Doña Carmen dejó la taza sobre la mesa.
—Ese acuerdo lo firmó Mateo cegado por la culpa. No significa que debas aprovecharte.
Sonreí ligeramente.
—Su hijo decidió quedarse con Valeria. Yo decidí quedarme con lo que él ofreció. No veo el problema.
Su expresión se endureció.
—Dos de esas propiedades fueron compradas durante el matrimonio.
—Exactamente. Durante nuestro matrimonio.
—Clara, no seas codiciosa.
Aquella palabra casi me hizo reír.
Durante seis años había administrado aquella familia, acompañado a Mateo durante cada ascenso y renunciado a oportunidades profesionales para adaptarme a sus horarios.
Ahora resultaba que aceptar un acuerdo escrito por él mismo me convertía en codiciosa.
Me levanté.
—Si Mateo quiere modificar algo, que lo discuta con mi abogado.
Doña Carmen también se puso de pie.
—Hay algo que todavía no sabes.
Me detuve.
Ella abrió su bolso y sacó un sobre médico.
—Antes de casarte con Mateo, nuestra familia hizo una serie de estudios.
Fruncí el ceño.
—¿Qué estudios?
Deslizó un documento hacia mí.
Vi mi nombre.
Luego el membrete del hospital donde Mateo trabajaba.
La fecha era de siete años atrás.
—¿Por qué existe un informe médico mío que nunca autoricé?
Doña Carmen guardó silencio.
Leí las primeras líneas y sentí que el estómago se me cerraba.
Entonces comprendí por qué, durante seis años, Mateo había evitado hablar seriamente de tener hijos.
Levanté la mirada.
—¿Él sabía de esto?
Doña Carmen no tuvo tiempo de responder.
La puerta del reservado se abrió.

Mateo estaba allí.
Y por la expresión de su rostro supe que sí.
Lo sabía desde antes de nuestra boda.