No encendí el teléfono hasta la mañana siguiente.
Había diecinueve llamadas de Ethan.
Y un mensaje distinto a los demás:
“Claire, Olivia dice que tú hipotecaste su casa.”
Solté una risa.
Ethan seguía sin entenderlo.
Yo nunca había hipotecado nada suyo.
Hawthorne Lane había sido utilizada como garantía dos años antes, cuando Ethan me pidió firmar unos documentos para “salvar una inversión”.
Lo que nunca me contó fue que aquella inversión era la casa de Olivia.
Mi abogada lo descubrió semanas antes del divorcio.
Peor aún: Ethan había registrado parte de la operación a su propio nombre sin explicarme dónde terminaría el dinero.
Por eso no discutí por nuestra casa.
No necesitaba hacerlo.
Ya tenía copias de todo.
Entonces llegó otro mensaje:
“Olivia me acusa de haber usado su propiedad para sacar dinero. Llámame.”
No respondí.
Esa misma tarde, Ethan apareció en Hawthorne Lane.
Yo había regresado unas horas antes.
Cuando abrí la puerta, parecía no haber dormido.
—Sabías todo —dijo.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de firmar el divorcio.
Su rostro se endureció.
—Entonces me tendiste una trampa.
Negué con la cabeza.
—Tú firmaste esos documentos dos años antes de que yo supiera de Olivia. Yo solamente dejé de protegerte de tus propias decisiones.
Ethan permaneció callado.
Entonces sacó una carpeta.
—Hay algo peor.
La dejó frente a mí.
—La firma que autorizó usar Hawthorne Lane como garantía no es la tuya.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Qué?
Ethan levantó la mirada.
—Yo tampoco la firmé.
Abrí la carpeta.
En la última página aparecía una autorización con mi nombre.
Una falsificación casi perfecta.
Y debajo figuraba el nombre del notario que había certificado la operación.
Lo reconocí inmediatamente.
Era el padre de Olivia.

Ethan respiró hondo.
—Claire… creo que Olivia no empezó conmigo porque quisiera quitarte a tu marido.
Señaló Hawthorne Lane.
—Creo que se acercó a mí porque quería esta casa.