo. Yo conduciré.
Veinte minutos después estaba atrapada en el asiento trasero del coche de mi exnovio virtual mientras Mia hablaba alegremente delante.
Entonces su teléfono sonó conectado al sistema del vehículo.
En la pantalla apareció un nombre.
Daylight.
Mi corazón se detuvo.
Pero Nathan no estaba llamando.
La llamada entraba desde otro teléfono.
Nathan miró la pantalla.
Su expresión cambió por primera vez.
Contestó.
—¿Qué quieres?
Una voz masculina salió por los altavoces.
—Solo avisarte de que alguien volvió a entrar en tu antigua cuenta.
Nathan frenó suavemente ante un semáforo.
—¿Quién?
—Refresco de pera.
Se me helaron las manos.
Yo había eliminado aquella cuenta meses atrás.

Nathan levantó lentamente los ojos hacia el espejo retrovisor.
Nuestras miradas se encontraron.
Y entonces el desconocido añadió:
—Nathan… está conectada ahora mismo.