PARTE 2: LA NIÑA QUE NO TOCÓ EL DINERO

Sofía tomó con mucho cuidado el primer billete.

Después el segundo.

Y el tercero.

Don Gabriel ya tenía el dedo sobre el botón del intercomunicador.

—Lo sabía… —murmuró.

Pero la niña no guardó ni un solo peso.

Comenzó a alinear los billetes por denominación.

Enderezó las esquinas dobladas.

Separó los recibos de los documentos importantes.

Puso las plumas dentro del portalápices.

Luego tomó un pequeño pisapapeles de cristal y lo colocó encima del dinero para que ningún billete siguiera deslizándose hacia el borde de la mesa.

Finalmente regresó al sillón.

Abrió su cuaderno.

Y continuó resolviendo sus multiplicaciones.

Gabriel permaneció inmóvil frente a las cámaras.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

La niña no volvió a mirar el dinero.

Él salió del despacho sin hacer ruido.

Cuando entró en la sala, Sofía levantó la vista de inmediato.

—Buenos días, señor.

Gabriel observó la mesa perfectamente ordenada.

—¿Tú acomodaste esto?

La pequeña bajó la cabeza.

—Perdón… pensé que se podían caer los papeles.

—¿No sabías cuánto dinero era?

—Muchísimo.

—¿Y no quisiste quedarte con un billete?

Sofía abrió mucho los ojos.

—No.

—¿Por qué?

La niña respondió con una naturalidad que lo desarmó.

—Porque no era mío.

En ese momento Teresa salió de la cocina con el cubo de limpieza.

Al ver a Gabriel junto a su hija, el rostro se le llenó de angustia.

—¿Qué pasó?

—Nada, mamá.

Sofía sonrió.

—Solo acomodé unos papeles.

Teresa palideció.

—¡Sofía! Te dije que no tocaras nada.

Corrió hacia ella.

—Perdón, don Gabriel. De verdad. Si hizo algo indebido, nos vamos ahora mismo.

Gabriel no respondió.

Solo señaló la mesa.

—Revísela.

Teresa miró.

Todo estaba perfectamente acomodado.

Incluso encontró un sobre que había quedado oculto debajo de los billetes.

—Yo… no entiendo.

Gabriel abrió lentamente el sobre.

Dentro estaba un cheque por tres millones de pesos que llevaba buscando desde la noche anterior.

Había pasado horas culpando al administrador.

Al contador.

Incluso pensó despedir a dos empleados.

Y la niña acababa de encontrarlo en menos de un minuto.

—¿Cómo supiste que estaba ahí? —preguntó.

Sofía sonrió tímidamente.

—El sobre estaba chuequito.

Hubo un largo silencio.

Gabriel volvió a mirar las cámaras de seguridad.

Después observó a Teresa.

—¿Sabía que había dinero sobre la mesa?

Ella asintió.

—Sí.

—¿Y no sintió tentación?

Teresa respiró hondo.

—Claro que sí.

La sinceridad sorprendió al millonario.

—Con ese dinero podría pagar casi dos años de renta.

Podría comprarle zapatos nuevos a mi hija.

Podría saldar todas mis deudas.

Hizo una pausa.

—Pero si me llevo algo que no es mío… ¿qué le enseño a ella?

Sofía tomó la mano de su madre.

—Mi mami dice que la pobreza da hambre, pero no permiso para robar.

Aquellas palabras golpearon a Gabriel con una fuerza inesperada.

Recordó a sus tres exesposas.

A los sobrinos que lo demandaban.

A los socios que falsificaron contratos.

Durante años creyó que el dinero revelaba la verdadera naturaleza de las personas.

Ahora comprendía que estaba equivocado.

El dinero no cambiaba a la gente.

Solo hacía más evidente quién ya era honesto… y quién nunca lo había sido.

Se acercó lentamente a la mesa.

Tomó los cincuenta mil pesos.

Y los colocó frente a Teresa.

Ella retrocedió.

—No puedo aceptarlos.

—No son una prueba.

Gabriel sonrió por primera vez en muchos años.

—Son el salario de alguien en quien, por fin, puedo confiar.

Pero ninguno de los tres imaginaba que esa misma tarde aparecería un hombre asegurando ser el verdadero padre de Sofía… y traería documentos capaces de cambiar para siempre la vida de la niña y del propio Gabriel Montenegro.

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