PARTE 2: LA GRABACIÓN QUE CAMBIÓ TODA LA HERENCIA

Esperé.

No escondí la carpeta.

No apagué la grabadora.

Solo ayudé a doña Elvira a beber un poco de agua y volví a dejar el ropero exactamente donde estaba.

A las 7:15 escuché la puerta principal.

Sebastián entró silbando.

—¿Ya le diste de comer?

Respondí desde la cocina.

—Sí.

—¿Se tomó las pastillas?

Miré el pequeño vaso sobre el buró.

Seguía lleno.

—Sí.

Sonrió satisfecho.

Ni siquiera fue a comprobarlo.

Abrió una botella de vino y comenzó a servirse una copa.

—Sabía que podía confiar en ti.

Observé aquel hombre con quien llevaba ocho años casada.

Nunca imaginé que pudiera hablar de su propia abuela como si fuera un estorbo.

Se acercó y me besó en la frente.

—Solo serán unos días más.

Después todo volverá a la normalidad.

—¿Qué pasará en unos días?

Bebió otro trago.

—El notario terminará el último trámite.

Entonces ya no habrá marcha atrás.

Sonreí por primera vez desde que regresé.

—¿Ni siquiera si alguien descubre las firmas falsas?

La copa quedó suspendida en el aire.

—¿Qué dijiste?

—Las firmas.

Las de mi empresa.

Las de tu abuela.

Las mías.

Por primera vez aquella noche dejó de parecer relajado.

—¿Entraste al cuarto?

—Sí.

Su expresión cambió inmediatamente.

Sin responder caminó hacia el pasillo.

Abrió la habitación.

Empujó el ropero.

La grabadora ya no estaba.

La carpeta tampoco.

Volvió lentamente hacia mí.

—¿Dónde están?

Apoyé el teléfono sobre la mesa.

—En tres lugares distintos.

Su mandíbula se tensó.

—Natalia…

—No levantes la voz.

—No sabes con quién estás jugando.

—Creo que sí.

Presioné el botón de reproducción.

Su propia voz llenó la cocina.

“Cuando Natalia vuelva, estará ocupada cuidando a mi abuela…”

El vino cayó de la copa.

El líquido rojo se extendió por el suelo.

Sebastián apagó el reproductor de un manotazo.

—¿Quién más escuchó eso?

—Mi abogada.

Mentí.

En realidad ya lo habían escuchado cuatro personas.

Renata.

Mi contador.

Un perito informático.

Y un fiscal especializado en delitos patrimoniales.

Sebastián respiraba cada vez más rápido.

—Podemos hablar.

—Claro.

—Fue mi madre quien organizó todo.

La culpó en menos de treinta segundos.

No me sorprendió.

Siempre había necesitado a alguien detrás de quien esconderse.

Entonces sonó el timbre.

Sebastián miró el reloj.

—No espero a nadie.

Abrí la puerta.

No era mi abogada.

Era el director del banco donde mi empresa mantenía sus inversiones.

Entró acompañado por dos especialistas en fraude financiero.

—Licenciada Salgado.

Recibimos su alerta.

Todas las cuentas ya fueron congeladas.

Sebastián retrocedió.

—¿Qué cuentas?

El director abrió una carpeta.

—Hace cuarenta minutos alguien intentó transferir los últimos cinco millones de pesos restantes hacia Grupo Lince Capital.

Mostró la pantalla.

La operación seguía pendiente.

Hora de inicio:

7:03 p. m.

Mientras yo atendía a doña Elvira.

Mientras Sebastián decía venir conduciendo.

Alguien estaba utilizando su computadora desde la casa.

Mi esposo palideció.

—Eso es imposible.

—No tanto.

El especialista giró otra pantalla.

—La transferencia fue iniciada desde esta dirección IP.

Levantó la vista.

—Desde el despacho de esta vivienda.

Yo miré a Sebastián.

—Entonces…

—Si tú estabas llegando…

—¿Quién estaba usando tu computadora?

Antes de que pudiera responder, escuchamos un ruido arriba.

Pasos.

Muy suaves.

Alguien acababa de intentar salir por la ventana del segundo piso.

Todos levantamos la vista al mismo tiempo.

Y comprendimos que durante toda la conversación…

No habíamos estado solos dentro de la casa.

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