PARTE 2: LA TRAMPILLA BAJO LA CASA

Las sirenas todavía estaban lejos.

Yo seguía arrodillada frente a aquella vieja tapa de madera.

Mis dedos temblaban mientras acariciaban las cuatro palabras grabadas con violencia.

“Mamá, yo estuve aquí.”

No era una broma.

Conocía la letra de Lucy.

Había visto aquellos mismos trazos cientos de veces en sus cuadernos de primaria.

Eric dio un paso hacia mí.

—Claire… no abras eso.

Lo miré.

Durante cinco años nunca había suplicado.

Ahora sí.

Eso bastó para confirmarlo todo.

El perro comenzó a ladrar desesperadamente.

Golpeaba la trampilla con las patas una y otra vez.

Melissa observaba a Eric como si estuviera viendo a un desconocido.

—¿Qué hay ahí abajo?

Él no respondió.

Intentó sujetarme del brazo.

Lo aparté de un empujón.

Justo entonces llegaron dos patrullas.

Los agentes entraron corriendo después de escuchar los gritos.

—¡Nadie se mueva!

Señalé la trampilla.

—Ábranla.

Eric perdió completamente el control.

Corrió hacia la puerta trasera.

No alcanzó a dar tres pasos.

El perro volvió a lanzarse sobre él y lo derribó.

Dos policías lo esposaron contra el suelo mientras seguía gritando.

—¡No pueden abrir eso!

Uno de los agentes retiró el candado oxidado.

Otro levantó lentamente la tapa.

Un olor húmedo y encerrado salió desde el fondo.

Una escalera descendía hacia un sótano oculto.

Los policías encendieron sus linternas.

Bajaron primero.

Yo intenté seguirlos.

Uno de ellos quiso detenerme.

—Señora, espere arriba.

Negué con la cabeza.

—Llevo cinco años esperando este momento.

Descendí.

El sótano era pequeño.

Había una cama vieja.

Una mesa infantil.

Libros para colorear.

Muñecas.

Ropa de diferentes tallas.

Como si alguien hubiera vivido allí durante mucho tiempo.

En una pared aparecían decenas de marcas hechas con lápiz.

Una línea por cada día.

Miles de líneas.

Mis piernas dejaron de sostenerme.

Entonces vi el dibujo.

Una niña había pintado una casa.

Un perro negro.

Y una mujer con el cabello largo sosteniendo su mano.

Debajo había escrito con letras infantiles:

“Mamá vendrá por mí.”

No pude contener el llanto.

Uno de los agentes abrió un pequeño armario.

Dentro encontró varias cajas.

En la primera había fotografías.

Lucy.

Con ocho años.

Con nueve.

Con diez.

Siempre dentro de aquel sótano.

En otra caja aparecieron medicamentos, cuadernos escolares y alimentos enlatados.

Después encontraron una cámara de vigilancia.

Y finalmente un teléfono viejo.

El detective respiró hondo.

—Esto cambia toda la investigación.

En ese instante otro policía gritó desde arriba.

—¡Encontramos una puerta trasera!

Todos subimos corriendo.

La salida comunicaba con una construcción abandonada detrás del terreno.

Había huellas recientes.

Alguien había escapado pocos minutos antes.

Melissa permanecía inmóvil.

Lloraba sin dejar de mirar a Eric.

—Dijiste que ese sótano estaba clausurado…

Él bajó la cabeza.

Ya no intentaba defenderse.

Solo repetía una frase.

—Yo no quería que llegara tan lejos…

El detective se acercó lentamente.

—¿Dónde está Lucy?

Eric cerró los ojos.

Tardó varios segundos en responder.

Cuando finalmente habló, toda la casa quedó en silencio.

—Hace tres días… alguien se la llevó antes de que ustedes llegaran.

Y en ese mismo momento, el perro negro salió corriendo por la puerta trasera, como si todavía supiera exactamente hacia dónde había desaparecido Lucy.

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