PARTE 2: LA MUJER QUE IBA A SENTARSE FRENTE A LA PROMETIDA

A la mañana siguiente, Emma llegó treinta minutos antes a la sala de juntas de Blackwood Capital.

Llevaba un traje gris sencillo.

Sin maquillaje llamativo.

Sin una sola señal de la noche que había pasado despierta.

Nadie habría imaginado que la mujer que ordenaba documentos sobre la mesa había visto, apenas unas horas antes, el compromiso del hombre con quien compartía la cama desde hacía ocho años.

Las puertas se abrieron exactamente a las nueve.

Entró Victoria Whitmore.

Alta.

Elegante.

Con el enorme anillo brillando bajo las luces de la sala.

A su lado caminaba Adrian.

Él apenas necesitó un segundo para verla.

Su expresión permaneció perfecta.

Solo sus dedos se tensaron ligeramente alrededor de la carpeta que llevaba.

Nadie más lo notó.

Emma sí.

Durante ocho años había aprendido a leer hasta el cambio más pequeño en su respiración.

—Buenos días —saludó Victoria con una sonrisa amable.

Emma respondió con la misma cortesía.

—Bienvenida a Blackwood Capital.

Adrian evitó quedarse a solas con ella.

Presentó a los ejecutivos.

Comentó cifras.

Habló de inversiones.

Como si nunca hubiera pasado una sola noche abrazándola.

Como si el mensaje de “cariño” enviado desde la fiesta jamás hubiera existido.

Al terminar la reunión, Victoria se acercó a Emma.

—¿Usted trabaja directamente con Adrian?

Emma sostuvo su mirada.

—Sí.

—Él habla muy bien de su profesionalismo.

Emma sonrió apenas.

—Me alegra saberlo.

Victoria acarició distraídamente el anillo de compromiso.

—Dice que sin personas como usted la empresa no habría crecido tan rápido.

Aquellas palabras tenían un significado que Victoria desconocía.

Durante años Emma había revisado contratos confidenciales.

Había organizado reuniones privadas.

Había corregido documentos estratégicos.

Conocía mejor que nadie la estructura interna del grupo Blackwood.

Y también conocía todos los secretos que Adrian jamás imaginó que ella estaba guardando.

Cuando Victoria se alejó, Adrian aprovechó un instante para acercarse.

Habló sin mirarla.

—¿Qué haces aquí?

Emma mantuvo la vista sobre unos documentos.

—Trabajar.

—Tenemos que hablar.

—¿Sobre qué?

Él bajó la voz.

—No hagas ninguna locura.

Emma levantó lentamente la cabeza.

—¿Una locura?

—Puedo explicarlo.

—¿Ocho años?

El silencio cayó entre los dos.

Adrian nunca había parecido nervioso delante de ella.

Hasta ese momento.

—No es lo que piensas.

Emma soltó una risa breve.

—Eso siempre dicen los hombres que llevan demasiado tiempo mintiendo.

Él dio un paso más.

—Victoria no sabe nada.

—Lo imaginé.

—Mi familia necesitaba esta alianza.

—¿Y yo?

Adrian cerró los ojos durante un segundo.

—Tú siempre fuiste importante.

Emma sintió que cualquier resto de dolor desaparecía.

Solo quedaba decepción.

—No.

Negó con calma.

—Si hubiera sido importante, nunca me habrías escondido.

En ese instante apareció la asistente de dirección.

—Señor Blackwood, la familia Whitmore lo espera.

Adrian dudó.

Miró a Emma una última vez.

—Esta noche iré al apartamento.

Ella respondió con absoluta serenidad.

—No hace falta.

Sacó un pequeño llavero de su bolso.

Lo dejó sobre la mesa.

Las llaves del ático.

—Ya no vivo allí.

El rostro de Adrian perdió el color.

—¿Qué?

—Anoche empaqué todo.

Él intentó sujetarle el brazo.

Emma retrocedió.

—No me toques.

Victoria los observaba desde el otro extremo del pasillo.

Todavía sonreía.

Todavía creía que iba a casarse con el hombre perfecto.

Ignoraba que, dentro del bolso de Emma, había una carpeta con ocho años de pruebas.

Fotografías.

Reservas de hoteles.

Transferencias bancarias.

Mensajes.

Contratos firmados con fechas imposibles.

Y un documento especialmente delicado.

Uno que demostraba que Adrian no solo había mantenido una doble vida sentimental.

También había utilizado información confidencial obtenida a través de Emma para cerrar la alianza millonaria con los Whitmore.

Y esa prueba no destruiría únicamente un compromiso.

Podía enviar a Adrian Blackwood a prisión y hacer que Blackwood Capital perdiera todo aquello que había tardado generaciones en construir.

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